El experimento más audaz de Disney con Star Wars, cancelado a medias: ‘The Acolyte’

Star Wars: The Acolyte es la serie más interesante que Disney+ ha producido dentro de la franquicia y también la única que no tendrá la oportunidad de demostrar si era tan buena como prometía. Ocho episodios estrenados entre el 4 de junio y el 16 de julio de 2024, cancelada en agosto del mismo año antes de que el polvo de la primera temporada terminara de asentarse, con un gasto de producción de doscientos treinta millones de dólares que no encontró el retorno que Disney necesitaba para justificar una segunda. La creadora Leslye Headland —que describió el proyecto como Frozen encontrándose con Kill Bill, lo que es un resumen que merece ser leído más de una vez— planteó un Star Wars genuinamente diferente al que el universo expandido había producido hasta entonces: situado cien años antes de La amenaza fantasma, en la era del Alto República, con una pregunta en el centro que el resto de la franquicia nunca había formulado con esta claridad. Los Jedi, en The Acolyte, no son los buenos sin matices. Son una institución con poder, con historia y con cadáveres en el armario que alguien va a exhumar.

Leslye Headland y la pregunta que nadie había hecho a los Jedi

El género que Headland eligió para articular ese cuestionamiento es el thriller de asesinatos: los primeros compases de la serie siguen a una asesina que está eliminando sistemáticamente a Jedi concretos, y la investigación de esos crímenes abre la caja de lo que ocurrió décadas antes en el planeta Brendok, donde una misión Jedi que contactó con un aquelarre de brujas de la Fuerza terminó en tragedia. Que los episodios cuatro al seis cuenten esa tragedia desde perspectivas distintas —primero desde el punto de vista de las brujas, luego desde el de los Jedi— es la decisión estructural más ambiciosa de la temporada y la que mejor revela lo que la serie quería ser en el fondo: un relato donde la verdad no es propiedad de ninguno de los dos bandos y donde la distinción entre víctima y agresor depende del ángulo desde el que se mira. La deuda con Rashomon es explícita y honesta, y en los episodios en que Headland la trabaja bien, The Acolyte alcanza una complejidad moral que la franquicia raramente había intentado.

El Alto República como escenario es otra apuesta acertada. La era en que la Orden Jedi está en su cenit —antes de las guerras que la comprometerán, antes de que el Imperio sea siquiera una posibilidad— permite que la crítica a la institución tenga más peso que en otras épocas de la cronología: cuanto más poderosa e indiscutida es una institución, más reveladores son sus errores. El maestro Sol que interpreta Lee Jung-jae —el primer papel en inglés del actor surcoreano, trabajado con cuatro meses de preparación con coach de dicción— es el personaje que la temporada construye con más paciencia y al que le reserva la revelación más devastadora: la verdad de lo que ocurrió en Brendok y el papel que él tuvo en ello. Jung-jae sostiene el peso de esa revelación con la economía expresiva de quien no necesita subrayar para que el golpe llegue.

Stenberg, Jacinto y lo que la serie hace bien cuando se lo permite

Amandla Stenberg interpreta a Osha y a Mae, gemelas separadas por el trauma de Brendok con trayectorias opuestas: una se convirtió en techera de mecánica alienígena, la otra en asesina al servicio de un maestro oscuro. El trabajo de Stenberg en los dos roles es el mejor de la temporada y uno de los mejores de cualquier producción Star Wars en la era Disney: no se trata solo de distinguir físicamente a dos personajes que comparten cuerpo, sino de construir dos historias de trauma que llegan al mismo punto desde direcciones distintas. La secuencia en que la identidad de las dos empieza a fusionarse en el tramo final de la temporada —cuando la serie introduce el concepto de conexión de la Fuerza que Headland tenía planificado como eje de la segunda— es donde Stenberg hace algo que el texto apenas puede sostener y que funciona porque la actriz lleva suficiente información acumulada en el personaje como para que el espectador lo sienta antes de que el guion lo explique.

Manny Jacinto como Qimir —El Extraño, el Sith que opera fuera de la Regla de Dos y que tiene su propia filosofía del Lado Oscuro— es el otro activo consistente de la temporada. Jacinto construye al personaje con una ligereza que desconcierta deliberadamente al espectador: Qimir parece casi simpático hasta que no lo es, y el salto entre los dos estados es tan suave que el peligro llega antes de que el código haya procesado la amenaza. Carrie-Anne Moss como la maestra Indara tiene el mérito de establecer el tono de la serie en la secuencia de apertura —un duelo cuerpo a cuerpo con una asesina sin sable de luz que redefine qué puede hacer el cuerpo a cuerpo en este universo— y la desventaja de que su papel termina exactamente donde empieza. Dafne Keen como la padawan Jecki Lon tiene más metraje y construye el personaje con la precisión que le conocemos de Logan, pero la temporada tampoco le da el tiempo que merece.

La coreografía de combate merece mención específica porque es donde la influencia del cine wuxia que Headland declaró se hace más visible y más eficaz: los combates de The Acolyte no tienen el peso y la gravedad de los duelos de la trilogía original, pero tampoco la acrobacia vacía de los peores momentos de las precuelas. Son combates que tienen lógica corporal y que usan el espacio con criterio, y en eso la serie hace algo que el universo cinematográfico de Star Wars lleva tiempo sin hacer bien.

El mundo que se abrió y no llegó a resolverse

El final de la temporada —que incluye la primera aparición en acción real de Darth Plagueis, hasta ese momento un nombre pronunciado en susurros en los márgenes de la franquicia, y un cameo del Yoda de marioneta— es la expresión más nítida del problema de evaluar The Acolyte: es el final de una primera acto, no una historia completa. Headland construyó una temporada de apertura que funciona como prólogo de algo más grande, y ese algo más grande no existe. La cancelación no es una sorpresa en términos contables —el coste de producción era desproporcionado con los retornos de una plataforma que ya no puede permitirse el modelo de prestige TV como marketing de suscripción—, pero lo que interrumpe es genuinamente lamentable.

El ruido que rodeó a la serie desde su anuncio —el review bombing coordinado, el discurso sobre representación utilizado como palanca para descalificar el proyecto antes de haberlo visto, las amenazas que recibieron los editores de la enciclopedia de Star Wars por actualizar las fichas de los personajes— generó un clima en el que hablar de los problemas reales de la serie se volvió incómodo. Y los problemas reales existían: el diálogo en algunos episodios tenía la rigidez de quien está escribiendo mucho mundo y poco personaje al mismo tiempo, el ritmo de la temporada acusaba el número limitado de episodios para la cantidad de hilos que Headland quería sostener, y la resolución del conflicto central llegaba atropellada por el peso de lo que aún faltaba por revelar. Esas son las críticas que merecía una conversación seria sobre The Acolyte. Lo que recibió fue otra cosa. Y lo que le costó fue la segunda temporada.