Sherlock tiene un despacho en Baker Street. Ahora Enola también: Enola Holmes 2

La primera Enola Holmes planteó una pregunta con suficiente gracia como para justificar la respuesta: ¿qué le ocurre a una adolescente extraordinaria que ha crecido a la sombra del detective más famoso de la historia? La segunda entrega no repite la pregunta sino que la da por respondida y plantea la siguiente: ¿puede esa misma joven construir su propia carrera, con su propio nombre, en la misma ciudad victoriana que lleva décadas rindiendo tributo al apellido que comparte? La diferencia no es menor. Enola Holmes 2 —producida de nuevo por Netflix con Harry Bradbeer en la dirección y Jack Thorne en el guion— arranca con la protagonista abriendo su propia agencia de detectives en Londres, un gesto de independencia que el universo de la saga necesitaba hacer antes de que la franquicia, que Netflix ha decidido que tiene todavía historia que contar con una tercera entrega recién estrenada, empezara a repetirse. Es una mejor película que su predecesora, lo que no es poco. También es una película que podría haber sido bastante más que eso.

Una detective que ya no necesita que nadie la encuentre

El avance más genuino de esta secuela no es de trama sino de carácter. Enola Holmes, en la primera entrega, era una protagonista reactiva: respondía a lo que el mundo le hacía, huía de la tutela que no quería, resolvía el misterio que otros habían creado antes de que ella llegara. Aquí, por primera vez, toma la iniciativa. Acepta un caso —Bessie Chapman contrata a Enola para encontrar a su hermana Sarah, desaparecida tras denunciar las condiciones de la fábrica de fósforos donde trabaja—, organiza su propia investigación y gestiona sus propios errores. Millie Bobby Brown ya demostró en la primera película que sabía qué hacer con el personaje; aquí demuestra además que sabe qué hacer con una Enola más segura, lo que es técnicamente más difícil: una protagonista que ya no duda de sí misma tiene que construir su tensión dramática de otro modo, y Brown lo resuelve con la misma energía de los quiebros de cámara —esos momentos en que Enola interpela directamente al espectador, ahora más espaciados y más precisos— sin perder la sensación de que estamos ante alguien que todavía tiene cosas que aprender sobre cómo funciona el mundo. La relación con Tewkesbury, que en la primera entrega quedó apenas esbozada como posibilidad romántica, gana aquí la suficiente textura como para que el espectador se implique en ella: Louis Partridge tiene presencia natural frente a Brown y el guion les concede al menos dos escenas juntos que funcionan de verdad.

Las cerilleras de 1888 merecían mejor película. Esta tampoco les hace justicia del todo

El caso que Enola investiga no es una invención: las condiciones de las fábricas de fósforos de Londres de finales del siglo XIX y la huelga de 1888 son historia real, y la decisión de basar la trama de esta secuela en ese episodio —el envenenamiento por fósforo blanco, las trabajadoras que se organizaron cuando nadie más iba a hacerlo— le da a la película una sustancia histórica que la primera entrega solo rozaba. La intersección entre el caso de Enola y la investigación paralela de Sherlock —que persigue una red de chantajes a funcionarios del Tesoro— está mejor construida que cualquier giro de la primera película, y cuando los dos casos convergen se nota que Thorne ha pensado la estructura con más cuidado que antes. David Thewlis como el superintendente Grail construye el tipo de antagonista que el primer filme nunca tuvo: genuinamente amenazante, impredecible en sus lealtades, capaz de generar tensión sin necesitar sobreactuación. La revelación final de Sharon Duncan-Brewster como Mira Troy —la Moriarty de este universo— es el cierre correcto para una película que necesitaba apuntar hacia algo más grande. El problema es que la película utiliza la huelga de las cerilleras como telón de fondo y conclusión emocional de la trama, pero no como el centro que merecía ser: las trabajadoras importan cuando el guion las necesita para avanzar la historia de Enola, no como protagonistas en sí mismas. Es una crítica que la película se gana por haber elegido ese material y no haberle dado del todo lo que requería.

Ciento veintinueve minutos son demasiados para una película que podría durar cien

El principal argumento en contra de Enola Holmes 2 no es de concepto sino de ritmo. Con dos horas y nueve minutos de metraje, la película tiene el doble de escenas de transición que de escenas necesarias, y hay tramos del segundo acto donde el caso de Enola pierde temperatura precisamente cuando debería estar acumulando presión. Helena Bonham Carter, que repite como Eudoria Holmes, sigue sin tener suficiente película para el personaje que interpreta: aparece con buenas intenciones y desaparece antes de que su presencia haya importado de verdad, en parte porque Sam Claflin no pudo retomar su papel de Mycroft por conflictos de agenda y el espacio que ese personaje habría ocupado queda vacío. La incorporación de Himesh Patel como el Dr. Watson —convenientemente situado al final de la película, en el momento en que Sherlock le ofrece la habitación de Baker Street— funciona como lo que es: una pieza colocada en su casilla para que el tablero esté listo cuando haga falta. Lo mismo ocurre con la Moriarty de Duncan-Brewster: la revelación llega en el momento correcto pero el personaje no ha tenido tiempo de construirse antes de esa última escena. Son los costes de una franquicia que crece más rápido de lo que sus guiones pueden acompañar. Lo que permanece, una vez que el metraje de más ha pasado, es una película que justifica su existencia: mejor en la trama, mejor en el personaje principal, mejor en el reparto que incorpora. El despacho de Enola Holmes ya está abierto. Lo que venga después solo depende de lo que sus dueños decidan hacer con el espacio.