Cuando la farsa del empowerment algorítmico naufraga en la cueva de Netflix: ‘Damisela (Damsel)’
Existe una inercia empresarial dentro del catálogo de las grandes plataformas que consiste en concebir películas como si fuesen prendas de vestir hechas a la medida de sus estrellas más valiosas. En el caso de Millie Bobby Brown, tras el incontestable éxito de la franquicia ‘Enola Holmes’, Netflix intentó moldear un vehículo de lucimiento a su entera disposición con ‘Damsel’, una propuesta de fantasía oscura que pretendía subvertir los tropos del cuento de hadas tradicional para transformarlo en un cruento relato de supervivencia y venganza. La premisa arrancaba con Elodie, una noble arruinada entregada en matrimonio a un apuesto príncipe para salvar a su pueblo, descubriendo demasiado tarde que la boda no era más que un engaño ritual para ser arrojada a la caverna de un dragón ancestral. Sin embargo, la promesa de presenciar a una «princesa convertida en Rambo» terminó colapsando bajo el peso de una narrativa profundamente predecible y una ejecución técnica que oscilaba entre el despliegue escénico y la manufactura digital sin alma.

Un mensaje emancipador empaquetado como producto de consumo rápido
El gran problema estructural de la cinta dirigida por el español Juan Carlos Fresnadillo no residía en su afán por dinamitar el cliché de la «doncella en apuros», sino en la caducidad y superficialidad de su propuesta. Pretender escandalizar o revolucionar el género en pleno siglo XXI mediante una heroína autosuficiente que no necesita el rescate de un príncipe azul denotaba una calculada agenda corporativa bastante rezagada en el tiempo. El guion de Dan Mazeau transitaba por los lugares comunes del survival thriller más elemental, ofreciendo una estructura casi de videojuego donde la evolución del personaje se escenificaba de forma puramente cosmética: despojándose capa a capa de su aparatoso vestido de novia para convertir la corsetería en armas de fortuna. Aunque la metáfora indumentaria resultaba visualmente estimulante, el trasfondo ideológico se sentía impostado, un barniz de feminismo estandarizado diseñado en despachos para complacer al algoritmo sin asumir ningún riesgo creativo real.

El recital de Millie Bobby Brown rodeado de estatuas de prestigio
Donde la producción lograba mantenerse a flotante era en la convicción absoluta con la que su actriz protagonista cargaba sobre sus hombros el peso del metraje. Enclaustrada durante casi una hora en la penumbra de las grutas, Brown desplegaba una entrega física incontestable, sosteniendo la tensión dramática a base de puro sufrimiento visceral, angustia y determinación. Resultaba especialmente llamativo cómo un reparto secundario plagado de titanes de la industria —con una gélida e infrautilizada Robin Wright como reina malvada, Angela Bassett como la abnegada madrastra y Ray Winstone como el padre arrepentido— quedaba reducido a un mero atrezzo de lujo para justificar el primer acto. Únicamente el trabajo vocal de Shohreh Aghdashloo, prestando su grave e imponente garganta a la criatura escupefuego, lograba rivalizar en presencia con la joven actriz, aportando un matiz de amenaza mitológica a un choque que, por desgracia, dependía en exceso de las conveniencias del libreto y los ritmos pausados del monstruo para que la protagonista saliera con vida.

La estética del artificio y las costuras de la fantasía de plataforma
A nivel visual, ‘Damsel’ dejaba al descubierto las inevitables contradicciones que definen al cine de entretenimiento doméstico contemporáneo. Si bien la fotografía de Larry Fong lograba encuadres majestuosos —aprovechando los rodajes en localizaciones reales de Portugal para dotar de cierta textura orgánica al diseño de producción—, la atmósfera claustrofóbica de la cueva acababa pecando de una monotonía estética evidente. Salvo por el uso de elementos bioluminiscentes y un diseño de criaturas bastante superior a la media de la plataforma, el filme no lograba sacudirse del todo esa pátina de «falso blockbuster» generada por ordenador. Fresnadillo demostró oficio a la hora de orquestar la violencia física y las secuencias de suspense, pero la falta de garra en el tramo final y la incapacidad del guion para ofrecer un giro genuinamente memorable terminaron convirtiendo a la película en lo que siempre fue: un producto de entretenimiento pasable, efectivo para una tarde de domingo, pero absolutamente incapaz de dejar un poso perdurable en la historia de la fantasía cinematográfica.





