Rob Reiner, la mejor carrera posible y el peor de los desenlaces

El 7 de septiembre de 2026, nueve meses después de su muerte, Rob Reiner ganó su tercer Emmy. Cuarenta y ocho años después de los dos que había ganado por interpretar al yerno liberal de Archie Bunker en All in the Family, la Academia de Televisión le entregó a título póstumo el premio al Mejor Actor Invitado en Serie de Comedia por su aparición en The Bear. Wendi McLendon-Covey recogió el galardón en su nombre. La sala se puso en pie. Nadie que conociera la historia de los últimos meses de la vida de Reiner —ni el hombre que murió, ni la esposa que murió con él, ni el hijo que espera juicio por haber matado a ambos— pudo estar en ese momento sin que el reconocimiento tuviera el peso particular de los finales irresolubles. Hay carreras que merecen un cierre a la altura. La de Rob Reiner lo merecía. Lo que recibió en su lugar es el tipo de historia que Hollywood no sabe cómo procesar porque no es una historia de Hollywood: es una tragedia familiar sin moraleja ni tercera parte que compense el daño.

El director que hizo todas las películas que una generación todavía cita de memoria

Rob Reiner dirigió cuatro películas en cuatro años que bastarían, cada una por separado, para justificar una carrera. Stand by Me (1986), La Princesa Prometida (1987), Cuando Harry encontró a Sally (1989) y Misery (1990) son obras que no comparten género, tono ni audiencia, y que sin embargo tienen en común una cualidad difícil de fabricar: parecen entender con exactitud qué emociones quieren activar en el espectador y no se desvían de ese objetivo ni un plano. Que las cuatro llegaran en sucesión, de la mano del mismo director que había empezado su carrera detrás de las cámaras con This Is Spinal Tap —la película que inventó el mockumentary antes de que existiera la palabra— convierte ese tramo de finales de los ochenta en uno de los tramos de consistencia creativa más extraños de la historia del cine popular americano.

Stand by Me es una película sobre el final de la infancia que nunca siente nostalgia por la infancia: Reiner filmó a River Phoenix, Wil Wheaton, Jerry O’Connell y Corey Feldman como si fueran adultos que todavía no saben que lo son, y el resultado es una de las adaptaciones de Stephen King más fieles al espíritu del autor precisamente porque no intenta adaptar el horror sino la melancolía que hay debajo. La Princesa Prometida es un cuento de hadas que se ríe del cuento de hadas sin dejar de ser un cuento de hadas en serio: ese equilibrio entre la ironía y el romanticismo sin reservas es casi imposible de sostener durante ciento minutos y Reiner lo sostiene porque confía en que el espectador aguanta las dos cosas a la vez. Cuando Harry encontró a Sally codificó las reglas de la comedia romántica adulta durante al menos veinte años y probablemente más. Misery le dio a Kathy Bates el Oscar y al género del thriller doméstico una referencia que todavía cita todo el mundo cuando habla de mujeres con hacha.

A esa lista hay que añadir Algunos hombres buenos (1992), que convirtió un monólogo de Tom Nicholson —»¡La verdad! ¡No puedes manejar la verdad!»— en probablemente la escena de sala de juicios más reconocida del cine americano. Y El Presidente y Miss Wade (1995), que anticipó el tipo de comedia política con romanticismo en el centro que el cine de los noventa no sabía exactamente cómo producir. Reiner fue, durante su mejor década, el tipo de director que Hollywood necesita y que tiene en una proporción muy inferior a la que querría: alguien que podía hacer cualquier género y hacerlo bien, que venía del mundo de los actores y por eso sabía qué pedirles y hasta dónde, y que entendía que las películas que más tiempo perduran son las que no sobreestiman ni subestiman a quien las ve.

Nick, Being Charlie y la historia que nadie quería que se escribiera

En la tarde del 14 de diciembre de 2025, Romy Reiner —la hija menor del director— encontró el cuerpo de su padre en el dormitorio principal de la casa familiar de Brentwood. La esposa de Reiner, Michele Singer, estaba también muerta. Ambos habían muerto por heridas de arma blanca. Esa noche, a las 21:15, fue detenido Nick Reiner, de 32 años, el hijo mayor del matrimonio. Desde entonces está acusado de dos cargos de asesinato en primer grado con circunstancias especiales: multiplicidad de víctimas y premeditación con emboscada. Pleiteó inocente. Su juicio sigue en curso.

Lo que hace la historia de Nick Reiner especialmente difícil de procesar —y especialmente difícil de convertir en crónica sin caer en el morbo de catálogo— es que Rob Reiner ya la había filmado antes de que ocurriera. En 2015 dirigió Being Charlie, un drama semiautobiográfico coescrito con Nick sobre la relación entre un padre director de cine y un hijo que lucha contra la adicción a las drogas y cuya vida se convierte en una sucesión de clínicas de rehabilitación, recaídas y episodios de vida en la calle. Rob Reiner hizo esa película porque quería entender a su hijo y porque creyó que el cine podía servir para eso: para acercarse a algo que la conversación directa no alcanzaba. Fue una película honesta y valiente, el tipo de cosa que solo hace alguien dispuesto a exponer en público su fracaso como padre sin pretender que ese fracaso tiene una solución fácil.

Nick Reiner empezó a consumir drogas a los catorce años. Entró en rehabilitación dieciocho veces antes de cumplir dieciséis. Pasó períodos de indigencia en varios estados. En 2020 fue sometido a una tutela judicial por salud mental de un año de duración. En el momento de la muerte de sus padres vivía con ellos en la misma casa de Brentwood. Son datos que el proceso judicial irá interpretando de maneras distintas según quién los use. Lo que no está en disputa es lo que queda: que Rob Reiner murió en la casa que compartía con su esposa y con el hijo al que había intentado ayudar de todas las maneras que conocía, incluyendo hacer una película sobre ello.

El Emmy, The Bear y lo que queda cuando alguien ya no está para recibirlo

La ironía de que el último reconocimiento de la carrera de Reiner llegara de una serie de cocina —The Bear, en la que interpretó a Albert Schnurr, un empresario que ayuda a Ebraheim a desarrollar un plan de expansión para el restaurante de Carmy— es del tipo que le habría gustado al propio Reiner, que siempre prefirió las paradojas sin resolver a los finales con moraleja. Su tercer Emmy llega cuarenta y ocho años después de los dos anteriores, que había ganado por ser el Meathead de Archie Bunker: el yerno universitario, progresista y ligeramente condescendiente que servía de contrapeso al conservadurismo de Carroll O’Connor. Ese personaje, en la América de 1971, era un experimento social disfrazado de comedia. Reiner lo sabía y lo jugó con la inteligencia de alguien que entendía que el humor era el territorio donde las ideas peligrosas podían decirse sin que la gente se pusiera a la defensiva.

The Bear le rindió homenaje en su final de serie con una referencia a La Princesa Prometida. El Emmy de esta semana se lo llevó su última película: Spinal Tap II: El Final Continúa, que él completó en 2025 con los mismos colaboradores de hace cuarenta años, fue a la vez una despedida al personaje que lo lanzó como director y una prueba de que seguía siendo capaz de encontrar diversión en las cosas que lo habían divertido siempre. Lo que queda de Rob Reiner es un catálogo que cualquier director del mundo envidiaría, el tipo de legado que no requiere que nadie explique por qué importa. Y la otra historia, que no tiene resolución todavía y que cuando la tenga no va a hacer que nada de lo anterior sea menos cierto ni más fácil de sostener.