CiFi espacial ‘old school’ cargada de enredos, supervivencia y nostalgia: ‘The Ark’ (Temporada 1)

Dean Devlin es el productor y cocreador, junto a Jonathan Glassner, de The Ark, la serie que Syfy y Peacock estrenaron el 1 de febrero de 2023 y que completó su primera temporada con doce episodios en abril del mismo año. El nombre de Devlin lleva décadas asociado a una ciencia ficción de escala ambiciosa fabricada con presupuestos ajustados, y The Ark lleva esa lógica a su expresión más desnuda: una serie de supervivencia espacial sobre los tripulantes de una nave interestelar que se despiertan de su hibernación antes de tiempo tras un accidente catastrófico que ha matado a casi todos los oficiales de rango superior. Lo que queda son un puñado de especialistas sin línea de mando definida, unos recursos que no van a durar todo lo que deberían, y un planeta de destino —Proxima b— que todavía está a una distancia que la temporada pasará doce horas intentando acortar. Lo que la primera temporada de The Ark demuestra en ese recorrido es que la ciencia ficción televisiva de presupuesto contenido puede sobrevivir a sus propias limitaciones cuando sabe exactamente qué tipo de serie es y tiene la disciplina de quedarse dentro de esos bordes, y también que el momento en que cruza esa línea es el momento en que la fragilidad del conjunto se vuelve visible de un episodio para el siguiente.

La capitana accidental

La mejor idea de The Ark es también la que la temporada explota con menos convicción: la teniente Sharon Garnet —interpretada con una credibilidad que el guion no siempre se merece por Christie Burke— asume el mando de la nave no porque esté preparada para ello sino porque, cuando se recuentan los supervivientes, resulta ser la persona de más rango que queda con vida. La premisa tiene una fuerza genuina: el drama de una líder que no fue elegida sino designada por el azar, que no tiene las credenciales que el resto del equipo esperaría en un momento así, y que tiene que construir su autoridad sobre hechos en lugar de títulos en una situación donde cada decisión puede ser la última. Lo que la temporada hace con esa materia es desplegarlo como motor de conflicto superficial —Lane, el teniente que la cuestiona, existe fundamentalmente para dudar de Garnet en voz alta y para demostrar que estaba equivocado— en lugar de examinarlo como el dilema moral y psicológico que podría ser. Garnet resuelve. Garnet acierta. Garnet es cuestionada, demuestra que tenía razón, y el ciclo se repite con variaciones menores durante doce capítulos. No es que el personaje carezca de interés: es que la serie tiene miedo de que la capitana sea genuinamente falible de maneras que no se resuelvan en el mismo episodio, y eso convierte lo que podría ser un retrato honesto de un liderazgo improvisado bajo presión extrema en la historia de una protagonista que básicamente siempre dispone de la respuesta correcta en el momento correcto.

El crimen que la serie olvidó

La primera temporada de The Ark introduce en sus primeros episodios un asesinato a bordo: alguien entre los supervivientes ha matado a uno de sus compañeros, y la investigación de ese crimen se presenta como el hilo que va a dar estructura dramática a la temporada. La promesa es real —una serie de supervivencia espacial que también es un thriller de habitación cerrada en el espacio tiene sentido, y la combinación de géneros podría ser exactamente el tipo de propuesta que mantiene al espectador enganchado más allá de la siguiente crisis de ingeniería—. El problema es que The Ark no confía en esa promesa el tiempo suficiente para desarrollarla: el misterio del asesinato se convierte en el segundo plano que la serie coloca y retira según las necesidades del episodio de turno, se resuelve cuando el ritmo del arco lo exige más que cuando la lógica narrativa lo pide, y su impacto en la dinámica del grupo —que tendría que ser el destino real de toda esa tensión— se disipa sin que quede demasiado claro qué ha cambiado en la tripulación. Es la señal más elocuente de un problema estructural de fondo: The Ark genera subtramas con la facilidad de quien conoce el oficio y las abandona con la misma facilidad en cuanto aparece algo más urgente que resolver. La temporada funciona mejor cuando renuncia a sus propias ambiciones de complejidad y se concentra en el problema inmediato —el cometa, la escasez de combustible, la amenaza exterior de Ark 15— que cuando intenta ser dos cosas simultáneamente y acaba siendo ninguna de las dos del todo.

Lo que explota en el último episodio

El final de la primera temporada tiene la valentía que el resto de la temporada ha evitado tener: el planeta de destino explota. Proxima b, el lugar al que la tripulación lleva doce episodios intentando llegar con lo que les queda de nave y de esperanza, resulta contener metano en su lado oscuro, y cuando el dispositivo de rotación planetaria que William Trust —el inventor del programa Ark, despertado de su hibernación para complicar todo lo que hasta ese momento funcionaba con cierta coherencia— ha desarrollado se activa, el planeta se incendia. La serie no solo destruye el destino: destruye la premisa sobre la que la temporada entera ha funcionado y la certeza narrativa de que la colonización de Proxima b era el horizonte hacia el que todo se dirigía. Es el tipo de apuesta de escritura que no debería esperarse de una serie que ha pasado once episodios siendo escrupulosamente segura en sus resoluciones, y la sorpresa es genuina precisamente por eso. Lo que el espectador se pregunta al final del episodio doce no es solo hacia dónde van ahora los supervivientes de Ark One sino qué clase de serie quiere ser en su segunda temporada una vez que ha renunciado al único destino que tenía. La respuesta está fuera del alcance de esta primera temporada, pero el hecho de que la pregunta exista —de que la serie haya encontrado en su final el coraje que sus doce horas anteriores no habían conseguido sostener de manera consistente— es, de forma extraña, suficiente para que el viaje haya valido la pena.