Robbie Reyes y el fantasma equivocado bajo el capó de un coche tuneado: ‘All-New Ghost Rider’
En julio de 2026, Marvel anunció en el Hall H de la San Diego Comic-Con que Ryan Gosling será el nuevo Ghost Rider del MCU, con Shawn Levy en la dirección y estreno previsto para 2028. El nombre del Ghost Rider que Gosling interpretará no ha sido confirmado públicamente, pero el anuncio convierte este momento en una excusa perfecta para volver a un cómic que Marvel publicó en 2014 y que introdujo el personaje más interesante que la franquicia del Motorista Fantasma había tenido en décadas: Robbie Reyes, un mecánico adolescente del este de Los Ángeles que no monta una moto en llamas sino que conduce un Dodge Charger del 69 poseído por el espíritu de un asesino en serie. All-New Ghost Rider: Engines of Vengeance — editado en España como El piloto fantasma: Motores de venganza — recoge los cinco primeros números de la serie de Felipe Smith y Tradd Moore, y es, en sus mejores momentos, el tipo de cómic que demuestra por qué el relevo de personaje clásico puede funcionar cuando hay convicción genuina detrás del diseño.

Smith y la apuesta por el Este de Los Ángeles
Felipe Smith —escritor estadounidense con carrera en el manga japonés antes de llegar a Marvel— planteó la pregunta de apertura de All-New Ghost Rider con la claridad de quien sabe exactamente por qué está cambiando lo que está cambiando: ¿qué hace un personaje sobrenatural en un barrio que ya tiene suficientes amenazas reales? La respuesta no es decorativa. Robbie Reyes tiene diecisiete años y cuida de su hermano pequeño Gabe, que tiene una discapacidad motora de la que Robbie desconoce la causa exacta. Viven en un barrio del este de Los Ángeles donde la violencia de las bandas y el tráfico de drogas son las condiciones de fondo, no los giros del argumento. Robbie no es un héroe con doble vida: es alguien que necesita que las cosas cambien y que carece de los medios para cambiarlas por las vías convencionales.

La carrera ilegal de coches en la que participa al inicio de la historia no es un capricho: es el plan. Si gana el dinero del premio, puede mudarse con Gabe a un lugar donde las posibilidades de futuro sean distintas. Cuando los mercenarios que persiguen el coche que Robbie tomó prestado del taller —ese Charger del 69 cargado con las pastillas con las que el criminal Calvin Zabo, alias Mr. Hyde, financia su operación— lo matan a tiros, la premisa de la serie queda establecida con una economía que las historias de superhéroes raramente permiten: el muchacho que intentaba salir murió intentando salir, y lo que regresó tiene condiciones. La decisión de Smith de anclar la fantasía sobrenatural a una geografía y una clase social concretas es lo que separa este relanzamiento de los anteriores Ghost Riders, que operaban en un registro de mitología universal sin un dónde específico al que pertenecieran.

El fantasma equivocado y la trampa de los orígenes
El Ghost Rider de Robbie Reyes no está poseído por el Espíritu de la Venganza, que es la fuente de poder de Johnny Blaze y de los motoristas fantasma que lo precedieron en la cronología de Marvel. El espíritu que ocupa el cuerpo y el coche de Robbie es Eli Morrow, un asesino en serie responsable de treinta y siete muertes en rituales satánicos, ejecutado por la policía en 1999. También es el tío de Robbie. También es la persona que empujó a la madre de Robbie por las escaleras cuando estaba embarazada y que causó, por tanto, la discapacidad de Gabe. La revelación llega en el tramo final del primer arco y tiene la virtud de convertir el origen de Robbie en algo más oscuro de lo que el formato de cómic de superhéroes suele permitirse: el poder que lo salvó viene del hombre que destruyó a su familia, y la negociación con ese poder es una negociación con todo lo que ese hombre representa.

La ironía que Smith construye con ese giro es eficaz aunque no siempre bien ejecutada. En algunos números del arco, Robbie tiene tan poco espacio como protagonista en su propia historia —desplazado por la trama criminal de Mr. Hyde o por la aparición de Johnny Blaze, que llega a usar la Mirada de Penitencia sobre el espíritu de Eli— que la promesa del personaje se vuelve más visible que su cumplimiento. El volumen funciona mejor como prólogo que como historia completa: establece al personaje, establece la tensión de fondo, y deja abiertos los conflictos que la serie tendrá que desarrollar. Que lo que se plantea en estos cinco números sea lo suficientemente interesante como para querer saber cómo continúa es el logro real del arco; que no siempre tenga espacio para desarrollarlo como merece es la limitación que la brevedad del formato impone.

Tradd Moore y el cómic que parece moverse
Tradd Moore es la razón más honesta para leer Engines of Vengeance si se llega al volumen sin conocer su trabajo antes. Su estilo no pertenece a la escuela del cómic de superhéroes de los años noventa ni a ninguna de sus variantes más recientes: es una síntesis de influencia manga y animación con un trazo que produce páginas de una energía cinética que raramente tiene referente en el formato impreso. Cuando el Charger arde, no arde con el fuego decorativo que la mayoría de los dibujantes de superhéroes colocan en el fondo de sus composiciones; arde con la lógica de una animación que ha decidido mostrar todos los fotogramas a la vez. Las comparaciones que la serie generó en su momento con Akira no son gratuitas: Moore construye la velocidad y el impacto físico de la misma manera que Katsuhiro Otomo, a través de la multiplicación de la imagen en el espacio del panel y no a través del desenfoque que el cómic americano convencional usa como atajo.

Los diseños de Moore funcionan también en el registro del horror sin abandonar el del tebeo de acción. El cráneo en llamas que corona la versión tradicional del Ghost Rider —Blaze en la moto— es reconocible para cualquier lector; el cráneo integrado en la carrocería ardiente del Charger de Robbie, en cambio, no tiene precedente formal y obliga al ojo a reconstruir al personaje en cada escena. Val Staples en el color añade la paleta que las llamas necesitan para no volverse monocromáticas: hay naranja, hay amarillo, hay el rojo específico del fuego que está a punto de consumir algo, y la variedad tonal hace que las secuencias de acción tengan temperatura antes que espectáculo. El resultado visual de los cinco números es lo que se queda después de que el argumento se ha asentado: la imagen de un coche que es también un ser vivo, de un muchacho que conduce lo que lo posee.





