Tim Curry y el Rocky Horror que solo vivía de madrugada
El 25 de agosto de 2026 murió Tim Curry en Toluca Lake, California, a los ochenta años, después de más de una década en silla de ruedas desde que un ictus en 2012 le dejó el lado izquierdo del cuerpo con una movilidad que ya nunca recuperó del todo. Había publicado sus memorias el año anterior. Su última aparición en pantalla había sido en 2016, en un papel pequeño y calculadamente simbólico que cerró un círculo que nadie diseñó pero que en retrospectiva parece imposible que hubiera terminado de otra manera. Hay actores cuya carrera es amplia e ilustre y cuya identidad pública pertenece, en el fondo, a un solo papel: el que existía antes de que existieran ellos, el que sobrevivió a la película, el que ya no necesita presentación. Para Tim Curry ese papel tenía tacones de plataforma, lencería de látex y una frase de bienvenida que medio siglo después todavía se recita de memoria en teatros de todo el mundo. How do you do, I / see you’ve met my / faithful handyman. El resto es contracultura.

El musical que Richard O’Brien escribió mientras estaba en paro
Richard O’Brien tenía treinta años, ningún ingreso fijo y demasiado tiempo libre cuando empezó a escribir las canciones que acabarían siendo The Rocky Horror Show. Era 1972. Vivía en Londres, llevaba meses sin trabajo actoral y había decidido que la única forma de mantenerse cuerdo era crear algo que nadie le había encargado. El resultado fue un musical que mezclaba ciencia ficción de serie B, glam rock, terror de los cincuenta, humor camp y una cantidad de referencias a películas de bajo presupuesto que solo apreciaban quienes habían crecido pegados a las mismas pantallas que O’Brien. Presentó el proyecto al productor Michael White, que lo aceptó para una producción de bajo coste en el Royal Court Theatre de Chelsea: sesenta butacas, presupuesto mínimo, estreno el 19 de junio de 1973.

Tim Curry y O’Brien se habían conocido cuatro años antes durante la producción londinense de Hair, el musical que en 1968 había inaugurado una nueva forma de usar el escenario como espacio de provocación. Cuando O’Brien escribió el papel del Dr. Frank-N-Furter —científico alienígena, anfitrión decadente, seductor sin género definido ni planeta de origen claro— tenía a Curry en la cabeza desde el principio. Curry abordó el personaje con una precisión que sorprendió a todos: no el doctor loco de película de terror, no el travesti de comedia, sino algo más incómodo y más exacto, un aristócrata con el acento de Belgravia que resultaba perturbador precisamente porque no pedía perdón por nada. Rocky Horror salió del Royal Court, se trasladó a la Chelsea Classic Cinema y encontró su casa definitiva en el King’s Road Theatre, donde estuvo seis años en cartel. Para entonces ya había cruzado el Atlántico.

El fracaso de 1975 que se convirtió en religión de madrugada
La adaptación cinematográfica llegó en 1975, dirigida por Jim Sharman con un presupuesto de un millón cuatrocientos mil dólares. El reparto recuperaba a Curry en el papel central y añadía a Susan Sarandon y Barry Bostwick como la pareja protagonista. El estreno fue en agosto en el Reino Unido y en septiembre en Estados Unidos. La respuesta del público fue, con matices, la del público ante algo que no sabe cómo procesar: las ocho ciudades donde se estrenó registraron taquillas modestas, la premiere de Halloween en Nueva York fue cancelada, y la Fox consideró seriamente la posibilidad de retirarla de la distribución. Que no lo hiciera es uno de esos accidentes de la industria que cambian la historia del cine de maneras que ningún ejecutivo anticipó.

Lo que cambió la suerte de The Rocky Horror Picture Show fue una decisión puntual y casi experimental: en abril de 1976, un ejecutivo de la Fox llamado Tim Deegan convenció al Waverly Theater de Nueva York para proyectar la película a medianoche los viernes. La primera noche fue tranquila. En las semanas siguientes, algo empezó a ocurrir que no estaba en el guion. Un espectador —Louis Farese Jr., profesor de profesión y persona que por lo visto no era capaz de ver llover en pantalla sin intervenir— gritó hacia la oscuridad de la sala cuando Janet se cubre la cabeza con un periódico en la escena de la tormenta: ¡Cómprate un paraguas, rata! La sala respondió. Y en ese momento, sin saberlo, Farese inventó una tradición que llevaría décadas repitiéndose en miles de teatros de todo el mundo.

Lo que siguió fue la codificación de un ritual: el arroz en la boda, las pistolas de agua en la lluvia, las tostadas cuando alguien brinda en pantalla, las velas encendidas durante There’s a Light, los periódicos doblados sobre la cabeza para protegerse de la misma lluvia ficticia que cae sobre Janet. Y sobre todo las respuestas, las réplicas ensayadas que el público lanza a la pantalla como si los personajes pudieran oírlos, como si el cine fuera un diálogo en lugar de un monólogo. Los asistentes llegaban disfrazados. Se formaron shadow casts: grupos que actuaban en vivo delante de la pantalla, sincronizados con la película, representando la misma escena que ocurría detrás de ellos. A finales de 1979 había más de doscientos treinta cines programando Rocky Horror dos veces por semana en pases de medianoche. Era, en el sentido más literal, un espectáculo que no existía de día.

Lo que la película ofrecía a ese público de madrugada —mayoritariamente joven, con frecuencia queer, con frecuencia en busca de un lugar donde las categorías no tuvieran que encajar— era algo que el cine comercial rara vez ofrece con tanta eficacia: la sensación de que ser raro no era un defecto sino la condición de entrada. Frank-N-Furter no era un villano redimido ni un héroe inesperado. Era alguien que existía en sus propios términos y asumía todas las consecuencias. Que eso llegara envuelto en canciones pegadizas, decorados de cartón piedra y una trama que parodiaba deliberadamente los géneros más baratos del cine de los cincuenta no lo hacía menos real para quien lo necesitaba.

La secuela olvidada, el remake con Laverne Cox y lo que Tim Curry dejó encima de la mesa
En 1981, Jim Sharman y Richard O’Brien intentaron continuar el universo de Rocky Horror con Shock Treatment, una película que reutilizaba algunos personajes secundarios del original pero prescindía del núcleo central: Curry no regresó, Sarandon no regresó, Bostwick no regresó. El resultado fue una película extraña, más cercana a la sátira televisiva que al musical de terror, que fracasó comercialmente y que con los años ha construido un pequeño público propio, el tipo de público que se especializa en recuperar exactamente lo que todos los demás descartaron. No es Rocky Horror. No pretende serlo del todo. Pero existe, que ya es algo.

El intento más serio de recuperar el espíritu del original llegó en 2016, cuando la cadena Fox emitió una versión televisiva dirigida por Kenny Ortega —coreógrafo y director que llevaba décadas trabajando en musicales de gran escala— con Laverne Cox en el papel de Frank-N-Furter. La decisión de casting tenía una lógica que iba más allá de lo simbólico: Cox era en 2016 una de las actrices trans más reconocibles de la televisión americana, y el papel de Frank-N-Furter, interpretado cuatro décadas antes por un hombre cis británico, adquiría con ella una resonancia que O’Brien quizás no había calculado cuando escribió el personaje pero que encajaba perfectamente con lo que el personaje siempre había representado. Tim Curry participó en la producción como el Criminólogo, el narrador que abre y cierra la historia: el mismo papel que en la película original había tenido Charles Gray, ocupado ahora por el hombre que lo había empezado todo y que llegó al rodaje en silla de ruedas, con la misma ironía tranquila que había llevado a Frank-N-Furter por las escaleras de laboratorio cuarenta y un años antes.

Que la última aparición en pantalla de Tim Curry fuera en una película de Rocky Horror —no como Frank-N-Furter, ya no podía serlo, sino como testigo y como homenaje a sí mismo— no es una casualidad bonita. Es la conclusión natural de una carrera que empezó en un teatro de sesenta butacas en Chelsea y que, por una combinación de talento específico, suerte extraña y un papel que solo él podía haber convertido en lo que se convirtió, llegó hasta ahí. Después vinieron las memorias, algún trabajo de voz, el reconocimiento tardío y la muerte sin aspavientos en una ciudad que ya no es la de los pases de medianoche.

Los pases de medianoche, por cierto, ya no existen. El streaming los hizo innecesarios mucho antes de que nadie se diera cuenta de lo que se perdía. The Rocky Horror Picture Show sigue ahí, disponible en cualquier pantalla a cualquier hora, que es exactamente la condición contraria a todo lo que la hizo funcionar. El ritual requería el teatro, la oscuridad, el grupo, la hora intempestiva, la decisión de ir a ver algo a las doce de la noche con un periódico en el bolso y un disfraz debajo del abrigo. Sin eso, es solo una película buena sobre un doctor alienígena en lencería. Con eso, durante unos años, fue uno de los pocos lugares donde ciertas personas podían entrar y sentirse exactamente donde tenían que estar. Tim Curry lo hizo posible con una actuación que no necesitaba que el cine fuera bueno para que él lo fuera. No muchos actores pueden decir lo mismo.





