Nines tenía un videoclub y un marido en coma. Solo una de las dos cosas resultó ser un problema: Cochinas

Hay premisas que suenan a broma y funcionan como algo bastante más serio. Cochinas —ocho episodios, Prime Video, el proyecto que Elena Anaya abandonó y que Malena Alterio convirtió en lo más visto de la plataforma en España— parte de un punto de partida que podría haber dado lugar a una comedia de situación sin mayor ambición: Nines, ama de casa conservadora de Valladolid, se ve obligada a gestionar el videoclub familiar cuando su marido cae en coma, y decide reconvertir el negocio hacia el cine para adultos. Lo que los creadores Carlos del Hoyo e Irene Bohoyo han construido sobre ese argumento es algo diferente: una serie que usa el porno como catalizador para hablar de lo que la España de 1998 no hablaba, y que tiene la inteligencia de no confundir el punto de partida con el destino. Cochinas no es una serie sobre pornografía. Es una serie sobre las mujeres que descubrieron, gracias a un videoclub de barrio, que su sexualidad había existido siempre aunque nadie les hubiera dado el vocabulario para nombrarla.

El videoclub como espejo de lo que la España del noventa no se atrevía a mirarse

La elección de 1998 Valladolid como escenario no es inocente. No es Madrid, donde algo de todo existía. No es una ciudad pequeña de postal costumbrista. Es una capital de provincia mediana, suficientemente urbana como para que sus personajes no puedan escudarse en el aislamiento rural, suficientemente conservadora como para que lo que el videoclub de Nines ofrece sea una verdadera transgresión antes que una excentricidad tolerada. Los videoclubs eran en aquella España lo que las redes sociales son ahora: el espacio de encuentro del barrio, el lugar donde todo el mundo pasaba sin necesitar excusa. La serie entiende esa función social y la explota con inteligencia: el local de Nines no es una tienda de artículos para adultos a la que hay que entrar disimuladamente. Es el videoclub de toda la vida, con sus cortinas de terciopelo y sus estanterías de cartón, y eso lo convierte en el espacio más subversivo del barrio precisamente porque no parece serlo. Las tres directoras —Andrea Jaurrieta, Laura M. Campos y Núria Gago— rotan a lo largo de los ocho episodios con una coherencia visual que no delata las costuras del relevo: hay en toda la serie una forma consistente de filmar los cuerpos sin objetivarlos, de poner la cámara exactamente donde el cuerpo existe y no donde el cuerpo se exhibe, que es una distinción que la ficción española sobre sexualidad no siempre ha sabido hacer.

Malena Alterio tiene lo que el guion necesita y Celia Morán tiene lo que el espectador no esperaba

Que Cochinas funcione tan bien como funciona es, en una proporción importante, responsabilidad de su reparto. Malena Alterio construye a Nines desde la contradicción sin resolverla artificialmente: es una mujer que lleva décadas creyendo que su vida cabe en el espacio que los demás le han asignado, y que no descubre de golpe que eso era una mentira sino que lo va entendiendo episodio a episodio, con los pasos en falso y las recaídas que esa clase de descubrimiento requiere. El arco no es el de la protagonista que se libera; es el de alguien que aprende a preguntarse qué quiere antes de saber qué responder. Álvaro Mel como Agustín, el cinéfilo que trabaja en el local y que atraviesa su propio proceso de reconocimiento identitario, aporta al conjunto la fragilidad masculina que la serie necesita para que el relato no quede encerrado en una sola dirección. Pero es Celia Morán como Chon quien se lleva la sorpresa de la temporada: una actuación de debut que no parece de debut, con una presencia física que ancla todas las escenas en las que aparece y una comicidad que no trabaja desde el chiste sino desde el personaje. Si hay una segunda temporada, el guion tiene en Chon un activo que sería un error infrautilizar.

La pornografía como punto de partida, no como punto de llegada

La decisión más inteligente de Cochinas es la que más fácil era equivocar: la serie no celebra la pornografía ni la condena. La usa como espejo. Lo que las mujeres que entran por primera vez a la sección de adultos del videoclub de Nines descubren no es que el porno sea liberador —lo que descubren, con frecuencia, es exactamente lo contrario— sino que su propio deseo existe, que había estado ahí antes de que nadie se lo nombrara, y que las imágenes que tienen delante no lo representan porque esas imágenes fueron construidas sin ellas. Es un argumento que la serie despliega en distintas direcciones: la madre de familia que descubre en los setenta minutos de una película lo que treinta años de matrimonio no le habían explicado; el joven que en el entorno de la iglesia del barrio no encontraba palabras para lo que sentía; la pareja que navega la sexualidad con una de sus integrantes con síndrome de Down desde el único punto de vista que importa, que es el suyo. Cada uno de estos hilos podría haberse convertido en una lección. Cochinas los convierte en personas. La serie no es perfecta: el argumento central —mujer que toma el control de un negocio moribundo y lo salva— no es una idea nueva, y hay episodios donde la trama principal acusa más el peso de la convención que los secundarios. Pero tiene algo que la ficción española sobre cuerpos y deseo rara vez consigue: tratar el sexo como algo que le pasa a gente real, no como algo que le pasa a personajes de ficción que viven en una versión idealizada de sus propias vidas. En Valladolid, en 1998, eso ya era bastante revolucionario. En 2026 sigue siéndolo más de lo que debería.