‘Colisión’: el thriller de Netflix con la crisis de 2013 al fondo que explota su burbuja narrativa
Daniel Sánchez Arévalo ha pasado dos décadas construyendo una filmografía de familia y comedia que tiene en AzulOscuroCasiNegro (2006) y La gran familia española (2013) sus cimas de reconocimiento y en la calidez de sus personajes —disfuncionales, entrañables, siempre a punto de romperse— su marca más reconocible. Que elija el thriller para su nueva producción de Netflix no es en sí misma una sorpresa, pero la elección de un atraco bancario en Madrid en 2013 —en el momento de mayor dureza de la crisis económica española, en el año del rescate que convirtió a los bancos en el símbolo acumulado de todas las injusticias— implica una apuesta que va más allá del ejercicio de género. Colisión no quiere ser solo una película de robos: quiere ser una película de robos que entienda por qué alguien robaba en ese momento, en ese país, y a esa institución concreta. Que esa ambición social se diluya progresivamente a medida que la mecánica del thriller toma el control es la tensión central de un film que nunca termina de decidir si lo más urgente que tiene que contar es el quién o el por qué.

El resultado es un thriller de hora y media que Bambú Producciones —con Ramón Campos como coguionista y productor ejecutivo, aportando el mismo rigor narrativo que ha llevado a sus series más ambiciosas— entrega directamente a Netflix sin ventana teatral y que funciona como debe funcionar en su formato: engancha desde los primeros minutos, acumula tensión con fluidez, maneja la información con oficio, y tiene el tipo de reparto —Laia Costa, Karra Elejalde, Luis Zahera, Álvaro Cervantes, Tamar Novas, Lluís Homar— que convierte el trabajo de cámara en trabajo de actores antes que al revés. El problema de Colisión no es que sea mala: es que la maquinaria que construye para ser buena —una estructura de versiones múltiples en la que el mismo accidente de coche se repite según quién sobrevive y quién miente— empieza a desgastarse antes de que el guion decida detenerse.

El atraco dura cinco minutos, el accidente vuelve a repetirse cada vez que alguien miente y la mecánica de versiones múltiples que Sánchez Arévalo usa para contar la crisis bancaria de 2013 como un juego de perspectivas que funciona mejor como pregunta que como respuesta
La premisa de Colisión tiene la complejidad exacta que un thriller de plataforma necesita para distinguirse: el atraco bancario que da inicio a la película dura apenas cinco minutos, y lo que sigue no es la historia del robo sino la historia de todas las versiones posibles de ese robo dependiendo de quién la cuenta y qué tiene que ocultar. El accidente de coche que interrumpe la huida —la colisión del título— es el punto de quiebre desde el que la película reconstruye el pasado y proyecta consecuencias, y cada versión de ese accidente revela una traición diferente, una lealtad que resultó ser otra cosa, un personaje que no era exactamente quien parecía ser. La tradición en la que se inscribe esta estructura —Rashomon, The Usual Suspects, el cine de versiones y perspectivas que hace del engaño su gramática— está bien asentada, y Sánchez Arévalo la maneja con la fluidez de quien conoce los referentes y sabe que citarlos sin superarlos es suficiente para el género que está haciendo.

Lo que Colisión añade a esa tradición —y es su aportación más inteligente— es el giro que la convierte en algo más que un puzzle: los atracadores son policías. El mismo equipo que asalta el banco es el equipo que debe investigar el accidente, lo que convierte cada versión de los hechos en una versión interesada no solo por supervivencia emocional sino por supervivencia literal e institucional. Que los diamantes que buscaban en la caja no estuvieran allí —que alguien supiera del atraco con suficiente antelación como para vaciarla antes de que llegaran— añade una capa de traición interna que el guion de Sánchez Arévalo y Ramón Campos maneja con soltura durante la primera hora. El montaje de Miguel Sanz Esteso transmite urgencia sin que la historia resulte atropellada, y la arquitectura de información —quién sabe qué en cada momento, qué revela cada versión sobre la versión anterior— está calibrada con la precisión del guion que ha pensado antes de escribir. El problema aparece cuando esa maquinaria empieza a depender de sí misma: cuando el giro ya no sirve para revelar algo sobre los personajes sino para producir la sensación de que algo ha sido revelado. El tramo final acumula inversiones que llegan con la cadencia correcta pero que aterrizan con menos peso de lo que su posición en la estructura requeriría, y la película sale de eso con la misma profesionalidad con la que entró, que es exactamente lo que no necesita en ese momento.

Luis Zahera como el director del banco que no es solo el director del banco, Karra Elejalde y Laia Costa en los extremos del reparto y lo que un elenco de primer nivel hace con personajes que el guion define mejor en movimiento que en pausa
El casting de Colisión es la decisión que más claramente define la película como una producción de ambición real y no solo de formato. Luis Zahera —cuya presencia en cualquier producción española de los últimos diez años funciona como certificado de intenciones serias— interpreta al director del banco asaltado con la contención de quien sabe que el personaje tiene más capas de las que la primera versión de los hechos muestra, y la película le da el tiempo suficiente para que esas capas se hagan visibles sin que el guion tenga que explicarlas. Zahera es el personaje más rico de Colisión precisamente porque su función en la estructura de versiones es la más ambigua: víctima del atraco en una versión, cómplice necesario en otra, representante de la institución que la película necesita convertir en objeto de desconfianza social para que su contexto tenga sentido.

Laia Costa como Carla —uno de los cuatro atracadores-policías, el personaje con más carga emocional del grupo— trabaja en el registro que mejor conoce: la contención que se quiebra en los momentos exactos, la decisión tomada antes de que se vea tomar. Su presencia ancla el film en un tipo de verosimilitud que el thriller de giros necesita desesperadamente cuando la mecánica empieza a pesar más que las personas. Karra Elejalde aporta la rugosidad que sus mejores trabajos de género han convertido en su rasgo más reconocible, y Tamar Novas y Lluís Homar completan un cuadro en el que casi todos los actores hacen más de lo que el guion en sus versiones finales les exige. La excepción es Álvaro Cervantes, cuyo Raúl es el personaje del que la película menos necesita y al que menos espacio ofrece para que se convierta en algo más que una pieza de la mecánica del atraco.

La crisis del 13, el banco como institución vaciada de legitimidad moral y lo que Colisión construye con ese trasfondo antes de que el thriller decida que ya tiene bastante con ser un buen thriller
La decisión de situar Colisión en 2013 —en el momento en el que el gobierno español instrumentalizó un rescate bancario que privatizó las ganancias y socializó las pérdidas, en el que la precariedad y la falta de vivienda dejaron de ser abstracción estadística para convertirse en condición ordinaria de millones de personas— no es inocente ni accidental. La película abre con una densidad de contexto social que sugiere que el atraco no es la historia sino la consecuencia: que la rabia que mueve a un grupo de policías a robar un banco en ese año, en esa ciudad, tiene una lógica que el propio sistema produjo. Es el tipo de ambición que el cine de género español ha ejecutado con mayor o menor fortuna en títulos como El reino o Celda 211, y que aquí Sánchez Arévalo plantea con la seriedad del director que sabe que sin ese peso específico la película sería otro thriller de plataforma perfectamente competente.

El problema es que esa ambición cede terreno progresivamente. La crítica al banco —representado por Zahera con toda la ambigüedad que el personaje permite— sigue presente como motor de la estructura hasta el final, pero la urgencia social que los primeros minutos traían se convierte gradualmente en contexto decorativo mientras los giros de guion absorben la atención del relato. Colisión termina siendo una película mejor que el thriller promedio de su entorno, con una primera hora que justifica su existencia y una segunda que sobrevive gracias al reparto y al ritmo más que al peso de lo que tiene que decir. Es el tipo de resultado que el cine de plataforma produce con suficiente frecuencia como para que ya no sorprenda: una película que sabe lo que quiere ser, que a veces lo consigue, y que entrega lo suficiente para que la hora y media no se sienta como tiempo mal invertido. Que Sánchez Arévalo lleve ese equilibrio al género por primera vez, y que lo haga con esta solidez, es un argumento para seguir viendo lo que hace después. Solo que la próxima vez con más confianza en que el trasfondo que plantea al principio también puede ser el que cierre.





