La pareja que se sostiene mejor que el quión que la rodea: ‘Black Widow & Hawkeye: Broken Arrow’

Cuando Natasha Romanoff apareció por primera vez en las páginas de Tales of Suspense en 1964, lo hizo como espía soviética enviada a destruir a Tony Stark. Clint Barton llegó unos meses después en el mismo cuadernillo, como ladrón con arco que se enamoró de la Viuda y decidió que eso justificaba ponerse en el bando equivocado. Que dos personajes que empezaron como antagonistas menores del Iron Man de Don Heck y Larry Lieber acaben siendo, sesenta años después, los dos espías más interesantes del universo Marvel es uno de esos accidentes editoriales que el cómic de superhéroes convierte en tradición y luego en canon. Broken Arrow recoge los cuatro números de la miniserie que Stephanie Phillips escribió en 2024 y los acompaña con dos números de Tales of Suspense del año 64: el primero como recordatorio de dónde empezó todo esto, el segundo como prueba de que la dinámica entre Natasha y Clint lleva décadas siendo la misma y eso no es un problema sino la condición que la hace funcionar. Lo que la miniserie hace con ese legado es competente en lo que más importa —el retrato de los dos protagonistas— y más frágil en todo lo que los rodea.

Phillips y la química que no necesita que nadie la explique

Stephanie Phillips demuestra desde el primer número que entiende a estos personajes en el registro correcto: no como superhéroes que ocasionalmente hacen trabajo de espías, sino como operativos de campo que tienen la mala costumbre de sentir afecto por alguien en un trabajo donde el afecto es una vulnerabilidad táctica. La relación entre Natasha y Clint que construye la miniserie se define por una tensión que nunca termina de resolverse —no es amor romántico declarado, no es solo amistad profesional— y Phillips la trabaja con la inteligencia de no intentar reducirla a ninguna de las dos categorías. Natasha cubre los errores de Clint con la eficiencia de quien lo ha hecho suficientes veces como para no necesitar discutirlo. Clint acepta esa cobertura con la mezcla de gratitud y orgullo herido de alguien que sabe que la necesita y preferiría no necesitarla. Eso es, en síntesis, toda la pareja: una exasperación mutua que es también la forma que tienen de decirse que se fían el uno del otro.

La estructura no lineal de la historia —que arranca desde el presente y va completando el pasado a medida que avanza— funciona bien en los primeros números porque da al lector la posición ventajosa de saber más que los personajes sin sentir que el guion está haciendo trampa. La voz de Natasha como narradora tiene la sequedad apropiada: no se regodea en la emotividad pero tampoco la esconde, y eso la mantiene en el lado correcto de la ironía que el personaje requiere.

Sliver, Villanelli y la maquinaria visual que sostiene la acción

La decisión de dar a Natasha un simbionte —Sliver, un parásito que la asiste en las misiones y que en el número dos genera la complicación más interesante de la temporada cuando su relación con Clint se vuelve problemática— tiene dos caras. Por un lado, añade una textura visual que Villanelli explota con inventiva real: las secuencias en que Natasha opera con el simbionte tienen una fluidez diferente al resto de la acción, y el color de Mattia Iacono aprovecha el contraste entre los tonos del personaje y las masas negras del parásito para construir páginas que se leen de manera distinta al thriller de espionaje que las rodea. Por otro lado, en 2024 el simbionte como recurso narrativo lleva demasiados años de uso intensivo en el universo Marvel como para que su aparición no genere en el lector habitual una resistencia automática: el agotamiento del recurso no es culpa de Phillips, pero tampoco trabaja a su favor.

Villanelli resuelve el trabajo más técnico de la miniserie —varios países en el mismo número, acción física que tiene que leerse con claridad, expresiones que tienen que llevar el peso emocional que el guion no siempre verbaliza— con una solidez que convierte el libro en algo más ágil de lo que la trama justifica por sí sola. Los fondos tienen detalle suficiente para que Madripoor funcione como lugar y no solo como nombre, y las escenas de acción tienen el tipo de composición que permite seguir la pelea sin perder la posición de los personajes. Es el trabajo de un artista que sabe lo que se le pide y lo entrega sin caprichos.

Damon Dran, el villano instrumental y los clásicos que cierran el volumen

El punto más débil de Broken Arrow es su antagonista. Damon Dran —el Manipulador, villano de segunda fila con suficiente historia en el universo Marvel para resultar reconocible a los lectores de largo recorrido— ocupa la posición de motor argumental sin llegar a ser una presencia real en la historia. La acusación de traición contra Clint, los hilos que Dran mueve desde el fondo, la tensión diplomática entre Estados Unidos y Madripoor: todo eso existe como andamiaje para que Natasha y Clint tengan razones de urgencia para estar en el mismo lugar, pero el guion nunca termina de interesarse por Dran como personaje. Es una función con nombre propio, no una amenaza que genere suspense, y eso limita el alcance dramático de los cuatro números más de lo que la química entre los protagonistas puede compensar.

La resolución de la subtrama del atentado —que queda, en el mejor de los casos, a medio resolver desde la perspectiva de las consecuencias institucionales para Clint— es la concesión más visible que hace el guion a la economía narrativa de una miniserie de cuatro números: demasiado poco espacio para demasiadas piezas en juego. Lo que el volumen incluye como cierre —los dos números de Tales of Suspense del 64— no está ahí por relleno. Leerlos después de la miniserie tiene el efecto de recordar que Natasha y Clint llevan seis décadas haciendo variaciones del mismo juego de confianza y desconfianza, que eso es su tradición y no su defecto, y que Phillips ha entendido esa continuidad mejor que el argumento que eligió para demostrarla.