DC Comics convierte a Superman en un gigantesco kaiju: ‘Justice League vs Godzilla vs Kong 2’
La primera entrega de Justice League vs Godzilla vs Kong funcionó en gran medida gracias a algo que su secuela ya no puede tener: la sorpresa. El cruce entre la Liga de la Justicia y el Monsterverso era, antes de que existiera, exactamente el tipo de idea que parece imposible hasta que alguien la ejecuta y resulta ser tan obvia que uno se pregunta por qué no había ocurrido antes. El volumen que recoge los siete números publicados entre junio de 2025 y febrero de 2026 —escritos de nuevo por Brian Buccellato con Christian Duce al lápiz y Luis Guerrero al color— tiene que justificar su propia existencia de otra manera: con un argumento narrativo más complejo, con un punto de partida que no sea simplemente «y si estos dos mundos colisionaran» sino «y qué pasa cuando ya saben que el otro existe y tienen que decidir qué hacen con eso». La premisa que Buccellato elige es Amanda Waller y el Escuadrón Suicida desarrollando un suero que convierte a sujetos humanos en Titanes controlables para usar como arma preventiva contra futuras amenazas del Monsterverso. Es una idea con más sustancia política que cualquier cosa que la primera entrega intentara, y también es la fuente de los problemas más constantes del volumen.

El suero y lo que no resuelve
El Suero Titán —el MacGuffin sobre el que descansa la amenaza principal de la serie— es al mismo tiempo el mecanismo más productivo del volumen y el que más resistencia genera. La idea de que Amanda Waller, después de haber visto lo que Godzilla y Kong le hacen a las infraestructuras de cualquier ciudad en la que decidan aparecer, deduzca que la solución es tener monstruos propios es un argumento tan coherente con el personaje que cuesta entender por qué nadie lo había planteado antes. El problema es que el suero funciona en términos de espectáculo —la secuencia de un Superman convertido en kaiju enfrentándose a Godzilla en el número cuatro es el pico visual y emocional de todo el volumen— pero como palanca narrativa permanece subdesarrollado. Las versiones titanizadas de villanos como Cheetah o el Asesino Cocodrilo llegan y se van sin que el volumen haya tenido tiempo de preguntarse qué le hace ese proceso a la persona que lo sufre más allá de hacerla más grande y más difícil de matar. Los primeros tres números son los más irregulares por razones relacionadas: hay ambición de construir un mundo más denso que el de la primera entrega, hay momentos donde el ritmo tropieza mientras el guion intenta equilibrar el universo DC, el Monsterverso y la lógica interna de un argumento más complicado que su predecesor. A partir del cuarto número, cuando todo ese andamiaje cede paso a la acción para la que el volumen lleva tres horas preparándose, la serie encuentra lo que es.

Lo que Duce hace con el caos
Christian Duce es, a lo largo de los siete números, el argumento más sólido e ininterrumpido a favor de este volumen. El problema de dibujar una historia donde Godzilla y Kong coexisten con la Liga de la Justicia no es técnico en el sentido convencional: es un problema de escala, de hacer que el ojo del lector pueda procesar que Batman y un Titán del Hollow Earth están en el mismo encuadre sin que ninguno de los dos pierda presencia. Duce lo resuelve con un sentido de la composición que convierte cada secuencia de acción en algo legible y cada momento de quietud en algo que tiene peso. Luis Guerrero, al color, entiende que este es un material que necesita que el espectáculo se vea como espectáculo: hay una diferencia de temperatura entre las páginas que transcurren en el Hollow Earth —luminosas, saturadas, deliberadamente irreales— y las que ocurren en la Tierra del Monsterverso donde Godzilla opera, y esa diferencia hace el trabajo que el guion no siempre tiene tiempo de hacer. El cuarto número, donde el Superman titanizado y Godzilla se enfrentan por primera vez, es la pieza en la que el dúo artístico va más lejos porque tiene el material que lo justifica, y el resultado es el tipo de viñeta que justifica retroactivamente la existencia de la serie completa: no como ejercicio narrativo sino como recordatorio de que hay cosas que el cómic puede hacer con el cuerpo y la escala que ningún otro medio puede replicar.

La Liga en el Hollow Earth y cómo termina todo esto
La decisión narrativa más inteligente que el volumen toma es también la más discreta: la mayor parte del trabajo de caracterización de la Liga no ocurre durante las batallas sino en los márgenes, en los momentos donde los personajes tienen que hablar entre ellos mientras intentan sobrevivir en un ecosistema que no estaba diseñado para que sobrevivieran. La dinámica de Superman y Lex Luthor navegando juntos el Hollow Earth, la gestión de Harley Quinn de su situación con Batman, la escena de Barry, Wally e Iris en el número seis que es lo más genuinamente cómico de todo el volumen: son los momentos en que la serie recuerda que las licencias que tiene son sobre personas además de sobre monstruos. El sexto número funciona casi exclusivamente como preparación para el final —una acusación de pacing que tiene fundamento—, y el séptimo entrega la confrontación con el Skar King, Shimo y King Ghidorah que el volumen ha prometido desde el primero, con Mothra como aliada improbable de Batman en una imagen que nadie debería tener que defender intelectualmente. El final es satisfactorio en los términos exactos en que esta clase de historia puede serlo: no resuelve todo lo que deja abierto, hay hilos que quedan sin atar, y la conclusión tiene el sabor de una historia que no ha terminado de decidir si quiere una tercera parte. Que esa ambigüedad sea el peor defecto de un volumen que tiene a Superman peleando contra Godzilla a tamaño real dice algo sobre lo que la serie, dentro de sus propios límites, ha conseguido.





