Historia y evolución de las ‘Buddy Movies’: El arte cinematográfico de los polos opuestos
El reciente estreno en Apple TV+ de Mayday, la comedia de acción protagonizada por Ryan Reynolds y Kenneth Branagh, vuelve a encender la maquinaria de una de las alianzas comerciales más antiguas, rentables y, a la vez, conceptualmente elásticas de la historia del entretenimiento: la fascinación del cine por emparejar a dos personajes diametralmente opuestos obligados a soportarse en pantalla. La llegada de esta nueva producción —que cruza el cinismo socarrón del héroe de acción moderno con la sobriedad soviética en un entorno de supervivencia militar— es el último peldaño de una genealogía audiovisual obsesionada con reescribir la misma pregunta existencial: qué ocurre cuando obligas a dos egos incompatibles a compartir el mismo plano cinematográfico antes de que se maten entre sí. Sin embargo, encasillar este fenómeno como una simple moda de consumo rápido o un recurso exclusivo de las plataformas de streaming sería un error de perspectiva histórica. La buddy movie (o película de colegas) constituye una de las estructuras narrativas más antiguas y reveladoras del séptimo arte, sirviendo como un termómetro sociocultural de cada época.

De la bufonada del cine mudo al origen del ‘buddy cop’ en el Japón de posguerra
Los cimientos del subgénero se moldearon en la comedia física de las décadas de 1920 y 1930. El primer gran referente de un equipo en el que las marcadas diferencias físicas y psicológicas se utilizaban para superar la adversidad fue Laurel y Hardy (El Gordo y el Flaco). Filmes como The Flying Deuces (1939) asentaron una regla de oro insalvable: la incompetencia de uno magnifica la frustración del otro, creando una dependencia mutua inquebrantable que más tarde pulirían parejas como Abbott y Costello o Dean Martin y Jerry Lewis. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión dramático cruzó el Pacífico en 1949 de la mano de Akira Kurosawa y El perro rabioso (Nora Inu). Al emparejar a un detective novato e impulsivo (Toshirō Mifune) con un policía veterano y analítico (Takashi Shimura) para recuperar una pistola robada, el maestro japonés sentó los cimientos del buddy cop moderno, una estructura que los años 60 y 70 trasladaron al terreno del western y la contracultura con títulos emblemáticos como Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969).

Shane Black y la arquitectura del conflicto moderno
Es imposible entender la explosión del género en los años 80 sin la figura de Shane Black, el guionista que cogió los elementos dispersos del género y redactó los mandamientos definitivos del thriller de acción contemporáneo. Black redefinió el panorama al vender el libreto de Arma letal (Lethal Weapon, 1987). Al cruzar a Martin Riggs (Mel Gibson) —un policía suicida y roto por el dolor— con Roger Murtaugh (Danny Glover) —un hombre de familia sensato que cuenta los días para jubilarse—, Black inyectó dramatismo real, violencia estilizada y una verborrea ácida que revolucionó Hollywood. El autor repitió y perfeccionó su propia obsesión por las parejas disfuncionales en guiones y direcciones posteriores como El último Boy Scout (1991), Kiss Kiss Bang Bang (2005) o Dos tipos peligrosos (The Nice Guys, 2016), demostrando que el secreto del formato reside en la vulnerabilidad oculta tras el intercambio de chistes.

Choque cultural, geopolítica de la Guerra Fría y artes marciales
A medida que el subgénero maduraba, los cineastas descubrieron que la fricción dramática se multiplicaba al añadirle un componente de choque cultural, racial o geopolítico. En los 70 y 80, binomios interraciales como Richard Pryor y Gene Wilder en El expreso de Chicago (1976) o Eddie Murphy y Nick Nolte en Límite: 48 horas (1982) abrieron el camino, pero la vertiente geopolítica alcanzó su clímax durante la recta final de la Guerra Fría. El ejemplo más rotundo de esta tendencia fue Danko: Calor rojo (Red Heat, 1988), de Walter Hill, donde el implacable y cuadriculado capitán soviético de Arnold Schwarzenegger debía formar equipo con el caótico detective de Chicago interpretado por James Belushi, convirtiendo el choque frontal entre el comunismo y el capitalismo en puro espectáculo pirotécnico. En los noventa, la fórmula se oxigenó al hibridarse con el cine de artes marciales de Hong Kong de la mano de Jackie Chan y Rush Hour (1998) junto a Chris Tucker, o sus alianzas en el western con Owen Wilson en Shanghai Noon (2000), abriendo paso a producciones más urbanas que cruzaban la contundencia marcial de Jet Li con la escena del hip-hop en Romeo debe morir (2000) o Nacer para morir (2003).

La mirada crepuscular y la inmortalidad del formato
La última gran metamorfosis del género ha demostrado que las arrugas también poseen una sobresaliente vis cómica a través de la vertiente octogenaria y crepuscular, donde la fricción ya no proviene de la falta de experiencia, sino del choque de egos en la recta final de la vida. En Antes de partir (The Bucket List, 2007), dirigida por Rob Reiner, Jack Nicholson y Morgan Freeman encarnan a dos enfermos terminales de trasfondos antagónicos que deciden fugarse juntos, transformando la comedia de colegas en una reflexión íntima y emotiva sobre la mortalidad. Una mirada melancólica que también impregna el tono criminal de Tipos legales (Stand Up Guys, 2012), con Al Pacino y Christopher Walken, o la comedia de carretera Cerdos salvajes (Wild Hogs, 2007). Desde los golpes de sombrero de Stan Laurel hasta las explosiones de Mayday, la buddy movie sigue demostrando una salud de hierro porque no depende de la pirotecnia, sino de una verdad humana universal: la necesidad de encontrar a alguien que, a pesar de sacarnos de nuestras casillas, sea capaz de cubrirnos las espaldas cuando las cosas se ponen verdaderamente difíciles.





