Al final siempre son más interesantes las hijas: Wolverines & Deadpools: Claws & Mercs

Cody Ziglar lleva quince números de Deadpool apostando por una idea que, en papel, suena a herejía: que Wade Wilson fuera un padre y que eso importara. No un padre funcional, no uno ejemplar, sino uno construido sobre culpa acumulada, impulsos violentos y una relación con la responsabilidad básicamente inexistente —es decir, el mismo Deadpool de siempre, pero atrapado en la consecuencia más inesperada de su historia: tener que responder ante alguien que ha heredado exactamente lo que él tiene de peor. La premisa que cierra esa etapa y que sirve de eje al arco principal de este recopilatorio es la de juntar a dos de los personajes más queridos y abusados del catálogo Marvel en formato doble: no solo Logan y Wade, sino también sus hijas, Laura Kinney y Ellie Camacho. Wolverines & Deadpools: Claws & Mercs recoge tres historias de tres equipos creativos con aproximaciones completamente distintas al mismo material, y la distancia entre las partes dice tanto como lo que cada una consigue por separado.

Ziglar y el gen heredado

El arco central —los tres números de Wolverines & Deadpools con guion de Ziglar y dibujo de Rogê Antônio— es técnicamente una historia sobre el Shadow King. En la práctica es una declaración de intenciones sobre qué puede hacer una etapa con un personaje cuando se toma en serio la pregunta de qué deja alguien detrás. El Shadow King es aquí exactamente lo que tiene que ser: una amenaza suficientemente seria para justificar que cuatro personas con tendencias homicidas tengan que trabajar juntas, y suficientemente fungible para que el peso real de la historia recaiga en otra parte. Lo que le interesa a Ziglar es la sala: Logan, Wade, Laura, Ellie, cuatro personas definidas en distintos grados por su capacidad para el daño, intentando funcionar como equipo. Laura lleva tantas iteraciones encima que poco puede sorprender, pero su dinámica con Ellie —dos mujeres que han heredado el gen de la violencia de sus padres y están activamente tratando de hacer algo distinto con él— es el elemento más genuinamente interesante de todo el volumen. Ellie Camacho sale de estos tres números con más peso narrativo que Wade, lo cual es exactamente el argumento que Ziglar lleva construyendo desde el primer número de su etapa. Antônio le da al conjunto una energía cinética precisa, con secuencias de acción que no sacrifican la legibilidad por el espectáculo, y una capacidad para los momentos quietos que Deadpool necesita más de lo que suele admitir.

North y Garrón, o la brecha entre lo que se ve y lo que se lee

Deadpool/Wolverine: Weapon X-Traction —la serie de backups de Ryan North con dibujo de Javier Garrón— es el territorio más peculiar del recopilatorio. El material fue concebido para entrega digital en formato Infinity Comics, y eso importa: seis historias cortas de multiverso donde Deadpool y Wolverine recorren realidades alternativas absurdas —el universo de la comedia romántica asesina, el universo furry, las bibliotecas homicidas— en lo que se presenta como un quest de heroísmo y amistad. En pequeñas dosis, el formato funciona. El problema es que en volumen la fórmula se vuelve transparente antes de la tercera entrega, y North no tiene suficiente debajo de la premisa para sostener el ciclo: Deadpool queda reducido a máquina de referencias, Wolverine existe como arquetipo puro, y el chiste de «realidad alternativa extraña» se repite con variaciones de textura pero sin escalar hacia ningún lado. Lo que salva la sección, de manera genuina y sostenida, es Javier Garrón. Su timing cómico, su capacidad para la expresión facial como motor de escena, la fluidez con que construye acción sin perder el registro de comedia visual —todo eso funciona con una precisión que pone en evidencia el contraste con lo que tiene que ilustrar. Es el tipo de desequilibrio que puedes admirar y lamentar al mismo tiempo: el trabajo del dibujante justifica la lectura; el del guionista no se lo pone fácil.

Gage en Madripoor y lo que une las tres piezas

Deadpool vs. Wolverine: Slash ‘Em Up, el material de Christos Gage con dibujo de Alan Robinson, es lo más sencillo del volumen: Logan y Wade a la garganta del otro en Madripoor, sin hijas, sin multiverso, sin pretensiones de exploración emocional. Funciona como un amuse-bouche de otro registro —la variante adversarial de la misma relación que el resto del libro trata de manera más cómplice—, Robinson entrega acción eficiente, y la pieza tiene la virtud de no overstay its welcome. No es el motivo por el que leerás este volumen ni el que recordarás.

El resultado final de Claws & Mercs es el de un recopilatorio con una parte central sólida, un bloque intermedio visualmente brillante pero narrativamente irregular, y un cierre que cumple sin excederse. El lector que llegue a este volumen sin haber leído los quince números previos de Ziglar sentirá los payoffs emocionales con menos agudeza: la historia da por sentado que sabes quiénes son Ellie Camacho y lo que ha costado llegar hasta aquí. Pero el argumento implícito más poderoso del libro es estructural: pon a Laura y Ellie en la portada junto a sus padres y la pregunta que surge de inmediato es por qué las hijas no tienen más páginas. Que esa pregunta quede sin responder dentro del volumen puede ser una limitación o puede ser la mejor publicidad posible para lo que viene después.