Periodismo, política y complicidad en un ácido y adictivo viaje sobre ruedas: ‘Las chicas del autobús’
Las chicas del autobús llegó a Max en marzo de 2024 con una ventaja que pocas series de su año pueden reclamar: su premisa está basada en algo real, que es siempre la mejor razón para que algo ficticio parezca verdadero. Amy Chozick, periodista del New York Times, pasó años cubriendo campañas presidenciales desde el autobús de prensa, y en 2018 publicó el libro del que nace esta serie: un retrato del periodismo político desde adentro, con sus lealtades torcidas, sus rutinas brutales y la pregunta de fondo que ningún reportero en campaña puede contestar del todo honestamente —si estás cubriendo el poder o si el poder te está cubriendo a ti. Julie Plec, que ha construido su carrera en la televisión haciendo que los géneros imposibles funcionen, se une a Chozick para convertir ese material en diez episodios sobre cuatro mujeres en un autobús siguiendo a un candidato presidencial que ninguna de ellas termina de poder leer. El resultado tiene suficiente para convencer y demasiado para decepcionar, y la cancelación en mayo de 2024 —con un cliffhanger abierto y una segunda temporada que ya tenía diseñada su arco— cierra la serie antes de que hubiera podido ser lo que intentaba.

El universo político que la serie construye y lo que ese universo le cuesta
La decisión de ambientar Las chicas del autobús en un universo político paralelo —candidatos ficticios, campaña ficticia, sin referencias directas a los ciclos electorales reales que le dieron a Chozick su material— tiene una lógica defensiva perfectamente comprensible y un coste narrativo que la serie paga desde el primer episodio. Hayden Wells Garrett, el candidato demócrata al que las periodistas siguen en autobús a través de las primarias, es un hombre de buenas palabras y fondo opaco que existe en un continuo donde el dossier Steele tiene presencia pero el COVID no. La intención es darse libertad creativa para no quedar atada a la cronología del mundo real ni a las demandas legales que implicaría representar a personas existentes. La consecuencia es que la serie flota en un limbo de verosimilitud donde las reglas no terminan de asentarse, donde el espectador no puede decidir si lo que ve es sátira política, docuficción encubierta o drama de personajes con decorado electoral. La serie no elige. Oscila. Y esa oscilación produce fricciones que el tono cálido del ensemble no siempre puede absorber. La aparición recurrente de un Hunter S. Thompson alucinado como ángel de la guarda periodístico de la protagonista —una de las ideas más audaces y más mal resueltas de la temporada— concentra el problema en un solo recurso: es una apuesta por lo raro que no tiene el valor de ser rara del todo, que aparece cuando la serie necesita un empujón emocional y no sabe generarlo desde dentro de la trama. La crónica política de Chozick, en el libro, tenía las uñas sucias de realidad. En la adaptación, la ficción de protección las limpia demasiado.

Melissa Benoist, Carla Gugino y las cuatro razones por las que la serie funciona
Lo que ningún problema estructural de Las chicas del autobús puede cancelar completamente es lo que ocurre en el autobús. Sadie McCarthy, la reportera veterana con la carrera a medio deshilar que Melissa Benoist interpreta, es el corazón de una serie que acierta más con sus personajes que con su mundo. Benoist lleva el rol con una precisión que el registro le exige constantemente: alguien que conoce los mecanismos del poder, que ha aprendido exactamente cómo funciona la distancia periodística, y que pasa diez episodios descubriendo que saber cómo funciona algo no te protege de lo que ese algo te hace. Carla Gugino como Grace Gordon Greene —la periodista de generación anterior, la que tiene el pedigrí y el despacho y el problema que la ha mandado de vuelta al autobús— es la actuación más matizada de la temporada, el personaje más complejo y el que más paga la falta de una segunda temporada que habría podido darle el desenlace que merece. Christina Elmore construye a Kimberlyn, la periodista conservadora que no encaja en los códigos tribales del autobús, con una inteligencia que evita tanto el caricaturismo como la condescendencia: un personaje que tiene razón en cosas que la serie preferiría no concederle y que la actriz defiende con más dignidad que el guion se lo facilita. Natasha Behnam completa el cuarteto como Lola, la creadora de contenido que representa la generación que llegó al periodismo con distintas reglas y que tiene que decidir si esas reglas valen o si son simplemente otras. Las cuatro juntas generan una química de conjunto que la serie sabe aprovechar: los episodios más convincentes de la temporada son los que las meten en espacios pequeños —el autobús, un cuarto de hotel, una suite de campaña— y las dejan hablar entre ellas.

Lo que la cancelación interrumpe y lo que la temporada deja resuelto
Las chicas del autobús tiene un problema de tono que sus diez episodios no resuelven: la serie quiere ser al mismo tiempo un thriller político de prestige drama y una comedia de amistad femenina al estilo de la televisión de red de los noventa, y los dos registros conviven sin integrarse del todo, produciendo episodios que son simultáneamente demasiado ligeros para lo que prometen y demasiado pesados para la ligereza que ofrecen. Hay una trama de aborto tratada con una delicadeza y una honestidad que la temporada no iguala en ningún otro punto, y que demuestra que la serie es capaz de lo que pretende cuando se compromete con una sola dirección. El problema es que esa decisión llega en un episodio y no en diez. El descubrimiento de Sadie de la información comprometida sobre Garrett, que debería ser el motor de la segunda mitad de la temporada, se resuelve en un giro que el guion no ha preparado suficientemente, y el final —Malcolm declarándose, Lola con la oferta del Wall Street Journal, Kimberlyn lanzando su propia empresa mediática, Grace mirando hacia delante— funciona como obertura de lo que habría venido después antes que como cierre de lo que ha pasado. La segunda temporada que Amy Chozick y Julie Plec tenían diseñada habría movido la historia al avión de la campaña general, habría introducido al candidato republicano y habría llevado las investigaciones sobre Garrett a su conclusión. No existe. Lo que existe son diez episodios de una serie que encontró su reparto antes de terminar de encontrar su voz, y que fue cancelada con suficientes piezas buenas como para que la cancelación duela de una manera que las series malas no producen.





