‘Los Vengadores’: seis superhéroes podían existir en el mismo plano sin aplastarse mutuamente

Desde Iron Man en 2008, Marvel Studios había estado construyendo algo que no tenía precedente en la historia del cine: un universo narrativo en el que los personajes de diferentes películas coexistían, se referenciaban y eventualmente convergían. La apuesta requería que cada entrega funcionara sola y también como pieza de un todo, y la pregunta que nadie había podido responder hasta Los Vengadores era si ese todo podía tener consistencia dramática o si la reunión de superhéroes que habían funcionado por separado en sus propias historias resultaría en un choque de egos narrativos demasiado costoso para sostener. Joss Whedon, elegido para dirigir y reescribir el guion de Zak Penn, llegó al proyecto con una credencial específica que ningún director de blockbuster convencional tenía: había pasado la mayor parte de su carrera gestionando grandes ensembles de personajes en televisión, entendía que la función de un grupo no es que todos hablen al mismo tiempo sino que cada voz sepa cuándo callar, y entendía también que los momentos de mayor densidad dramática en una historia coral son los que ocurren en los márgenes, cuando la cámara debería estar mirando a otro lado y no lo está.

Lo que Whedon entregó en mayo de 2012 fue la película más taquillera del año —1.519 millones de dólares en todo el mundo, el primer título de Marvel en superar los mil millones— y, más importante que esa cifra, la prueba de que el modelo de universo compartido era operativo como forma cinematográfica. El año 1 d.C. del MCU tiene fecha de lanzamiento: el 4 de mayo de 2012. Todo lo que vino después, cada crossover, cada entrega de equipos reunidos que cualquier estudio ha intentado desde entonces, remite de alguna manera a lo que Los Vengadores hizo funcionar en sus 143 minutos. Que la película resista mejor el tiempo en algunas partes que en otras es, entre otras cosas, la señal de que era una obra hecha por un ser humano y no por un comité.

Mark Ruffalo, Bruce Banner y el momento en que la película encontró su mejor argumento sin avisar: «Siempre estoy enfadado»

La historia del Hulk en el MCU antes de Los Vengadores es la historia de un personaje que dos actrices habían interpretado —Eric Bana en 2003, Edward Norton en 2008— sin que ninguna versión convenciera del todo, no porque los actores fallaran sino porque la premisa del personaje —un hombre que se convierte en monstruo y sufre por ello— no había encontrado todavía el ángulo desde el que volverse interesante. Mark Ruffalo fue el primero en hacer captura de movimiento en el set, en tiempo real, junto a sus compañeros, lo que significó que su cara dio forma al Hulk de Los Vengadores de una manera literal: los artistas de VFX del ILM tomaron sus rasgos como punto de partida para construir la criatura, y el resultado es la primera versión del personaje en la que Banner y su alter ego parecen habitados por la misma persona. Ruffalo construyó un Banner ansioso, levemente ausente, que carga el peso de lo que lleva dentro con una mezcla de resignación y alerta constante; y la forma en que ese peso se convierte en recurso —y no en obstáculo— en el momento en que la batalla de Nueva York ha comenzado y el Capitán América le dice que se ponga verde y Ruffalo responde «siempre estoy enfadado» antes de transformarse en el acto más controlado de la película es el instante en que Los Vengadores decide que su personaje más difícil es también el más libre.

Eso no habría sido posible sin la decisión de estructura que Whedon tomó con el guion: la muerte del Agente Coulson —el hilo que había cosido el MCU desde Iron Man— como el catalizador que convierte a seis individualistas en un equipo. Coulson muere a manos de Loki a mitad de la película, antes de que el grupo haya terminado de decidir si confía en sí mismo, y su muerte hace por Los Vengadores lo que ningún discurso motivacional habría podido: da a los personajes una pérdida real que el espectador comparte, porque Coulson es el único personaje de esa película que no tiene superpoderes y por tanto el único con el que la proporción de riesgo es la misma para todos. Que la película use ese duelo como combustible y no como sentimentalismo —que Tony Stark recoja las cartas de béisbol de Coulson y las meta en el bolsillo con la economía de gesto que Robert Downey Jr. hace mejor que casi nadie— dice algo sobre el nivel de oficio con el que Whedon sabía leer a sus actores.

Tom Hiddleston como el primer villano genuinamente complejo del MCU, la batalla de Nueva York y la escena final en la que Tony Stark decide que ser Iron Man no es un disfraz

Loki llegó a Los Vengadores como el villano de Thor (2011), un dios asgardiano de la mentira que había descubierto en la última película que era hijo adoptivo y que esa herida le había costado la cordura y el trono. Lo que Whedon hizo con ese punto de partida es construir el primer antagonista del MCU que tiene más de una capa funcionando al mismo tiempo: Loki quiere conquistar la Tierra porque le ha sido prometida por fuerzas que el guion mantiene deliberadamente en la sombra —la escena post-créditos en la que aparece Thanos fue suficiente como revelación en 2012—, pero también porque necesita demostrar que es alguien, que su existencia tiene un peso que la familia que lo adoptó le negó. Tom Hiddleston lleva esa doble agenda con una elegancia que el material no pedía explícitamente: hay momentos en Los Vengadores en los que Loki parece genuinamente divertido por la pequeñez de los humanos que intenta someter, y hay otros en los que esa diversión se quiebra y aparece algo más parecido al dolor, y la transición entre los dos estados ocurre sin subrayado porque Hiddleston entiende que los mejores villanos no avisan cuando cambian.

La batalla de Nueva York —la secuencia final en la que el portal sobre el edificio Stark libera el ejército chitauri sobre Manhattan y los seis Vengadores defienden la ciudad durante veinte minutos de screen time— es el argumento central de la película como objeto cinematográfico, la demostración de que la promesa que el MCU había estado haciendo desde 2008 podía entregarse con sustancia real. Whedon la construye como un ejercicio de espacialización: cada personaje tiene su zona, su función, su tipo de amenaza a gestionar, y el guion se asegura de que todos tengan al menos un momento que los defina antes de que el clímax sea resuelto por Tony Stark. La resolución —Stark carga una bomba nuclear en brazos, la lleva a través del portal, cae inconsciente antes de que se cierre y el Hulk lo atrapa en caída libre— es el cierre que la historia de Iron Man necesitaba para ese momento: Tony Stark tomando la decisión que en Iron Man (2008) lo definió como personaje —«yo soy Iron Man», no el traje sino la persona— y llevándola hasta su consecuencia lógica por primera vez.

Lo que el tiempo ha clarificado sobre «Los Vengadores»: el idioma Whedon, el Hawkeye que no llega a existir y lo que la película construyó para todos los que vinieron después

El tiempo ha sido generoso con Los Vengadores en sus virtudes centrales y ha vuelto más visibles sus limitaciones. Las virtudes resisten: Ruffalo sigue siendo la revelación que era en el estreno, Hiddleston sigue siendo el estándar al que los villanos del MCU han tratado de llegar con desigual fortuna, y la construcción del ensemble en la primera mitad de la película —los seis personajes aprendiendo a soportarse antes de aprender a funcionar juntos— tiene la eficacia de un mecanismo de relojería bien ensamblado. Las limitaciones son más claras hoy que en 2012. El idioma Whedon —la one-liner que desinfla la tensión del momento en que la tensión ya no necesita desinfle, el chiste que llega justo cuando la escena había ganado peso— funciona brillantemente en sus mejores momentos y produce un ruido reconocible en los peores: hay secuencias en el Helicarrier donde los personajes son más agudos que humanos, donde la réplica perfecta llega con una cadencia que el drama vivo raramente tiene, y el resultado es una película que a veces parece escrita por alguien que ha visto muchas películas y pocas veces olvidó haberlas visto.

Jeremy Renner como Hawkeye lleva el coste más visible de las decisiones de estructura: el personaje pasa la mayor parte de la película bajo el control mental de Loki, lo que significa que el único miembro del grupo sin superpoderes —el que, junto a Natasha Romanoff, debería haber tenido la carga emocional más interesante por esa razón— no existe como agente propio hasta el último tercio, cuando ya no hay espacio para recuperar lo que se perdió. Los chitauri como ejército invasor son funcionales como amenaza a escala pero genéricos como antagonistas con entidad propia, y la película tiene la sensatez de no intentar convertirlos en algo que no son: son el ejército necesario para que la batalla de Nueva York exista, y con eso les basta. Nada de esto invalida lo que Los Vengadores consiguió en 2012 ni lo que sigue consiguiendo hoy: ser la película que demostró que la fe del MCU en su propio modelo no era delirio, que seis personajes podían reunirse sin borrarse mutuamente, y que la figura que los reunió —Nick Fury, el espía que había estado tejiendo la red desde el principio— tenía razón en creer que la suma podía ser mayor que las partes. Capitán América: El primer vengador la había precedido semanas antes como el último escalón antes de la cita. La cita cumplió.