Un Pulitzer de periodismo de guerra convierte a Iron Man en su reportaje más personal: The Insurgent Iron Man

Spencer Ackerman ganó el Premio Pulitzer cubriendo vigilancia masiva y seguridad nacional. Antes de ponerse a escribir Iron Man ya había dedicado años a desmontar las narrativas que legitiman el complejo militar-industrial desde dentro, a entender cómo funciona el poder corporativo cuando se disfraza de interés público, a documentar lo que ocurre cuando los estados deciden que sus ciudadanos son el problema a resolver. Todo eso está en los números 6 al 10 de su Iron Man, en los que Tony Stark opera como agente doble dentro del régimen mundial de Doctor Doom —fabricando armamento para el enemigo mientras lo sabotea desde adentro, negociando con insurgentes en Daguestán, intentando desmantelar el imperio de un tirano sin que ninguna de las manos con las que lo hace salga limpia. The Insurgent Iron Man es el segundo y último volumen del único cómic de superhéroes reciente que entendía exactamente qué tipo de libro quería ser y no siempre tuvo el espacio para serlo del todo.

El Tony Stark más incómodo de la última década

La decisión central del arco es convertir la doble vida de Tony en una acusación contra sí mismo. Ackerman parte de una premisa que los guionistas de superhéroes suelen esquivar: que los pecados del padre no se heredan solo en forma de trauma sino en forma de empresa, de estructura corporativa, de prácticas que siguen operando aunque el heredero jure que está haciendo las cosas de otra manera. Tony anuncia públicamente que fabricará armas bajo el régimen de Doom —escándalo inmediato, traición aparente, Melinda May fuera de sí— y lo hace como estrategia de infiltración, pero Ackerman no deja que la astucia táctica limpie la culpa moral: la escena en la que Victorious llega a cobrarle el acuerdo no es solo un setpiece de acción sino la demostración de que las decisiones que se toman por las razones correctas siguen teniendo consecuencias reales. El #6, situado en las montañas nevadas de Daguestán con Tony coordinando insurgentes contra la Guardia de Invierno, establece el tono con una frase que sintetiza el arco entero: «Doom will not be overthrown innocently.» La Silver Centurion armor en el #7, el globo ocular moral de una historia que pone a Tony en la posición de decidir quién merece armamento y quién no, es el detalle visual que mejor encapsula lo que el libro entiende por heroísmo: algo complicado, costoso y sin garantías.

Julius Ohta y el puñetazo que más duele en todo el arco

Julius Ohta es el gran activo visual de este volumen y la razón principal por la que la interrupción de su trabajo en el #10 —se marchó a The Punisher antes de que Ackerman pudiera terminar el arco con él— se nota como una pérdida real. Su capacidad para transmitir información emocional a través de expresiones y lenguaje corporal es lo que hace que el #8 funcione como el mejor número del volumen: la escena climática no es una batalla entre Iron Man e Iron Monger sino el momento en que la seguridad de Stark Unlimited se enfrenta a los trabajadores sindicalizados, y el plano que cierra ese enfrentamiento —Ramon, el representante sindical, mirando a Tony con desaprobación— construye más sentido moral que cualquier intercambio de repulsores. Alex Sinclair trabaja los colores con un sistema de codificación consistente que Ohta aprovecha bien: el rojo omnipresente del #6 (la Guardia de Invierno, la Viuda Negra, el propio Iron Man) crea una unidad visual que el volumen mantiene cuando funciona mejor y que Michael Dowling, que entra a cubrir algunas páginas del #8, no termina de replicar con la misma coherencia. Es el tipo de costura que se nota cuando lees los números en bloque.

Lo que queda cuando diez números no son suficientes

El #10 resuelve el arco con Iron Monger como antagonista final —»la bestia que vuelve del abismo»— y con Guiu Vilanova en los lápices en lugar de Ohta, un cambio que no arruina el número pero que le da al remate un carácter de urgencia logística que no estaba en el plan. Ackerman ha reconocido que el final se precipitó por la integración en el evento One World Under Doom, y se nota: hay líneas argumentales —la historia de Vishte Taru, el arco de Ramon como personaje— que merecían más espacio del que la cancelación a los diez números les dejó. Lo que queda igualmente, pasada la prisa del desenlace, es un run que se tomó en serio preguntas que la mayoría de los cómics de Iron Man no formulan: qué significa ser responsable de una industria armamentística aunque hayas intentado distanciarte de ella, cómo se combate el poder desde dentro sin reproducirlo, qué hace un tecnócrata liberal cuando el mundo que su tecnología construyó resulta ser la herramienta perfecta para el fascismo. Ackerman no llegó a responder todo eso en diez números. Tampoco dejó de intentarlo en ninguno de ellos, y eso cuenta.

The Insurgent Iron Man cierra la única etapa reciente del personaje que entendió que Tony Stark es, antes que un superhéroe, el heredero de una empresa de armas con demasiada historia acumulada para resolverse con ingenio y voluntad. Ackerman lo usó para hacer el libro que sabía hacer, con la asistencia de un Julius Ohta que estaba a la altura. Que acabara en diez números dice algo sobre los márgenes en los que opera ese tipo de ambición dentro de la industria. Que esos diez números existieran dice algo sobre lo que puede ocurrir cuando alguien llega a la cabecera de un superhéroe con otro bagaje encima de la mesa.