Lo que un hijo es capaz de hacer para que su padre lo mire de otra manera: ‘Dink’ (Apple TV)

The Dink es, en teoría, una película sobre píckleball. Lo anuncia el título —dink es el golpe suave y controlado que lleva la pelota justo al otro lado de la red, la jugada de mayor finura del deporte más de moda de los últimos años en Estados Unidos— y lo promete el reparto: Jake Johnson como un ex tenista frustrado que acaba empuñando una raqueta pequeña en una pista de dimensiones ridículas. Lo que la película de Josh Greenbaum es en la práctica es otra cosa, y considerablemente más interesante: es la historia de lo que un hombre puede llegar a hacer para que su padre lo mire de manera distinta. El píckleball es la palanca argumental, el disparador del conflicto, el escenario donde Dusty Boyd tiene que demostrar algo que el tenis nunca le dejó demostrar. Que la película entiende perfectamente cuál es su tema real —no un deporte sino una relación— es tanto su mayor virtud como la fuente de su único defecto sostenido: la comedia deportiva que anuncia es bastante menos eficaz que el drama de padre e hijo que no siempre se atreve a ser.

El deporte como pretexto

Dusty Boyd lleva cuarenta años siendo el hombre que una lesión de muñeca en un partido contra Andy Roddick —que aparece en la película interpretándose a sí mismo, con el mismo placer contenido con que los deportistas reales suelen aparecer en producciones de este tipo— condenó a no llegar adonde debía llegar. Trabaja ahora como entrenador en el club de tenis que dirige su padre, construye su identidad sobre glorias que magnifica o directamente inventa, y lleva el mismo tiempo buscando en los ojos de un hombre tan contenido como Ed Harris la señal de que lo hizo bien. El píckleball entra en su vida por prescripción médica —el Dr. Stone de Ben Stiller, cuyo papel es lo suficientemente pequeño como para que el actor lo resuelva en tres escenas con la cara que le pide el material— y con la lógica de los mejores MacGuffins del cine deportivo: el deporte en sí mismo no importa tanto como lo que el deporte obliga al personaje a enfrentar. The Dink utiliza la rivalidad entre tenistas y jugadores de píckleball con el mismo tono de quien sabe que ese conflicto es en parte risible —la batalla cultural entre los guardianes de un deporte noble y los entusiastas de su versión democratizada— sin llegar a explotar todo el potencial cómico que esa premisa ofrece. Las mejores escenas del primer acto son las que retratan el esnobismo del ambiente tenístico sin que la película tenga que explicar el chiste porque el chiste se explica solo: Dusty mirando las pistas de píckleball con el desprecio de alguien que ha confundido el refinamiento con la rigidez es, por sí solo, un retrato social que el guion de Sean Clements sabe instalar pero no siempre sabe desarrollar.

Johnson y Harris

La razón por la que The Dink funciona mejor de lo que su fórmula debería permitir es la distancia exacta que Johnson y Harris mantienen entre sus personajes durante la mayor parte del metraje. Dusty es un hombre cómicamente inseguro al que Johnson convierte en simpático sin suavizarlo: la inseguridad está en la superficie, el bravuconismo es tan transparente que produce más ternura que irritación, y el actor tiene la inteligencia de no intentar que el personaje resulte más gracioso de lo que el guion le da, de sostenerlo en la incomodidad de un tipo que miente porque la verdad le parece insuficiente. Harris hace con Chuck lo que Harris hace siempre —economía de gestos, autoridad en silencio, la capacidad de estar en una escena sin hacer nada que no sea necesario— y esa contención es exactamente lo que el personaje necesita para funcionar como obstáculo emocional real: Chuck no es un antagonista ni un padre cruel, es un hombre que no aprendió a expresar lo que siente, y esa distancia entre los dos actores genera la tensión más interesante de toda la película. El momento más preciso de The Dink es una escena relativamente quieta en la que padre e hijo comparten una conversación que no habla de lo que habla, y Johnson y Harris sostienen ese subtexto sin subrayarlo. Hay más película en ese plano que en todo el tercer acto.

Lo que la fórmula da y lo que no

Mary Steenburgen es el tercer argumento a favor de The Dink y probablemente el más sorprendente: Candace podría ser el interés romántico de conveniencia o la figura sabia que ilumina al protagonista, y Steenburgen la convierte en ninguna de las dos cosas y en las dos a la vez. Su química con Johnson funciona precisamente porque la película tiene el criterio de no forzarla hacia el romance y dejarla existir como la relación entre dos adultos que se reconocen en sus fracasos, que es considerablemente más interesante que lo que el género suele hacer con esa dinámica. Patton Oswalt tiene menos suerte: Skip es el tipo de personaje secundario al que los guiones del género encasquetan la función de alivio cómico sin darle material suficiente para ser gracioso por méritos propios, y el conjunto de secundarios —Chris Parnell, Aaron Chen, Chloe Fineman— queda en el mismo espacio de presencias simpáticas a las que el guion no da el andamiaje que necesitarían para dejar huella. Donde la película pierde más claramente es en su propia comedia: The Dink produce más sonrisas que carcajadas, y esa diferencia importa en un género donde la temperatura emocional del espectador en el clímax deportivo depende de la acumulación de risa genuina durante los dos actos anteriores. El partido final llega —está bien rodado, funciona como espectáculo mínimo, entrega la satisfacción del género— pero llega a un espectador que todavía no ha tenido suficiente razón para reírse de verdad. Como apuesta de entretenimiento es una película cómoda, bien construida en su núcleo y más pequeña de lo que su reparto haría suponer. Como retrato de la masculinidad que no sabe perder y no sabe pedir disculpas, tiene momentos que valen el tiempo que le toma encontrarlos.