El mayor poder del universo Marvel son los derechos cinematográficos: Cuatro Fantásticos de Dan Slott
En agosto de 2018, Reed Richards, Sue Storm y sus hijos aparecieron en la portada de un número de Cuatro Fantásticos por primera vez en tres años. Para quien lleva tiempo siguiendo el universo Marvel desde las viñetas, esa portada era una declaración política antes que una promesa narrativa: la Primera Familia de Marvel había estado ausente de las estanterías durante exactamente el período en que su propietaria, la Casa de las Ideas, tenía todas las razones del mundo para dejar que su recuerdo se diluyera en favor de los personajes cuyos derechos cinematográficos controlaba por completo. El regreso no fue un accidente creativo ni una decisión editorial tomada en el vacío. Fue una consecuencia. Y Dan Slott, el escritor encargado de devolver a los Cuatro Fantásticos a la primera línea del universo compartido, lo sabía. Este tomo recopila los números 1 al 11 de esa nueva etapa más el Fantastic Four Wedding Special #1, lo que equivale al primer año completo de una de las reaperturas de cabecera más cargadas de expectativas que Marvel ha publicado en las últimas décadas. El resultado está, como casi todo lo que merece la pena leer, lleno de cosas que funcionan y de cosas que el peso de esas mismas expectativas no dejó que funcionaran del todo.

Tres años de exilio editorial, o cómo Hollywood puede hacer desaparecer a los personajes más importantes de la historia del cómic
La cancelación de Cuatro Fantásticos en 2015 no fue una decisión editorial tomada por motivos creativos. La cabecera que Stan Lee y Jack Kirby fundaron en 1961 —el libro que inventó el tono del universo Marvel, que introdujo a Galactus y Silver Surfer y al Doctor Muerte antes de que existiera ninguna otra cosa que hoy consideramos central en ese universo— dejó de publicarse en el mismo año en que un estudio rival estrenaba una película con los personajes que Marvel quería recuperar. La coincidencia era demasiado precisa para ser solo una coincidencia. Durante tres años, los Cuatro Fantásticos desaparecieron de los lineups de Marvel con una discreción que nunca fue explicada oficialmente pero que cualquier lector habitual podía calcular sin esfuerzo: no había merchadising, no había apariciones relevantes en los grandes eventos, no había planes de futuro que nadie mencionara en ninguna entrevista. El tomo que tienes entre las manos es la consecuencia directa de lo que ocurrió en diciembre de 2017, cuando la adquisición de los estudios de entretenimiento que poseía los derechos de los personajes convirtió el exilio en innecesario. La vuelta de los Cuatro Fantásticos a las viñetas no fue una decisión creativa. Fue la consecuencia de una operación corporativa de varias decenas de miles de millones de dólares. Slott heredó todo ese contexto junto con el encargo, y el mérito real de su primer arco es que consiguió, en buena medida, hacer que eso no importara en cuanto pasabas la primera página.

Sin Reed y Sin Sue: lo que el primer número hace con la ausencia
La decisión narrativa más inteligente del guion de Slott en la apertura es no disimular lo que ha pasado. Cuatro Fantásticos #1 no finge que la familia siempre estuvo junta y que esta es simplemente la siguiente aventura: el número arranca con Ben Grimm viajando con los Guardianes de la Galaxia —un hombre que llena el tiempo que tiene porque no sabe muy bien qué hacer con él cuando su familia no está— y con Johnny Storm lanzando una señal al cielo de Nueva York con la esperanza de que alguien responda. No responde quien Johnny esperaba. Responde un equipo llamado The Fantastix, formado por héroes menores que han comprado el Edificio Baxter y la marca registrada de los Cuatro Fantásticos durante la ausencia del equipo original, y que operan con la franquicia como si fuera un producto disponible en el mercado, porque lo era. El giro tiene más resonancia de la que parece: en un cómic cuyo regreso está motivado precisamente por cuestiones de propiedad intelectual, que el primer conflicto gire alrededor de quién tiene derecho a usar el nombre y el edificio es un comentario lateral que Slott se permite sin subrayarlo. Ben propone matrimonio a Alicia Masters en este primer número, y la escena funciona porque Sara Pichelli la filma desde la intimidad antes que desde el espectáculo: dos personas que han esperado demasiado a decirse lo evidente, en un banco de un parque, con la torpeza genuina de quien no ensayó el momento.

Reed y Sue estaban construyendo universos. Literal
La gran apuesta narrativa del arco «Fourever» —que cubre los primeros números del tomo antes de llegar a la reunión del equipo— es la explicación de dónde han estado Reed y Sue durante tres años. La respuesta es, en el sentido más literal posible, que han estado construyendo universos nuevos para reemplazar los que las Secret Wars destruyeron, usando los poderes de creación de realidad de Franklin Richards como combustible. Es un concepto de escala cósmica que Slott tiene la prudencia de anclar en algo más pequeño: Franklin está perdiendo sus poderes, los niños de la Future Foundation han crecido en un entorno fuera del tiempo ordinario, y Valeria Richards —la hija menor, el genio de la familia en el sentido más inhabitual del término— lleva años buscando una solución que su propio padre no ha conseguido encontrar. La idea de que la familia que representa la exploración y la ciencia como valores centrales ha pasado tres años reparando el tejido de la realidad es perfecta en abstracto. El problema es que Slott tiene que resolver esa premisa en el espacio de muy pocos números para llegar a la reunión que todos los lectores estaban esperando, y la compresión se nota: hay reencuentros que deberían durar una página entera y que reciben un panel, hay conversaciones pendientes que el guion aparca para más adelante, hay un regreso a la Tierra de Reed y Sue que debería ser el mayor momento emocional del tomo y que pasa con una velocidad que el lector no ha terminado de procesar antes de que el número haya avanzado a otra cosa. Slott sabe lo que está haciendo con los personajes. Lo que no controla del todo es el tiempo que tiene para hacerlo.

La boda del Cosa o el número más Marvel que se ha publicado en mucho tiempo
El Fantastic Four Wedding Special #1 es, en el universo de los cómics de superhéroes, exactamente lo que su nombre promete y exactamente lo que nadie debería esperar que fuera algo más. Ben Grimm y Alicia Masters llevan décadas de relación interrumpida, reanudada, complicada por eventos cósmicos y aliens disfrazados y todas las cosas que complican las relaciones cuando tu pareja pesa trescientos kilos y está cubierta de roca naranja. Que la boda ocurra por fin en un número especial oversized con historias de diferentes autores invitados es la decisión correcta: el formato admite la celebración dispersa que la ocasión pide. Slott escribe la historia principal —que incluye, como no podía ser de otro modo, que el Topo cause problemas durante la ceremonia, porque en el universo Marvel las bodas de los superhéroes no terminan nunca sin que alguien intente destruirlo todo— y Gail Simone contribuye una historia de respaldo protagonizada por Alicia cuyo tono difiere deliberadamente del resto del número: más íntimo, más centrado en lo que significa para Alicia casarse con alguien cuya vida nunca va a parecerse a ninguna vida normal. El Wedding Special tiene el mismo problema que todos los números especiales de este tipo: es mejor como objeto emocional que como objeto narrativo. Lo que celebra funciona. La manera en que lo celebra es, en algunos tramos, más convencional de lo que los personajes merecen.

Esad Ribić entra en escena y la serie se pregunta quién era el artista que necesitaba desde el principio
El arco del «Heraldo del Destino» —que ocupa la segunda mitad del tomo, arrancando prácticamente en el día siguiente a la boda de Ben— es donde la serie decide que ha terminado con el reencuentro sentimental y quiere hacer algo más parecido a una aventura de los Cuatro Fantásticos del tipo clásico: el Doctor Muerte capturando a Galactus para convertirlo en fuente de energía para Latveria, el equipo teniendo que detenerlo sin que eso implique simplemente golpear a Muerte hasta que ceda, porque las motivaciones de Muerte rara vez son simples aunque sus métodos no lo sean. El guion de Slott funciona bien en este arco porque el Doctor Muerte en manos de Slott es un personaje que puede sostener la complejidad moral que la premisa requiere: no es un villano haciendo una cosa mala, es un gobernante haciendo lo que considera necesario para su país con los medios que tiene a su disposición, y el hecho de que esos medios incluyan la esclavización del devorador de mundos más antiguo del universo es simplemente una cuestión de escala. Lo que cambia sustancialmente en este tramo es el arte. Esad Ribić, que ya había participado en números anteriores, toma el protagonismo visual del arco cósmico y su estilo pictórico —las texturas del espacio, la monumentalidad de Galactus como cuerpo en el encuadre, la arquitectura de Latveria filmada como si fuera una capital europea real— le sienta a la historia como un guante que Sara Pichelli, siendo excelente en los momentos de carácter y en la intimidad de los personajes, no habría tenido el mismo efecto de producir. La pregunta que el tomo deja al cerrarlo es legítima: ¿necesitaba esta etapa inicial dos artistas con registros tan distintos, o la alternancia entre Pichelli y Ribić es precisamente lo que hace que el conjunto tenga más variedad de la que un único estilo habría podido ofrecer? La respuesta depende de cuánta coherencia visual exijas al cómic de superhéroes, que es una pregunta que el cómic de superhéroes lleva décadas respondiendo de formas diferentes. Lo que no admite discusión es que el regreso de los Cuatro Fantásticos, con todas sus costuras y todos sus aciertos, era necesario. Y que Slott, Pichelli y Ribić lo ejecutaron con el respeto que la Primera Familia de Marvel merecía después de tres años en el cajón de los derechos cinematográficos.






