Las 7 mejores películas de Kenneth Branagh: De Shakespeare a ‘Mayday’

El 18 de febrero de 2024, Kenneth Branagh subió al escenario del Royal Festival Hall para recibir el BAFTA Fellowship a toda su carrera. Lo presentó Emma Thompson, en un reencuentro que la prensa británica calificó de histórico. Él dijo que el galardón probablemente significaba que el teatro ya le había perdonado sus infidelidades con Hollywood, pero que lo aceptaba con la humildad de un artesano. La definición de la academia británica había sido más precisa: un creador total cuyo mérito consiste en haber despojado al bardo de su torre de marfil para devolverlo a la arena pública. La distinción importa porque describe con exactitud el problema que Branagh tuvo que resolver cuando llegó al cine y que casi ningún prodigio de las tablas consigue resolver sin resultar engolado. El reciente estreno en Apple TV+ de Mayday, la buddy movie de acción que coprotagonizada junto a Ryan Reynolds, confirma esa ductilidad sin prejuicios: la capacidad de alternar la alta dramaturgia con el entretenimiento industrial más desenfadado. En 1989 era Enrique V, el nuevo Laurence Olivier de la escena londinense, y en 1999 el villano de Wild Wild West. El camino entre esas dos coordenadas no fue una línea recta, sino el resultado de unas elecciones muy precisas y de una técnica prodigiosa. La lista que sigue recorre las siete películas que explican ese camino, en orden ascendente hacia la obra que lo define.

7. Valkiria (Bryan Singer, 2008)

La inclusión de esta película en cualquier repaso serio de la filmografía de Branagh es el momento en que se separan quienes entienden su versatilidad de quienes solo lo buscan cuando viste de época. Valkiria es la película donde Bryan Singer decidió rodar un thriller de suspense sabiendo perfectamente que el espectador conocía el final: Hitler no iba a morir en ese despacho. Para que el mecanismo funcionara, el bando de los conspiradores necesitaba una gravedad que el Hollywood contemporáneo rara vez manufactura solo con rostros conocidos. Ahí entra Branagh como el general Henning von Tresckow. No es el protagonista, no busca el plano heroico que se reserva para Tom Cruise, ni adorna su militar con la culpa melodramática del traidor. Su trabajo es de una sobriedad cortante. Sostiene los primeros compases de la conspiración con la mirada limpia y la espalda recta de quien no está cometiendo un crimen, sino ejecutando un deber administrativo de higiene nacional. Es una actuación secundaria que funciona como el armazón de la película: Branagh aporta la credibilidad europea que un relato americano sobre la resistencia alemana necesitaba desesperadamente para no parecer un disfraz de carnaval.

6. Morir todavía (Kenneth Branagh, 1991)

Esta es la película que demostró que el joven prodigio británico podía jugar al juego de los grandes estudios sin perder la identidad en el intento. No su primer trabajo, sino el primero donde quedó claro que su obsesión por el melodrama y el juego de identidades podía trasladarse de las tablas de Stratford a un neo-noir angelino con la textura de las viejas pesadillas de Alfred Hitchcock. Branagh se desdobla aquí en un doble papel que viaja entre el presente de un detective privado cínico y el pasado en blanco y negro de un compositor de bandas sonoras ejecutado por el asesinato de su esposa. Lo que en manos de otro habría sido un ejercicio de estilo egocéntrico, aquí se convierte en una demostración de poderío actoral junto a Emma Thompson. El suspense no reside en los giros del guion sobre la reencarnación, sino en la forma en que Branagh maneja la tensión romántica y el peligro inminente con la soltura de un veterano de la serie negra, firmando su producción de Hollywood más redonda e inesperada.

5. Belfast (Kenneth Branagh, 2021)

La presencia de esta cinta en la lista exige una matización que explica la madurez de su autor: es la única película de la selección donde Branagh no aparece en pantalla, y es, precisamente por eso, su interpretación más descarnada. Tras décadas de refugiar su propia historia detrás de los versos de Shakespeare o los bigotes de Hércules Poirot, el director decidió desnudarse utilizando los ojos del pequeño Buddy para retratar los disturbios que lo expulsaron de su Irlanda del Norte natal en 1969. Cada plano de la película, filmado en un blanco y negro que parece extraído de un álbum familiar de recuerdos lavados por el tiempo, es una decisión actoral de Branagh. Su voz no está en los diálogos, sino en la melancolía que impregnaba la dirección de los actores, en la elección de las canciones de Van Morrison y en la mirada herida pero tierna hacia unos padres que intentaban mantener la normalidad mientras las barricadas ardían al final de la calle. Al negarse el papel protagonista, Branagh consiguió su interpretación más honesta: la de un hombre maduro haciendo las paces con el niño que fue.

4. Mucho ruido y pocas nueces (Kenneth Branagh, 1993)

La apuesta más luminosa de su filmografía fue llevarse a un reparto imposible —que incluía desde Denzel Washington hasta un jovencísimo Robert Sean Leonard— a una villa de la Toscana para demostrar que Shakespeare podía ser sexi, sudoroso y rabiosamente comercial. El riesgo no estaba en el texto, sino en la ligereza que la comedia exigía: ser verdaderamente vital, no meramente académico. Su Benedick es el núcleo de esa energía. Frente a la Beatrice de Emma Thompson, Branagh entabla un duelo de ingenio verbal que tiene la cadencia de las mejores comedias de la edad de oro de Hollywood. No hay solemnidad en sus monólogos; hay confusión, orgullo herido y una vulnerabilidad cómica que se despliega en la famosa escena donde intenta esconderse detrás de unas sillas de jardín. Es el Branagh más físico, el que entiende que el carisma clásico no está reñido con la comedia física y que la mejor forma de respetar al bardo es hacerlo bajar al barro del deseo mundano.

3. Dunkerque (Christopher Nolan, 2017)

La llamada de Christopher Nolan para formar parte de su tríptico bélico supuso un punto de inflexión en la percepción pública del actor. En una película despojada casi por completo de diálogos tradicionales, donde el tiempo es un enemigo físico y la música de Hans Zimmer machaca el pecho del espectador, Branagh recibió el encargo de ser el único faro de estabilidad humana en medio del colapso. Su comandante Bolton, apostado en el rompeolas mientras los cazas alemanes barren la playa, es una lección magistral de contención británica. Sin un solo grito, sin discursos motivacionales, Branagh utiliza el peso de sus hombros y la fijeza de su mirada bajo la gorra de plato para transmitir el pánico contenido y la dignidad inquebrantable de la Armada. La escena final, donde ve aparecer las embarcaciones civiles desde el horizonte y pronuncia una sola palabra, justifica su contratación: es el teatro de la supervivencia humana resumido en un par de ojos que han visto demasiada historia.

2. Hamlet (Kenneth Branagh, 1996)

La obra faraónica que casi le cuesta la salud y la carrera. Adaptar el texto íntegro de Shakespeare en una producción de cuatro horas de duración, filmada en el glorioso formato de 70mm y ambientada en un fastuoso palacio decimonónico lleno de espejos ocultos, era una locura que solo alguien con su confianza podía acometer. El resultado es el monumento definitivo a su obsesión shakesperiana. Como el príncipe de Dinamarca, Branagh ofrece una lectura alejada del clásico héroe melancólico y taciturno. Su Hamlet es peligroso, enérgico, roza la manía persecutoria y utiliza la palabra como un estilete físico contra la corte de Claudio. Sostener el monólogo del «Ser o no ser» frente a un espejo, sabiendo que su propia imagen es el enemigo a batir, condensa el espíritu de un actor que nunca se ha amilanado ante la inmensidad de un clásico, entregando una de las interpretaciones más completas y exigentes de la historia del cine moderno.

1. Enrique V (Kenneth Branagh, 1989)

La ópera prima que sigue proyectando su sombra sobre todo lo que hizo después. Con solo 28 años, Branagh se plantó detrás y delante de la cámara para desafiar el fantasma de Laurence Olivier en el texto que definía el orgullo británico. Lo que ofreció no fue una celebración patriótica, sino una desmontada cruda, sucia y embarrada de la guerra. Su Enrique V es un rey joven que aprende el peso de la corona a través de la sangre de sus hombres. El viaje culmina en el discurso del día de San Crispín, un momento cinematográfico que justifica por sí solo cualquier carrera. Branagh no declama desde un pedestal; habla subido a un carro, con la cara manchada de lodo, dirigiéndose a una banda de hermanos exhaustos y aterrorizados. La fuerza de su interpretación reside en que el espectador cree a ese rey no por su derecho divino, sino por la ferocidad humana con la que sostiene la mirada de sus soldados antes de la masacre. Es su obra maestra indiscutible porque es el momento exacto donde el actor de teatro se convirtió, para siempre, en un animal cinematográfico.