Por qué el cierre prematuro de ‘Star Trek: Starfleet Academy’ es una oportunidad perdida

Intentar mantener a flote una franquicia con sesenta años de historia a sus espaldas suele requerir piruetas narrativas extremas, pero trasladar el universo de los viajes interestelares a los códigos del drama estudiantil de instituto era, como poco, un salto al vacío sin red de seguridad. La primera temporada de ‘Star Trek: Starfleet Academy’ se ha despedido confirmando su prematuro final para la próxima entrega, dejando tras de sí un sabor agridulce: el de una producción valiente, descarada y rebosante de hormonas que, a pesar de sus imperfecciones, supo insuflar una agradecida bocanada de aire fresco a un cosmos que corría el riesgo de resultar demasiado encorsetado.

Un regreso al siglo treinta y dos entre taquillas y hormonas

Ubicada en el lejano y reconstruido siglo treinta y dos, la trama se desmarca rápidamente de la clásica exploración de nuevos mundos para centrarse en la reconstrucción humana y emocional tras el cataclismo de la galaxia. La genialidad de la propuesta no radica en sus batallas estelares, sino en la osadía de reconvertir el campus de San Francisco en un hervidero de cuitas adolescentes, donde los uniformes de la Flota Estelar conviven con chaquetas universitarias de corte retro y dormitorios compartidos que huelen a sudor y rebeldía.

Es una vuelta a las aulas en toda regla que no teme abrazar la ligereza y el romance, alejándose de la habitual rigidez militar de los oficiales de puente para mostrarnos a unos cadetes impulsivos, vulnerables y decididos a cometer sus propios errores antes de salvar el universo.

El magnetismo de una capitana descalza y un villano de la vieja escuela

La verdadera columna vertebral de esta primera tanda de diez episodios se asienta sobre dos interpretaciones superlativas que devoran cada escena. Por un lado, la canciller interpretada por Holly Hunter rompe por completo el molde de los líderes históricos de la saga gracias a una excentricidad deliciosa, una líder madura que gobierna descalza, se encoge en la silla de mando y destila una humanidad compasiva nacida de errores del pasado.

Por el otro, la presencia de un desatado Paul Giamatti como el pirata espacial Nus Braka funciona como un homenaje glorioso a las interpretaciones teatrales e histriónicas de la televisión de los años sesenta, un villano barroco, escupidor y enjoyado que aporta el peligro necesario para obligar a los estudiantes a madurar a marchas forzadas.

El peso de una coralidad demasiado apretada

El principal lastre de la producción ha sido, paradójicamente, la tiranía del formato moderno de pocos episodios. Intentar desarrollar en tan poco tiempo a una clase de cadetes tan diversa —que incluye desde un Klingon pacifista que reniega de la senda guerrera hasta una entrañable estudiante holográfica que experimenta la vida por primera vez— ha obligado a la narrativa a avanzar a trompicones.

Los conflictos amorosos se encienden y apagan con excesiva premura, y la búsqueda de identidad del joven conflictivo encarnado por Sandro Rosta queda a menudo sepultada bajo la necesidad corporativa de incluir amenazas globales que justifiquen el despliegue de la nave escuela. Con todo, cuando la serie se detiene a respirar y se apoya en el regreso de viejas glorias del pasado de la franquicia, como el cascarrabias Doctor holográfico, logra pasajes de una nostalgia y una lucidez memorables.

Veredicto: Un experimento truncado antes de tiempo

La confirmación de que la segunda temporada pondrá punto final a la vida de la academia dota a esta entrega de un aura involuntaria de obra de culto incompleta. La serie ha sabido conjugar con orgullo la diversidad de identidades y realidades de nuestro tiempo actual dentro del tapiz utópico del futuro de la humanidad.

A pesar de unos efectos digitales que en ocasiones flaquean ante la escala de la propuesta, la frescura de sus pasillos universitarios y el encanto de sus jóvenes protagonistas merecían un viaje mucho más largo. Queda como un testimonio imperfecto pero inmensamente disfrutable de que la última frontera también se puede conquistar desde el patio de un colegio.