Las siete mejores adaptaciones de las obras de Arturo Pérez-Reverte
El 25 de septiembre de 2026, Netflix estrenó El problema final, la miniserie en cuatro episodios dirigida por Félix Viscarret con José Coronado como protagonista: un actor retirado que en pantalla interpretó décadas al inspector más famoso de la literatura inglesa y que, encerrado en un hotel mallorquín de 1959 junto a un cadáver y a trece huéspedes atrapados por el temporal, tiene que demostrar si lo que fingió saber lo sabe de verdad. La serie es la adaptación de la novela homónima de Arturo Pérez-Reverte, el homenaje al misterio de cuarto cerrado y a Agatha Christie que publicó en 2023, con Maribel Verdú, Martiño Rivas y María Valverde completando un reparto construido con cuidado. Llega en el mismo año en que Paula Ortiz anuncia Brothers Land —largometraje basado en el artículo «La tierra de nadie», la historia real de dos hermanos que combatieron en bandos opuestos durante la Guerra Civil y se vieron en tierra de nadie en el frente de Huesca— y en que el propio escritor tiene anunciada su próxima novela, La hipótesis más peligrosa. El ciclo de conversiones entre la escritura de Pérez-Reverte y la pantalla lleva tres décadas produciendo resultados que van del hallazgo improbable a la consagración internacional, pasando por el exceso de ambición y la adaptación que nadie recordaba haber visto. Siete de esos resultados merecen que alguien los ordene.

7. Territorio Comanche (Gerardo Herrero, 1997): el Sarajevo de Pérez-Reverte y el periodismo de guerra que co-firmó en el guion como solo puede hacerlo quien ha vivido en persona lo que escribe
Territorio Comanche tiene una ventaja que ninguna otra adaptación de su obra puede reclamar: el propio Pérez-Reverte co-escribió el guion a partir de su novela de 1994, y la novela era autobiográfica. El escritor pasó años cubriendo conflictos bélicos como corresponsal de la televisión española, y el asedio de Sarajevo fue uno de los que reportó desde dentro. La película de Gerardo Herrero —con Imanol Arias y Carmelo Gómez como los periodistas que intentan llegar al edificio que da nombre al territorio más peligroso de la ciudad asediada— tiene la autenticidad del relato que no puede fallar en los detalles porque su autor los vivió. Lo que le falta es el filo: la puesta en escena es solvente pero convencional, y la película funciona mejor como documento de época que como cine de género. Su presentación en la Berlinale de 1997 estableció el argumento de que la historia importaba más que la forma de contarla. No era falso. Era simplemente insuficiente para que la película fuera más que lo que es.

6. La Reina del Sur (Telemundo/NBC Universal, 2011): la Teresa Mendoza de Kate del Castillo, sesenta y tres episodios y el fenómeno que convirtió una novela sobre el narco en la telenovela más vista de la televisión hispana de pago
La adaptación televisiva de La Reina del Sur no es cine. Es, en su formato y en sus convenciones narrativas, una telenovela de producción latinoamericana con los defectos que eso implica: personajes que se simplifican para caber en sesenta y tres episodios semanales, golpes de melodrama donde la novela de Pérez-Reverte tenía densidad, y una producción que priorizó la velocidad sobre el acabado visual. Lo que la serie tiene, y lo que explica que catapultara a Kate del Castillo a una categoría de popularidad que pocas actrices de habla hispana han alcanzado, es a Kate del Castillo. Su Teresa Mendoza —la joven de Culiacán que huye de México tras la muerte de su novio narco y que años de adversidad van convirtiendo en la mujer más temida del tráfico de drogas en el Estrecho— es una interpretación que no necesita calidad de producción para funcionar. Necesitaba a la actriz adecuada. La tuvo. Que la serie generara una segunda temporada en 2019 y que su protagonista se convirtiera en referencia cultural transversal dice más sobre la fuerza del material de origen que sobre las virtudes de la producción que lo alberga.

5. Cachito (Enrique Urbizu, 1996): el relato más corto de Pérez-Reverte filmado como road movie sureño por el mejor director de thriller español de su generación antes de que nadie supiera que iba a serlo
Cachito es la más olvidada de las adaptaciones de Pérez-Reverte y la que tiene la mayor distancia entre su reputación y su valor real. Enrique Urbizu —que en 1996 todavía no era el director de No habrá paz para los malvados sino alguien que hacía películas de género con presupuestos ajustados— adapta el relato «Un asunto de honor» como una road movie del sur de España: Toñi, una chica de dieciséis años que escapa de un burdel con la ayuda de Manolo, un camionero que no sabe bien en qué lío se mete. Jorge Perugorría y Sancho Gracia llevan el peso actoral. La película tiene el ritmo de quien sabe contar sin detenerse y la mirada sobre sus personajes que el thriller español de los noventa solo alcanzó en sus mejores momentos. Lo que tiene de caricaturesco es inseparable del relato de origen, que tampoco era un ejercicio de realismo. Que Urbizu fuera también el adaptador que preparó el primer borrador del guion de La Novena Puerta para Polanski no es una coincidencia: hay una sensibilidad para el material de género, y para lo que tiene de lúdico el material de Pérez-Reverte, que conecta las dos obras.

4. Oro (Agustín Díaz Yanes, 2017): Raúl Arévalo, Óscar Jaenada y la conquista de América como descenso moral hacia la codicia que Pérez-Reverte y Díaz Yanes co-escribieron once años después de su primera y difícil colaboración
La segunda colaboración entre Agustín Díaz Yanes y Arturo Pérez-Reverte —que co-escribieron el guion original, sin una novela previa como base— es una película que hace lo que Alatriste no podía porque tenía demasiado que condensar: concentrarse. Oro (2017) sigue a un grupo de soldados españoles en la selva americana del siglo XVI buscando una ciudad de oro que nadie ha visto y que todos siguen buscando porque no saben qué más hacer con sus vidas. Raúl Arévalo, Óscar Jaenada y José Coronado encarnan tres versiones del mismo argumento: la codicia como única forma de movimiento cuando la fe y el honor se han gastado. La selva funciona como personaje —claustrofóbica, hostil, moralmente indiferente— y la violencia es breve y brutal en lugar de espectacular. La película es mejor en su atmósfera que en sus personajes, y el western moral que Díaz Yanes tenía en mente como referencia no siempre aparece en pantalla con la claridad que el material merecería. Pero cuando aparece, aparece de verdad. Oro es la película más honesta sobre la conquista de América que el cine español ha hecho con ese presupuesto.

3. Alatriste (Agustín Díaz Yanes, 2006): Viggo Mortensen con veintidós millones de euros y la épica histórica española más ambiciosa de su época convertida en la película que lo tiene todo y que al mismo tiempo no llega a ningún sitio
Alatriste es la adaptación con la mayor distancia entre lo que prometía y lo que entregó, y al mismo tiempo la que más se extraña cuando uno piensa en lo que el cine español del siglo XXI podría haber sido si hubiera tenido continuidad. Viggo Mortensen como Diego Alatriste —el capitán mercenario de la España del siglo XVII que aparece en las novelas de Pérez-Reverte como figura moral en un mundo que ha perdido la suya— era un casting que solo podía funcionar si el resto de la película funcionaba también. El problema es que Díaz Yanes intentó condensar años de saga en ciento cuarenta y cinco minutos, y la estructura se resintió en los lugares que más se notaban: las batallas son confusas, el arco narrativo no llega a ningún sitio concreto, y hay secuencias que existen principalmente porque los actores que aparecen en ellas son demasiado buenos para dejarlos sin espacio. Javier Cámara como Francisco de Quevedo, Blanca Portillo, Juan Echanove, Eduard Fernández: el elenco de reparto es de los mejores que el cine español reunió esa década. El diseño de producción —la reconstrucción de la España y la Flandes del seiscientos— es excepcional. Que todo eso no alcanzara dice algo sobre lo difícil que es adaptar una mitología cuando no se dispone de suficientes películas para contenerla.

2. La Novena Puerta (Roman Polanski, 1999): Johnny Depp como cazador de grimorios del diablo y el Polanski más seco y más irónico filmando la mitad de El club Dumas que más le interesaba
La novela El club Dumas (1993) tiene dos historias entrelazadas: una sobre un manual satánico del siglo XVII y la búsqueda de sus tres copias supervivientes, y otra sobre Los tres mosqueteros y una sociedad secreta que venera a Dumas. Roman Polanski, que adaptó la primera historia con guion de John Brownjohn partiendo del trabajo previo de Enrique Urbizu, decidió descartar la segunda por completo. La decisión convirtió La Novena Puerta en una película distinta a la novela —más limpia en estructura, más oscura en tono, despojada de la capa metaliteraria que hacía del libro algo más que un thriller de bibliófilos— y la recepción inicial fue fría en el mercado norteamericano: demasiado lenta, su final demasiado abierto, su ironía demasiado seca para quien no le siguiera el ritmo. Europa fue más amable. Y el tiempo fue más amable todavía: La Novena Puerta tiene hoy una audiencia de culto que la ve como una de las obras más elegantes de su director en ese período, y a Johnny Depp en el papel del especialista en libros raros que recorre el continente ensamblando las piezas de un rompecabezas que no sabe si quiere resolver como uno de sus mejores trabajos fuera del territorio pirata. Que tardara años en encontrar a los espectadores que la merecía es el tipo de justicia poética que a Pérez-Reverte le gusta más que ningún otro tipo de justicia.

1. El maestro de esgrima (Pedro Olea, 1992): el Madrid de 1868, once nominaciones al Goya y la única adaptación de Pérez-Reverte en la que el argumento, la forma y la puesta en escena llegaron al mismo sitio al mismo tiempo
Hay una razón por la que más de tres décadas después de su estreno El maestro de esgrima sigue siendo la respuesta automática cuando alguien pregunta cuál es la mejor película basada en una obra de Pérez-Reverte: es la única en la que todo funcionó. Pedro Olea adaptó la novela de 1988 —el maestro de esgrima Jaime de Astarloa, el Madrid de 1868 en vísperas de la Revolución Gloriosa, la alumna enigmática que esconde algo que Astarloa no debería saber— con la precisión del cineasta que entiende que el thriller de época no es un género de decorado sino un género de personajes en el que el decorado tiene que convencer para que la amenaza convenza. Omero Antonutti como Astarloa y Assumpta Serna como Adela de Otero construyen una dinámica de seducción y peligro que el guion calibra con una paciencia que el thriller de acción raramente se permite. La película recibió once nominaciones a los premios Goya y ganó tres —mejor guion adaptado, mejor música original y mejor diseño de vestuario— y fue la candidata española al Oscar en 1993. Ninguna otra adaptación de Pérez-Reverte llegó más lejos como película. Ninguna lo merecía más.





