El cómic al que le sobró Iron Man y le faltó espacio: ‘Guardians of the Galaxy: Cosmic Avengers’

En agosto de 2013, con la película de James Gunn a doce meses de distancia, Marvel publicó el cuarto número de este relanzamiento de Guardians of the Galaxy y completó el arco recogido en Cosmic Avengers. El cálculo comercial detrás de la decisión de relanzar la colección ese año no era un secreto que nadie intentara disimular: los Guardianes de la Galaxia eran, en el universo impreso, un equipo de culto con una base lectora reducida y el recuerdo vivo de una etapa —la de Dan Abnett y Andy Lanning, construida sobre el evento Annihilation entre 2008 y 2011— que había producido algunos de los mejores cómics espaciales de la historia de Marvel. Marvel NOW! necesitaba un nombre de peso para el relanzamiento. Eligió a Brian Michael Bendis, el escritor más influyente del sello en la década anterior, y lo emparejó con Steve McNiven y Sara Pichelli para un proyecto cuyo objetivo implícito era preparar al público lector para la experiencia de ver a un mapache armado y a un árbol que habla en pantalla grande sin que resultara inverosímil. Cosmic Avengers es el documento de ese esfuerzo. Funciona como entretenimiento. Como cómic cósmico, tiene una vista puesta demasiado firmemente en Hollywood.

El origen de Peter Quill y el número que el volumen no esperaba que fuera el mejor

El número 0.1 —la convención de punto decimal que Marvel usa para los números de tránsito entre relanzamientos— está dibujado por Steve McNiven y cuenta el origen de Star-Lord: cómo J’son de Spartax, rey de un imperio galáctico que tiene la apariencia de un humano, aterriza malherido en un campo de Colorado, es atendido por Meredith Quill, y los dos tienen el tiempo suficiente para enamorarse antes de que J’son tenga que marcharse a salvar su imperio de los Badoon, dejando a Meredith embarazada de Peter y una pistola de energía alienígena para que se defienda. Años después, cuando los Badoon vuelven a por ella, Meredith muere protegiéndole y Peter se queda sin ninguno de los dos padres: el de la sangre se fue por las exigencias del trono, la que lo crió pagó las consecuencias de ese abandono con la vida.

Es la historia de origen más sencilla que Bendis podría haber escrito y es, con diferencia, la más efectiva de todo el volumen. La razón tiene que ver con la escala: sin el peso del universo cósmico encima, sin la necesidad de introducir alienígenas y consejos galácticos y amenazas de alcance planetario, Bendis escribe con la economía de quien sabe que los mejores comienzos son los más pequeños. J’son y Meredith son dos personas en un campo en Colorado, y McNiven los dibuja con la intimidad de una historia de amor que sabe que no va a tener tiempo de desarrollarse. La tragedia de Peter Quill —el hombre que nunca terminó de pertenecer a ninguno de los dos mundos que lo formaron— está entera en esas páginas antes de que aparezca el primer traje espacial. Cuando J’son reaparezca en los números siguientes como el padre distante convertido en antagonista político, el lector ya entiende que hay algo genuinamente complicado en ese vínculo, y eso es lo que sostiene el conflicto central de la etapa entera.

Iron Man en el espacio y el problema de la escala

Los números 1 al 3 —el núcleo de Cosmic Avengers— tienen la virtud de no intentar reinventar a los personajes desde cero y el defecto de no atreverse a construir las apuestas cósmicas que la premisa necesita. La apertura es prometedora: J’son convoca a los líderes de los imperios galácticos —los Kree, los Shi’ar, los Brood, el Consejo de la Paz— para declarar la Tierra territorio prohibido, argumentando que su protección por parte de los Vengadores la convierte en una variable impredecible para el equilibrio galáctico. El movimiento es interesante porque pone a la Tierra en el centro sin hacer de los Guardianes un equipo de superhéroes terrestres: son la respuesta a una política exterior alienígena, no un escuadrón de defensa planetaria. El problema llega cuando los Badoon ignoran el acuerdo y atacan Londres, y la respuesta de Bendis es resolver el conflicto con la acción episódica que cualquier equipo de Marvel habría tenido en la misma situación: peleas, explosiones, camaradería, captura final en las últimas páginas como gancho para el siguiente volumen.

Iron Man no debería estar aquí. La inclusión de Tony Stark como miembro provisional del equipo es la decisión editorial más transparente de todo el arco: en 2013, Iron Man era el personaje de Marvel con mayor reconocimiento popular gracias a tres películas y a la presencia de Robert Downey Jr., y sumarlo a los Guardianes era una manera de decirle al lector casual que el universo cósmico de Marvel y el universo de los Vengadores son el mismo lugar. La justificación narrativa que Bendis construye —Stark se une porque le interesa la tecnología alienígena y porque reconoce que los Guardianes necesitan alguien que hable el idioma de la Tierra— es funcional pero no convincente. Tony Stark en una nave espacial buscando aventuras tiene su propio interés, pero no es ese interés el que el cómic desarrolla: es un Stark de cortesía, el equivalente a un cameo extendido, y varios de los números en que aparece se resienten de tener que encontrarle un rol que no le corresponde mientras los personajes centrales esperan. Rocket Raccoon y Groot, que podrían haber ocupado el espacio dramático de esas páginas, están más vivos en cinco viñetas que Stark en veinte.

El diálogo de Bendis en estos números tiene la agilidad y la superficialidad que caracterizan su trabajo de este período: los intercambios son rápidos, cómicos, con la cadencia de un guion televisivo bien montado, pero raramente dicen algo que no se habría dicho igual en cualquier equipo de superhéroes del sello. Que Rocket haga una broma grosera y Groot diga su frase y Drax malinterprete el doble sentido de algo son tres gags que Bendis hace funcionar con profesionalidad, pero el cómic de Abnett y Lanning que precedió a esta etapa estableció que esos mismos personajes podían sostener algo más que efectividad cómica.

McNiven, Pichelli y la razón más honesta para leer el volumen

Steve McNiven dibuja el número 0.1 y el número 1. Sara Pichelli dibuja los números 2 y 3. Son dos artistas con enfoques distintos y los dos están operando aquí a un nivel alto, que es la razón por la que Cosmic Avengers funciona como experiencia visual incluso cuando la narrativa se queda corta.

McNiven trabaja con la densidad detallista de quien entiende el cómic de superhéroes como un arte de arquitectura: cada nave, cada traje, cada panel de la batalla de Londres está construido con la misma atención que un plano de producción de película. Sus diseños del nuevo casco de Star-Lord —más aerodinámico, más cercano al look que el MCU terminaría adoptando— y de los Badoon como amenaza de escala masiva son exactamente el tipo de imágenes que justifican el formato impreso cuando el cine todavía no las ha producido. El problema del número 0.1 —que existe en primer lugar como dispositivo comercial— se convierte en una de las páginas de origen más elegantes de la historia reciente del personaje precisamente porque McNiven entiende que las mejores secuencias de ese número no necesitan espectáculo: necesitan la cara de Meredith Quill mirando el cielo.

Sara Pichelli aporta otra cosa: el calor. Sus Guardianes son un equipo, no un ensamblaje, y la diferencia se nota en cómo dibuja las escenas de interacción. Gamora escucha. Rocket gesticula. Groot existe en el encuadre con una presencia que va más allá de ser un árbol decorativo. Pichelli tiene el talento específico de hacer que los personajes parezcan estar en el mismo espacio aunque la escena no requiera que interactúen, y eso produce una unidad de equipo que el texto no siempre logra por sí solo. Justin Ponsor colorea los cuatro números con una paleta que oscila entre el negro espacial y los bioluminiscentes de la tecnología alienígena, y esa continuidad visual hace que el cambio de artista entre los números se perciba como variación de registro antes que como inconsistencia.