¿Por qué falló el Spider-Verse de Sony Pictures? De Venom a Kraven el cazador

Se estrena en España Spider-Man: Brand New Day, la nueva película de Tom Holland producida por Marvel Studios y distribuida por Sony Pictures, y su llegada es una buena excusa para hacer lo que la industria ha tardado años en hacer en voz alta: evaluar qué ha sido el Universo Spider-Man de Sony, por qué no ha funcionado de la forma en que se suponía que tenía que funcionar, y qué lecciones —si es que hay alguna— pueden extraerse de una de las iniciativas franquiciadas más extrañas y más documentadamente fallidas de la última década. La historia del SSU no es la historia de un estudio que lo intentó y no llegó. Es la historia de un estudio que intentó construir una casa empezando por el tejado porque alguien le había alquilado los cimientos a otro inquilino, y que tardó seis películas y diez años en admitir que eso no es una forma razonable de hacer arquitectura.

Cómo Sony acabó con los derechos pero sin el personaje

En 1998, Marvel Comics estaba técnicamente en quiebra. Para capear la situación financiera, la editorial había vendido los derechos cinematográficos de varios de sus personajes a diferentes estudios: los X-Men y los Cuatro Fantásticos fueron a Fox, Spider-Man fue a Sony. La lógica de esas transacciones era la lógica de quien necesita liquidez inmediata, no la de quien está pensando en lo que va a ocurrir con el negocio del entretenimiento en los siguientes veinte años. Sony produjo dos trilogías de Spider-Man —la de Sam Raimi con Tobey Maguire, la de Marc Webb con Andrew Garfield— con resultados desiguales y una crisis en 2014 que lo cambió todo: The Amazing Spider-Man 2 fue un fracaso suficientemente serio como para que el estudio se replanteara su estrategia. La solución llegó en febrero de 2015 en forma de acuerdo con Marvel Studios: Sony conservaría los derechos de explotación cinematográfica del personaje, pero cedería la producción creativa de las películas de Spider-Man a Kevin Feige y su equipo. Tom Holland debutó como Peter Parker en Civil War en 2016 y la franquicia resucitó. Pero el acuerdo tenía una cláusula que iba a definir los siguientes años: Sony retenía los derechos sobre toda la mitología periférica de Spider-Man. Los villanos. Los secundarios. El universo entero de personajes que orbitan alrededor del héroe arácnido. Y decidió hacer películas con ellos. El detalle que hizo de esa decisión algo fundamentalmente problemático es tan obvio que resulta casi incomprensible que alguien en una sala de reuniones no lo gritara: esos personajes son interesantes porque existen en relación a Spider-Man, y Spider-Man, en sus películas, es de Marvel.

Venom, la excepción que confundió la estrategia

En octubre de 2018, Sony estrenó Venom con Tom Hardy y Ruben Fleischer, sin Spider-Man, con una trama que el propio Hardy ha descrito en entrevistas con una mezcla de afecto y desconciero, y la película recaudó 856 millones de dólares en todo el mundo. Ese número fue, retrospectivamente, el error de diagnóstico más caro de la historia reciente del SSU. La conclusión que Sony extrajo de Venom fue que los personajes periféricos de Spider-Man podían sostener sus propias películas. La conclusión correcta era más estrecha y más difícil de escalar: Tom Hardy puede sostener casi cualquier película, y Venom funcionó porque Hardy encontró en la dicotomía Eddie Brock / simbionte una dinámica que nunca estuvo en el guion pero que él construyó en el rodaje con la energía de quien ha decidido que va a disfrutar independientemente de lo que pase. Venom: Let There Be Carnage recaudó 502 millones. Venom: The Last Dance, en 2024, cerca de 469 millones. El resto del SSU no tuvo la suerte de tener a Tom Hardy. Morbius, con Jared Leto, recaudó 163 millones con un presupuesto de 39 millones y se convirtió en el chiste involuntario del año: Sony lo reestrenó brevemente en 2022 creyendo que los memes que había generado en internet se traducirían en entradas vendidas, y el segundo pase en cines recaudó unos 300.000 dólares en el fin de semana de apertura en Estados Unidos. Madam Web, con Dakota Johnson, recaudó 111 millones con un coste de producción de 80. Kraven the Hunter, con Aaron Taylor-Johnson, llegó en diciembre de 2024 con la energía de un proyecto que ya sabía que iba a ser el último del SSU y que las cifras de su fin de semana de apertura confirmaron: 26 millones de dólares en Estados Unidos. El SSU había generado más de 2.000 millones de dólares en total desde 2018, pero ese número esconde que prácticamente todos provienen de las películas de Venom. Sin Hardy, el universo no existía.

Por qué Marvel sí y por qué la respuesta no es el dinero

La comparación entre el MCU y el SSU tiende a reducirse a una cuestión de recursos —Marvel tiene más dinero, más talento, más infraestructura—, y esa lectura es cómoda pero incorrecta. Sony no es un estudio pequeño. Las películas del SSU tenían presupuestos razonables y acceso a actores de primer nivel. El problema no era el dinero. Era la premisa. El MCU funciona porque Kevin Feige entendió desde el primer Iron Man, en 2008, que un universo compartido se construye desde los héroes hacia afuera, no desde los antagonistas hacia adentro. Cada película del MCU existe para desarrollar a un personaje que el espectador quiere seguir, y los villanos existen para revelar algo de ese personaje. El SSU invirtió la ecuación: construyó películas de villanos esperando que los villanos sostuvieran el peso que normalmente recae sobre el héroe, y lo hizo con personajes cuya razón de ser en el material de origen es precisamente su relación con Spider-Man. Venom es el simbionte del hombre que falló a Peter Parker. Morbius es el vampiro científico que comparte espacio narrativo con el trepamuros. Kraven es el cazador que quiere enfrentarse al mayor reto de la caza, que es Spider-Man. Quitarles a Spider-Man no los libera: los vacía. La escena post-créditos de Morbius en la que aparece Michael Keaton como el Buitre —personaje del MCU que no debería existir en el SSU y cuya presencia no tiene ninguna explicación diegética coherente— es el documento más honesto de la confusión conceptual en que se movía el proyecto. El estudio sabía que necesitaba conectar sus películas con algo mayor, pero la conexión no era orgánica sino cosmética, y el espectador lo notaba.

El Spider-Verse animado, o la respuesta que Sony ya tenía

Mientras el SSU acumulaba decepciones en imagen real, Sony Pictures Animation estaba produciendo los mejores cómics de superhéroes adaptados al cine de los últimos veinte años. Spider-Man: Into the Spider-Verse llegó en 2018 —el mismo año que el primer Venom— y demostró con una elegancia devastadora que el problema del SSU no era la propiedad intelectual sino el enfoque: cuando se hace una película que abraza plenamente quién es Spider-Man, qué representa y por qué importa, el público responde. Across the Spider-Verse, en 2023, fue el seguimiento de una obra maestra con otra obra maestra. La diferencia entre estas películas y el SSU no es solo de calidad: es de honestidad. Spider-Verse sabe que está haciendo una película de Spider-Man y lo hace sin disculpas y sin rodeos. El SSU hacía películas de personajes que no podían mencionar a Spider-Man con la fluidez que habrían necesitado para tener sentido, y el espectador —que sí sabía exactamente quién era Spider-Man y qué relación tenían esos personajes con él— lo sentía como ausencia en cada escena. La lección que la división de animación de Sony lleva años demostrando y que la división de imagen real tardó una década en absorber es tan simple que resulta sorprendente que hiciera falta tanto tiempo: el personaje más popular del catálogo de Spider-Man es Spider-Man.

Brand New Day llega a los cines con Tom Holland, producida por Marvel Studios y con la arquitectura del MCU detrás, lo que significa que Sony ha aceptado implícitamente la conclusión que sus propios números llevaban años señalando: sus mejores películas de Spider-Man son las que hace con Marvel, y su mejor Spider-Verse es el animado. Lo que queda del SSU —la serie Spider-Noir con Nicolas Cage para Amazon, el cierre del ciclo de Across the Spider-Verse— apunta en esas dos direcciones. La era del universo de villanos sin héroe ha terminado, y ha terminado no porque alguien tomara la decisión valiente de cancelarla sino porque el público simplemente dejó de ir a verla. En ese sentido, el SSU no fracasó de forma dramática: fracasó de forma metódica, película a película, hasta que ya no quedó nada que salvar. Eso, en la industria del entretenimiento de gran escala, es exactamente lo mismo.