Un tiburón toro atrapado en un sistema de cuevas inundadas de Tailandia: ‘La boca del diablo’

El tiburón toro es el único escualo capaz de sobrevivir en agua dulce. Puede remontar ríos, habitar estuarios, colonizar sistemas fluviales interiores que ninguna otra especie de su tamaño alcanzaría. La película de Jeff Wadlow parte de ese dato con una elegancia que el resto del metraje no va a honrar: cinco amigos en vacaciones en Tailandia se adentran en el sistema de cuevas submarinas que los locales llaman La Boca del Diablo —una red de túneles y cámaras inundadas en Krabi donde uno de ellos busca conectar con el recuerdo de su padre muerto— y encuentran dentro a un tiburón toro que lleva tiempo viviendo en esas aguas oscuras y al que la entrada del grupo ha cerrado la única salida. El escenario está planteado con una lógica más sólida de lo que el género de supervivencia submarina acostumbra: el animal no es una anomalía sobrenatural sino una consecuencia del ecosistema, y la trampa no es un artificio del guion sino la geometría del lugar. Que The Devil’s Mouth desperdicie esa solvencia inicial de manera tan sistemática durante su hora y cuarenta es el diagnóstico más claro sobre lo que le falta a la película: no ideas, sino la ejecución de las que tiene.

El escenario y lo que no puede hacer solo

Las cuevas de The Devil’s Mouth son, en los momentos en que la cámara las respeta, el elemento más eficaz de toda la película. La claustrofobia de un espacio donde el agua ocupa el volumen que el aire debería ocupar, donde la oscuridad no es una condición ambiental sino una presencia activa, donde los personajes tienen que decidir entre nadar hacia algo que no ven o quedarse donde están con algo que saben que está cerca: esa geometría del miedo funciona cuando Wadlow la deja funcionar sola, cuando la amenaza está en el fuera de campo y el sonido hace el trabajo que el plano no necesita hacer. El problema es que esos momentos son los menos frecuentes de una película que tiende a llenar los espacios con acción visible cuando la insinuación habría sido más eficiente. Las cuevas de Krabi son fotogénicamente extraordinarias —la producción rodó ocho semanas en Tailandia con localizaciones reales— y la película no siempre sabe que tiene algo excepcional entre las manos: hay secuencias que deberían sostener silencio y luz mínima y que aparecen intervenidas por una música que explica lo que el espectador ya siente y por cortes que deshacen la tensión que el plano anterior había construido. El escenario hace su trabajo. La dirección no siempre lo deja.

Newton, Condor, y el grupo sin arco

Kathryn Newton y Lana Condor son las dos razones principales por las que The Devil’s Mouth no es completamente prescindible en sus primeros treinta minutos. Newton construye a Charlie —la protagonista cuyo duelo por el padre articula la única motivación del grupo que tiene raíz emocional real— con la misma contención que ha demostrado en otros materiales de género: no sobreactúa el dolor, no necesita subrayarlo, y cuando la película empieza a exigirle reacciones de supervivencia el cuerpo y la voz hacen el trabajo que un guion más interesado en ella le habría dado por escrito. Condor tiene menos que trabajar: Kate es el personaje que el grupo necesita que exista para generar fricción y el guion la convierte en la fuente de decisiones que agravan la situación hasta un punto donde resulta difícil sostener el interés por su supervivencia. El resto del grupo —Gavin Casalegno, Nico Hiraga, Tommi Rose— ocupa las posiciones que el género reserva para los personajes que van a morir en el orden en que la estructura lo requiera, con la caracterización mínima que esa función exige y ninguna más. Una película de supervivencia funciona en proporción directa a la cantidad de personas en el grupo por las que el espectador siente algo. The Devil’s Mouth tiene dos.

El tiburón que no da miedo

El problema central de The Devil’s Mouth no es la premisa ni las localizaciones ni las dos protagonistas que intentan sostener algo que el guion les entrega a medias: es el tiburón. El CGI con el que está construido el animal no alcanza el nivel de convicción que el género necesita para que el depredador funcione como amenaza física real, y cuando la amenaza no convence visualmente la película tiene que compensar con ritmo y sonido, que es exactamente lo que The Devil’s Mouth hace y exactamente por qué resulta agotador antes del tercer acto. Un tiburón que no parece real en el encuadre es un problema técnico; un tiburón que además se comporta con la lógica de un asesino en serie de los ochenta —atacando, retrocediendo, reapareciendo cuando el guion lo necesita en lugar de cuando el hambre lo dictaría— es un problema narrativo que ninguna solución de posproducción puede resolver. El género de supervivencia submarina puede sobrevivir al CGI mediocre si el ritmo es suficientemente despiadado. Lo que no puede sobrevivir —y aquí está el problema definitivo de The Devil’s Mouth— es el aburrimiento. Una película sobre un tiburón atrapado con personas que no pueden salir no debería llegar al minuto noventa con el espectador esperando que termine.