Eternia en Nueva Jersey: El delirio ‘pulp’ de ‘Masters del Universo’ (1987)
Con el inminente estreno de la nueva adaptación de He-Man en el horizonte, es inevitable volver la vista hacia 1987, el año en que la Cannon Films decidió que podía competir con Star Wars utilizando el presupuesto de una juguetería en liquidación. La película de Gary Goddard es, posiblemente, uno de los artefactos más extraños y fascinantes de los años 80: un milagro de la serie B que, a pesar de sus costuras abiertas, posee una textura física y un encanto analógico que el CGI moderno es incapaz de replicar. No es el viaje a Eternia que los niños de la época soñaban, pero es una pieza de culto que ha sobrevivido por derecho propio.

Dolph Lundgren y el surrealismo del parking
El primer gran choque que propone la cinta es su ambientación. Por limitaciones presupuestarias que hoy resultan evidentes, la trama abandona los castillos y desiertos de Eternia para trasladar la guerra intergaláctica a un suburbio de Nueva Jersey. Ver a Dolph Lundgren —un He-Man físicamente imbatible pero dramáticamente de piedra— pasear su arnés de cuero y su melena rubia por un parking municipal es una de las imágenes más surrealistas del cine de aventuras.
Lundgren venía de ser el implacable Ivan Drago y aquí cumple con lo que se le pide: ser una mole de músculos que blande una espada. Sin embargo, la película encuentra su verdadera identidad cuando se convierte en una suerte de road movie de ciencia ficción urbana. El contraste entre la alta fantasía y la cotidianidad de un instituto estadounidense crea una atmósfera única, donde una llave musical capaz de abrir portales cósmicos termina en manos de unos adolescentes y un detective que parece no haber salido nunca de Regreso al Futuro.

Frank Langella: El Skeletor que no merecíamos
Si esta producción no ha caído en el olvido absoluto es gracias a un nombre propio: Frank Langella. Mientras el resto del reparto parece participar en una función escolar con exceso de esteroides, Langella decidió abordar el papel de Skeletor como si estuviera interpretando a un villano de Shakespeare. Oculto bajo capas de látex y una túnica negra, su interpretación es operística, amenazante y rebosa una dignidad mística que eleva cada una de sus escenas.
Su Skeletor no es un villano de dibujos animados; es un tirano obsesionado con la divinidad que devora la pantalla. Es, sin duda, uno de los mejores antagonistas del cine de género de los 80, atrapado en una película que a menudo no está a la altura de su intensidad. Su presencia justifica por sí sola el visionado de la cinta y demuestra que, cuando un actor de raza se toma en serio el material más ridículo, el resultado puede ser asombroso.

El valor de lo artesanal frente al píxel
Es cierto que la ausencia de figuras clave como Orko o Battle Cat dolió a los puristas, pero visualmente la película atesora hallazgos notables. Hay una suciedad y un peso real en las armaduras de los esbirros de Skeletor y en el diseño de producción que remite directamente al estilo pulp de los cómics de los años 50. Los efectos prácticos y el maquillaje tienen esa honestidad artesanal que hoy se echa de menos en los blockbusters prefabricados que inundan las plataformas.
Hoy, ante la llegada de versiones saturadas de efectos digitales, la película de 1987 se redescubre como una cápsula del tiempo. Fue un intento valiente de traducir un mundo de fantasía imposible a la realidad tangible, y aunque se quedó a medio camino entre la épica espacial y la comedia familiar, conserva un corazón y una mala leche que la mantienen viva. Es el recordatorio de que, antes de los universos cinematográficos compartidos, el poder de Grayskull residía en la imaginación y en un buen par de prótesis de látex bien puestas.





