George Clooney y el Nespresso de la angustia: Crítica de ‘Jay Kelly’

Noah Baumbach firma una ‘8½’ en clave de cápsula de lujo. Un ejercicio de onanismo cinematográfico que se salva del desastre gracias a un Adam Sandler que, de nuevo, demuestra que el traje de payaso le queda pequeño cuando hay sangre de verdad en el guion.

El mito que se muerde la cola

Hubo un tiempo en que las estrellas de Hollywood eran dioses inalcanzables. Hoy, en la era del selfi y el «engagement», las estrellas son productos que sufren en 4K. En Jay Kelly, Noah Baumbach utiliza a George Clooney no como actor, sino como lienzo. Es un juego de espejos tan autorreferencial que por momentos asfixia: Clooney interpreta a una estrella que recibe un premio a toda su carrera mientras nosotros, los mortales, vemos clips de las películas reales de Clooney. Es metacine o, según se mire, una campaña de marketing de dos horas sobre lo difícil que es ser guapo, rico y tener dudas existenciales en la Toscana.

La premisa huele a rancio: el viaje del héroe maduro en busca de la redención familiar. Sin embargo, Baumbach le inyecta ese veneno neoyorquino que tanto nos gusta, transformando un anuncio de turismo italiano en una disección sobre la dimensión vampírica del éxito.

Adam Sandler: El obrero del estrellato

Si Clooney es el «frontman» que se lleva los aplausos, el alma de la película (y el motivo por el que esta pieza no es un 0/10) es Adam Sandler. Su interpretación de Ron, el mánager que es a la vez niñera, confesor y saco de boxeo emocional, es de una honestidad brutal. Mientras Jay Kelly (Clooney) filosofa sobre su legado con una sonrisa melancólica, Ron es el que tiene que lidiar con la logística del ego.

Sandler captura perfectamente esa patología de Hollywood: la del tipo que ha construido su identidad a través de la de otro. «¡Yo también soy Jay Kelly!», grita en un momento de lucidez desesperada. Es ahí donde la película muerde de verdad, recordándonos que detrás de cada «clase» de Clooney hay un ejército de Rons sacrificando su propia vida familiar para que el mito siga brillando.

¿Cine-narcisismo o testamento crepuscular?

La película coquetea peligrosamente con el almíbar. Esa estructura de «fantasmas del pasado» (un Billy Crudup excelente que le recuerda a Kelly que le robó la carrera) y los encuentros fortuitos en trenes europeos tienen un aroma a Woody Allen de segunda división. Baumbach se pone literario, barroco y, a ratos, insoportablemente «cultureta» citando a Truffaut mientras el sol de Italia lo baña todo de un tono Instagram que resta gravedad al asunto.

Pero hay algo que nos impide apartar la mirada. Es la transparencia de la fama. Ver a Clooney recitar nombres de leyendas frente al espejo (Cooper, Gable, De Niro) es asistir a la crisis de un hombre que sabe que ya es solo una marca. Es una película que se pone la venda antes de la herida, que se sabe autocomplaciente y lo usa como escudo.

Jay Kelly es, en definitiva, una carta de amor a un cine que ya no existe, protagonizada por un actor que es el último de su especie. Es irregular, es pretenciosa y tiene más subtramas que una cena de Navidad con cuñados, pero tiene un final que, si tienes corazón (o si alguna vez has sentido que tu vida es un guion mal escrito), te va a dejar tocado. Una pieza para los que saben que, a veces, la magia del cine es solo un truco de luces para tapar que el mago está muy, muy solo.