Morgan y Cohan son más que la franquicia que los contiene: ‘The Walking Dead: Dead City’

The Walking Dead terminó en noviembre de 2022 después de once temporadas y una curva de calidad que describió una parábola perfecta: ascenso rápido, cima en las temporadas tres y cuatro, declive prolongado con varios intentos de recuperación que nunca terminaron de cuajar. La franquicia, sin embargo, no tiene intención de detenerse: los spinoffs se multiplican y Dead City es el primero en apostar por lo más inteligente que AMC podía hacer en esta situación, que es tomar a los dos personajes que mejor envejecieron de la serie original y darles una historia propia. Jeffrey Dean Morgan como Negan y Lauren Cohan como Maggie fueron, durante varios años, los dos mejores motivos para seguir viendo un programa que había perdido el rumbo. Seis episodios, Manhattan convertida en ciudad zombie, un hijo secuestrado como pretexto argumental: la primera temporada de Dead City, estrenada en junio de 2023, tiene lo suficiente para funcionar y las suficientes limitaciones para no ser la serie que prometía en su concepción.

Morgan, Cohan y la química que ni el apocalipsis deshace

La apuesta nuclear de Dead City es su pareja protagonista, y en ese terreno la serie gana sin discusión. La dinámica entre Negan y Maggie es uno de los legados más aprovechables de la serie madre: él asesinó al marido de ella con un bate de béisbol envuelto en alambre de espino, y los años posteriores construyeron entre ellos una relación de convivencia imposible que nunca resolvió del todo la deuda emocional. Dead City toma esa tensión pendiente y la convierte en el motor de una road movie apocalíptica donde los dos tienen que colaborar sin confiar el uno en el otro, lo cual es exactamente el tipo de conflicto que da trabajo dramático a dos actores que saben lo que tienen entre manos.

Morgan hace con Negan lo que solo los actores con suficiente confianza en su personaje pueden hacer: lo lleva al borde de la parodia de sí mismo —el carisma excesivo, los one-liners que llegan en el peor momento posible— sin cruzarlo. La amenaza y la comedia conviven en él con una naturalidad que sugiere que el personaje lo ha trabajado más tiempo fuera de cámara que dentro. Cohan es más contenida y más incómoda de ver: su Maggie es una mujer que ha construido su dureza como sistema de defensa y que cada vez que la cámara la sorprende en reposo revela que detrás del blindaje hay algo que no ha terminado de cicatrizar. Las escenas en las que los dos están solos —negociando, acusándose, dejando pasar el silencio— son los mejores minutos de la temporada.

Nueva York como decorado y el potencial que nadie termina de cobrar

La elección de Manhattan como escenario es la decisión más ambiciosa de la serie y la que más a medias sale. La premisa visual tiene todo para funcionar: una de las ciudades más densas del planeta vaciada de población humana y colonizada por muertos, con ciervos pastando en Central Park y zombies cayendo por las fachadas de los rascacielos como lluvia de carne. Los primeros planos que establecen la ciudad —filmada en realidad en Nueva Jersey, con ayuda de efectos digitales de fiabilidad desigual— tienen la clase de grandiosidad que un apocalipsis en escala americana merece. El problema es que Dead City usa Manhattan principalmente como telón de fondo y no como interlocutor narrativo.

La ciudad tiene su historia, sus geografías de significado, su estratificación social que el apocalipsis debería haber reconfigurado de maneras específicas e impredecibles. Lo que la serie entrega, en cambio, son túneles de metro, alcantarillas y edificios genéricos que podrían ser cualquier ciudad con pretensiones verticales. La excepción es la secuencia del estadio —un espacio que el guion aprovecha con más inventiva que el resto— y algunos momentos aislados donde la dirección recuerda que tiene un escenario excepcional y lo usa en consecuencia. El resto del tiempo, Nueva York es un chiste que la serie no termina de contar.

La fórmula, el hijo secuestrado y lo que seis episodios no alcanzan a resolver

El argumento de la primera temporada —Maggie busca a su hijo Hershel, secuestrado por un antagonista llamado el Croat— tiene el problema de que no es la primera vez que esta serie pide que nos preocupemos por el hijo de Maggie en peligro. El recurso del niño como palanca emocional lleva demasiadas repeticiones en el universo de The Walking Dead para generar la urgencia que la temporada necesita, y el hecho de que la amenaza nuclear de la trama —el Croat, interpretado por Željko Ivanek con una extravagancia que tiene momentos interesantes y momentos de villano de catálogo— no acabe de tener el peso que doce años de franquicia hubieran justificado lo hace aún más evidente.

La subtrama del marshel Perlie Armstrong —un agente de la ley que persigue a Negan por sus crímenes pasados— es el elemento más fresco que la temporada introduce, y también el que menos espacio consigue: seis episodios no dan para resolver dos historias con la misma profundidad, y Armstrong sale claramente perdiendo. Lo que los seis capítulos sí consiguen es una concisión que la serie madre perdió hace años: no hay episodios de relleno, no hay subtramas que se estiren hasta perder el sentido, no hay el tipo de dilatación narrativa que convirtió las temporadas medias de The Walking Dead en un ejercicio de paciencia. Dead City es una serie que sabe terminar sus escenas, y eso, viniendo de donde viene, ya es un mérito que no conviene subestimar. Lo que todavía no sabe es qué hacer con el mundo que tiene más allá de sus dos protagonistas, y eso es el trabajo que la segunda temporada tendrá que demostrar que es capaz de hacer.