‘IT: Welcome to Derry – A Story of Derry’: el especial sorpresa de Halloween que necesitábamos
HBO Max soltó A Story of Derry a medianoche del 31 de octubre, sin anuncio previo, como un regalo envuelto en oscuridad: treinta minutos de precuela a la serie IT: Welcome to Derry que no aparecía en la página principal de la plataforma y que quienes la encontraron tuvieron que buscar por título. El gesto de la distribución ya dice algo sobre la naturaleza del especial: no está diseñado para ser el evento central de la franquicia sino el reverso de algo que la primera temporada solo había podido mostrar en destello. Lo que el episodio cuatro de la serie —«The Great Swirling Apparatus of Our Planet’s Function»— esbozaba en la visión que Dick Hallorann extrae de la mente de Taniel, un hombre de la comunidad que lleva generaciones custodiando el secreto de lo que llegó a esas tierras mucho antes de que existiera la ciudad, A Story of Derry lo convierte en el centro de su propio relato. La entidad que en la serie de 1962 se manifiesta como Pennywise el payaso era aquí el Kollu, una palabra, una presencia, un terror sin nombre de circo, y las personas que primero se le enfrentaron no eran niños de una pequeña ciudad de Maine sino jóvenes de la tribu Shokopiwah que se adentraron en el Bosque del Oeste sin saber que lo que encontrarían allí definiría todo lo que vendría después.

Lo primero que A Story of Derry hace bien es lo más difícil: construir una historia que funcione sola, en treinta minutos, con un reparto completamente diferente al de la serie, en una época donde ni el payaso ni la ciudad existen todavía, y aun así hacer que el espectador sienta que está en el interior de algo cuyas consecuencias ya conoce. Que lo consiga —con los límites estructurales propios de un especial de formato breve que llega el día de Halloween sin aviso— tiene que ver tanto con las decisiones narrativas del guion como con la elección de quién lo escribe y quién lo dirige. Tazbah Chavez, cineasta diné cuyo trabajo en Reservation Dogs la sitúa entre las voces más precisas del cine y la televisión indígena norteamericana contemporánea, y las guionistas Cherie Dimaline —escritora métis cuya novela The Marrow Thieves es uno de los textos de referencia sobre terror colonial y despojo indígena en la literatura contemporánea— y Jasmyne Flournoy no están adaptando la mitología de Stephen King para dotarla de color local. Están contando, por primera vez en la franquicia, la historia desde adentro.

Lo que la primera temporada dejó en el umbral del Bosque del Oeste y el especial convierte en el origen de todo: la daga, los trece pilares y el nombre que el Kollu tenía antes de que alguien lo llamara Pennywise
El mecanismo mitológico que Welcome to Derry estableció a lo largo de su primera temporada —la entidad llegó hace millones de años, los pueblos indígenas forjaron una daga con material de la misma estrella caída para herirla, los colonizadores la alimentaron y la hicieron más fuerte, trece pilares de meteorito enterrados en los bordes del bosque antiguo la mantienen confinada dentro de los límites de lo que hoy es Derry— es el tipo de arquitectura narrativa que una serie de ocho episodios puede esbozar pero raramente tiene espacio de habitar. La visión de Hallorann en el episodio cuatro lo presentaba como información necesaria para entender la amenaza; A Story of Derry lo convierte en experiencia. Necani, Kino y Maneese no son figuras simbólicas que dan sentido retroactivo a lo que ocurrirá siglos después en una ciudad de Maine: son tres jóvenes que entran en el bosque con la lógica de quien no sabe que está protagonizando una historia de origen, y el especial tiene la inteligencia de no tratarlos como tal.

La construcción de la daga —forjada por el guerrero que interpreta Zahn McClarnon con la gravedad de alguien que sabe que está creando el único objeto en el universo de la historia que la criatura teme— es el momento de mayor densidad mitológica del especial y también el más cuidado en términos de lo que no explica. El Kollu no necesita ser deconstruido ni su taxonomía cósmica detallada: su presencia en el Bosque del Oeste funciona como la presencia de algo que no debería estar ahí, antiguo de una manera diferente a como son antiguos los árboles o la tierra, y Chavez lo filma con una contención que la mayoría de las producciones de horror de esta escala raramente se permiten. La aparición de Maturin —la tortuga cósmica del universo de King, principio de orden frente al caos de la entidad— es fugaz y vale precisamente por eso: no está para explicar nada sino para recordar que este terror opera en una escala que excede a los personajes que lo enfrentan, y que esa escala no requiere de pantallas llenas de efectos para hacerse sentir.

Tazbah Chavez, Cherie Dimaline y un reparto completamente indígena: lo que significa que el horror de Derry más antiguo lo cuenten las únicas personas que tenían derecho a contarlo y lo que cada elección de casting trae consigo
La decisión de que A Story of Derry fuera un proyecto de creadores indígenas en todos sus planos —dirección, guion, reparto principal— no es solo una cuestión de representación en el sentido corriente del término. Es, estructuralmente, la condición que hace que el especial sea algo más que un relleno de mitología entre temporadas. Cherie Dimaline escribe sobre despojo, sobre la relación de los pueblos indígenas con una tierra que otros han reclamado y con criaturas que se alimentan de esa reclamación, desde un lugar que no es ajeno al universo que habita aquí. Tazbah Chavez ha filmado con Reservation Dogs —la serie de Sterlin Harjo que es el retrato más honesto del presente de la juventud indígena norteamericana que la televisión ha producido— escenas de humor, de duelo, de comunidad y de la forma particular en que el pasado colonial sigue viviendo en los cuerpos y en las relaciones del presente. Lo que trae a un especial de treinta minutos de horror sobrenatural no es solo competencia técnica: es un conocimiento situado de lo que significa que una criatura lleve siglos alimentándose de miedo en una tierra que le fue arrebatada a alguien antes.

Kiawentiio, actriz mohawk conocida por su rol de Katara en la adaptación de Avatar: El último maestro del aire de Netflix y por Beans, el film de Tracey Deer sobre la Crisis de Oka de 1990, lleva a Necani la misma doble conciencia que ha trabajado en sus personajes anteriores: alguien que carga con el peso de una historia que le precede y que aun así tiene que tomar decisiones en el presente de la historia. Morningstar Angeline como Sesqui y Zahn McClarnon —actor lakota cuya presencia en cualquier producción sobre mitología, dolor y resistencia indígena norteamericana ha definido una parte del mejor trabajo televisivo de la última década, de Fargo a Dark Winds— completan un reparto que no interpreta a personajes indígenas para una audiencia no indígena sino que los habita con la naturalidad de quien reconoce la historia que está contando. La diferencia entre las dos cosas es visible en pantalla, aunque sea difícil de articular con precisión: tiene que ver con dónde está la cámara, con qué se subraya y qué se da por sabido, con qué tipo de silencio se considera suficiente.

Treinta minutos como forma y como límite: lo que un especial de Halloween puede ser cuando está bien hecho y lo que A Story of Derry deja en pie para la segunda temporada que HBO ya ha confirmado
El formato de treinta minutos es la restricción más visible de A Story of Derry y, a la vez, la que el especial maneja con más oficio. No hay tiempo para la acumulación de tensión que la primera temporada de Welcome to Derry usaba con eficacia en sus ocho episodios, ni para el desarrollo de personajes que convierte la pérdida en algo que duele más allá del instante. Lo que hay son decisiones que van directas: una tarjeta de título que establece desde el principio que la verdad de lo que ocurrió en el Bosque del Oeste fue escondida dentro de una historia más suave, contada a los niños, y que lo que el especial va a mostrar es lo que esa historia suavizada dejaba afuera. Esa tarjeta inicial es la declaración de intenciones más honesta que el especial podía hacer sobre su propia naturaleza: es un texto recuperado, no un texto nuevo, y la diferencia importa.

Lo que A Story of Derry construye para la segunda temporada —cuyo anuncio llegó en agosto y que adaptará el interludio de 1935 de la novela de King, centrado en la masacre de la banda Bradley durante la Gran Depresión— es un fundamento mitológico con nombre y con rostro que la serie no tenía antes del especial. La daga existe ahora en el universo de la ficción con una genealogía concreta. Los pilares que mantienen a la entidad confinada en Derry tienen el peso de un sacrificio que el especial ha mostrado, no solo mencionado. Y la relación entre el terror de Pennywise y la historia de desplazamiento y violencia colonial que la tierra de Derry lleva inscrita tiene ahora, gracias a treinta minutos rodados por personas para quienes esa relación no es una metáfora sino una historia vivida, una textura que ningún flashback de la serie principal habría podido darle con la misma autoridad. Que todo eso quepa en media hora, sin Skarsgård, sin el payaso, sin la iconografía de la franquicia, dice algo sobre qué tipo de historia era la que estaba esperando ser contada desde antes de que King escribiera la primera palabra de It.





