Menos Superman, más Clark Kent. Buena idea, ejecución mejorable: Action Comics – Superstars Vol. 2
La iniciativa Superstars arrancó con una premisa que tenía todo el sentido sobre el papel y toda la presión que eso implica en la práctica: invitar a escritores con credenciales fuera del cómic —literatos, guionistas de cine, novelistas— a escribir historias autoconclusivas de Superman en Action Comics, emparejados con artistas de cartel. El resultado, cuando funciona, es un Superman visto desde ángulos que la línea mensual rara vez puede permitirse porque está demasiado ocupada manteniendo continuidades. Cuando no funciona, es un escritor inteligente produciendo material correcto que no llega a ser memorable. Action Comics – Superstars Vol. 2 recoge los cinco últimos números de la iniciativa —y con ellos, su cierre— a través de dos arcos, dos equipos creativos y una misma pregunta que ninguno de los dos formula explícitamente pero que late en cada página: ¿qué ocurre cuando Superman se enfrenta a algo que no puede simplemente resolver?

La iniciativa y la clase de escritores que convocó
El volumen pone en contacto a dos nombres con biografías muy distintas pero con el mismo tipo de respeto que DC buscaba para el proyecto. John Ridley llega al primer arco —«Force Majeure», tres números— desde el guion cinematográfico: es el hombre que adaptó 12 Years a Slave para Steve McQueen, que dirigió One Night in Miami y que ya había demostrado en The Other History of the DC Universe que sabía moverse por el universo compartido con perspectiva propia. G. Willow Wilson llega al segundo —«Solitude», dos números— desde la novela y el cómic literario: autora de Alif the Unseen y de la Ms. Marvel que convirtió a Kamala Khan en uno de los nuevos personajes más queridos de las dos editoriales grandes. Lo que comparten, más allá de sus credenciales, es el instinto de priorizar a Clark Kent sobre Superman cuando pueden elegir; los dos arcos del volumen avanzan desde el periodista hacia el hombre de acero, y no al revés. Es una decisión que el formato de la iniciativa favorece —sin continuidades que mantener, la pregunta «¿quién es este hombre?» vuelve a ser legítima— y que los dos equipos ejecutan con conciencia clara de por qué importa.

Ridley y el sistema que traiciona a quienes intentan redimirse
«Force Majeure» parte de una premisa que Ridley enuncia con inteligencia: Major Disaster y el Cráneo Atómico han vuelto al crimen, pero no por decisión moral sino porque alguien se encargó de que no pudieran hacer otra cosa. El médico Max Boykin, conectado a la Intergang de Bruno Mannheim, convenció a estos ex-villanos rehabilitados para donar material genético a cambio de dinero, utilizando un procedimiento que como efecto secundario indujo depresión, desesperanza y colapso emocional. La rehabilitación no fracasó: fue deliberadamente saboteada. Es la idea más ambiciosa del arco y la que justifica que Ridley la firme: no es una historia sobre villanos que no pueden cambiar sino sobre sistemas diseñados para que el cambio sea imposible, y sobre Superman teniendo que reconciliar su fe en la redención con la evidencia de que esa fe puede ser explotada por quienes saben que la tiene. La conversación entre Clark y Lois en la que él procesa ese conflicto es el mejor momento de escritura del volumen, el punto en que el guion de cine y el cómic de superhéroes se superponen sin que ninguno de los dos tenga que ceder demasiado.

Miranda, los Foreverers y la cuenta que no cierra del todo
El problema de «Force Majeure» no está en sus ideas sino en su resolución. Los Foreverers —criaturas que buscan la inmortalidad robando telómeros— aparecen en el número final como el verdadero enemigo detrás de toda la trama, y su presencia tiene la lógica de un elemento introducido tarde para cerrar una historia que de otro modo no tendría cómo terminar. La aparición de los Titanes para hacerse cargo de la hija de Major Disaster —Penny, que accidentalmente mató a Boykin y cuyo padre organizó el robo del banco para encubrirla— es la clase de solución que funciona si el lector también sigue esa cabecera, y que al resto le suena a cheque sin fondos. El cierre intenta ser inspiracional, Superman hablando sobre la verdad y la justicia con el peso del que ha ganado algo, pero el texto no ha ganado suficiente para pagarlo con convicción. Inaki Miranda es, en estos tres números, la razón principal para no lamentarse demasiado: su doble página de Superman desmantelando a los soldados de la Intergang tiene el tipo de energía que solo se consigue cuando el dibujante entiende para qué sirve el espacio de la página, y la paleta de Eva de la Cruz —Metrópolis bañada en dorado cálido, la prisión de Stryker’s Island en azul frío— hace trabajo dramático que el guion en ocasiones delega sin saberlo.

Wilson, Clark Kent y la inteligencia artificial que tiene un argumento
«Solitude» es más pequeño en escala —dos números, un villano, el Ártico— y más preciso en todo lo demás. G. Willow Wilson envía a Clark Kent a investigar una estación de investigación climática en el Polo Norte donde algo no cuadra, y lo que no cuadra resulta ser Kilg%re: una inteligencia de máquina de los años ochenta que ha llegado a la conclusión de que la humanidad y el planeta mejorarían si se les reformateara, porque el cambio climático ya está haciendo el trabajo en la dirección equivocada de todas formas. Es un argumento que Kilg%re pronuncia con la lógica fría de quien no tiene sesgos emocionales, y Wilson tiene el buen criterio de no desarmarlo fácilmente: Superman no refuta la premisa de que el clima está en crisis, simplemente no acepta las conclusiones que Kilg%re extrae de ella. Esa tensión —villano con tesis parcialmente correcta, héroe que tiene que actuar de todas formas— es lo que convierte «Solitude» en el arco más interesante del volumen a pesar de ser el más breve. Wilson también sabe exactamente cuándo dejar de ser Clark Kent y convertirse en Superman, y el momento de la transición está medido con una precisión que los tres números anteriores nunca terminaron de encontrar.

Guidry, el traje de nieve y el balance de una iniciativa honesta
Gavin Guidry dibuja «Solitude» con la clase de economía que solo puede confundirse con sencillez si no se presta atención. Su trazo evoca el trabajo de ciertos dibujantes de los ochenta que entendían que la línea limpia tiene más peso que el detalle acumulado; su Kilg%re —diseño de ciencia ficción tardía, entre RoboCop y Terminator— es una elección de época que funciona porque el personaje viene de esa época y porque Guidry no moderniza lo que no necesita actualización. El detalle más elegante del arco —los investigadores de la base ártica llevan gafas de sol en todas las escenas— existe para que cuando el espectador entienda la motivación de Kilg%re, la imagen ya lleve varios números recordándole que algo se estaba perdiendo en esa luz. El traje de camuflaje nevado que Superman improvisa en el clímax es el tipo de solución visual que cierra un cómic con satisfacción. Action Comics – Superstars Vol. 2 termina la iniciativa con el arco más sólido al final —lo que es la decisión de programación correcta— y con la claridad de que Ridley y Wilson son dos escritores con cosas válidas que decirle a Superman, aunque ninguno de los dos haya encontrado aquí su declaración definitiva sobre él. La promesa era unforgettable. Lo entregado es honesto y, en los mejores momentos, considerablemente más que eso.
Action Comics – Superstars Vol. 2 es la conclusión adecuada de una iniciativa que apostó por talento literario en un formato que ese talento no siempre domina del entrada. Ridley construye con ideas y Miranda le da el cuerpo visual que el arco necesita cuando el guion no llega; Wilson llega más cerca del cómic que quería escribir, y Guidry lo acompaña con el tipo de disciplina que hace que «Solitude» funcione mejor en conjunto que cualquiera de los números individuales de «Force Majeure». Para el lector de Superman: un TPB que da más de lo habitual sin llegar a ser el que buscarás releer. Para el seguidor de la iniciativa: el cierre que merecía, que no es lo mismo que el que soñaba.





