La mejor decisión de ‘World’s Finest: Teen Titans’ no es el equipo ni el villano: son Robin y Speedy

Batman/Superman: World’s Finest lleva varios años funcionando como el proyecto más deliberadamente optimista del universo DC: un Batman y un Superman que se respetan, un tono heredero de la Edad de Plata, un rechazo explícito al cinismo que ha dominado las lecturas del género durante dos décadas. World’s Finest: Teen Titans es la extensión lógica de esa apuesta hacia abajo: si los adultos han encontrado el modo de llevarse bien, lo que le toca a la siguiente generación es descubrir, desde cero y con mucho más ruido, que llevarse bien cuesta trabajo. Mark Waid escribe los seis números que recoge este volumen con Emanuela Lupacchino en el arte y Jordie Bellaire en el color, y lo que los tres construyen es una historia sobre la dificultad de ser un equipo cuando cada miembro tiene dieciséis años, una identidad secreta y una opinión muy concreta sobre quién debería liderar el grupo. El resultado es sólido donde importa —en la dinámica entre personajes— y más débil donde el formato de seis números obliga a comprimir: el conflicto externo, el que proporciona los antagonistas, llega a la página con menos desarrollo del que su concepto merecía. Que el libro funcione de todas formas dice algo sobre lo bien que Waid entiende para qué sirven estos personajes cuando están juntos.

La fricción como motor

La decisión creativa que organiza el volumen entero es la de Mark Waid al construir el equipo: no quería un grupo de héroes adolescentes que se lleven de maravilla desde el primer número, porque un grupo que se lleva de maravilla desde el primer número no tiene historia. Lo que tiene en cambio es la colisión entre Dick Grayson —Robin, el discípulo de Batman, entrenado para pensar el heroísmo como una disciplina que no admite publicidad ni reconocimiento exterior— y Roy Harper —Speedy, el arquero, que quiere ser influencer y que ve en el equipo recién formado una plataforma además de una vocación—. Ese choque entre dos modelos de lo que significa ser un héroe joven en el presente no es solo el conflicto del primer número: es el hilo que atraviesa los seis y que Waid maneja con la inteligencia de alguien que sabe que la tensión entre dos formas de entender el mismo proyecto produce más drama que cualquier villano externo. Que la modernización —dar a personajes de 1964 smartphones y ansiedades de las redes sociales— resulte más convincente como motor de conflicto entre los protagonistas que como textura del mundo que habitan es la prueba de que Waid sabe exactamente para qué usarla: no como decorado de época sino como revelador de quién es cada personaje. Roy quiere ser visto. Dick quiere ser eficaz. Son exactamente las dos cosas que no se pueden querer al mismo tiempo del mismo modo, y llevan el mismo traje. Wally West —Kid Flash, el que corre más rápido y el que mejor entiende a todo el mundo— funciona como el tejido conectivo del equipo y como el personaje más útil del libro: el que sabe cuándo la discusión se está convirtiendo en un problema real y el que tiene la energía necesaria para cortarla antes de que lo haga. Waid escribe a Wally como el corazón del grupo con más convicción que a cualquier otro personaje, y Lupacchino lo dibuja en consecuencia: siempre en movimiento, siempre en el borde del encuadre, siempre a punto de llegar a algún sitio.

Lupacchino y el arte de dibujar a los que todavía crecen

Emanuela Lupacchino trae a World’s Finest: Teen Titans un registro visual que sirve exactamente a lo que el libro necesita y que es distinto del que Dan Mora aplica en la serie madre. Mora trabaja con una claridad casi cinematográfica, personajes muy definidos en espacios precisos, una geometría del superhéroe que funciona perfectamente para Batman y Superman como figuras de autoridad consolidada. Lupacchino dibuja más suave, más expresivo, más atento a los rostros como territorio donde los personajes procesan lo que están sintiendo antes de que el guion les permita decirlo. En un libro sobre adolescentes aprendiendo a ser equipo, esa elección de trazo importa: la rabia de Roy, la concentración de Dick, la ligereza perpetua de Wally, la dignidad de Donna Troy —Wonder Girl, el personaje que más convenientemente mantiene el libro en equilibrio cuando los dos líderes en disputa amenazan con llevar todo hacia el suelo— están todas en la cara antes de estar en el diálogo. Jordie Bellaire complementa el trabajo de Lupacchino con el criterio que ha demostrado en otros proyectos: la paleta del libro es luminosa en los momentos de acción y se oscurece con azules y verdes precisos cuando el tono emocional lo pide, sin que el cambio llegue a subrayarse en exceso. El resultado visual del volumen es consistente y apropiado, y la decisión de no intentar replicar la estética de la serie hermana sino encontrar la propia es, en retrospectiva, la más inteligente que los responsables del proyecto podían tomar.

Los Terror Titans y el problema del espejo roto

El concepto detrás de los Terror Titans es el más interesante del volumen y el que el formato no termina de desarrollar del todo. El grupo antagonista —Haywire, Toyboy, Ant, Artemis— está formado por candidatos rechazados en las pruebas de acceso al equipo, adolescentes con poderes que decidieron fundar su propia versión de lo que no los quiso. Es un espejo de los protagonistas con las costuras al aire: el mismo impulso de pertenecer a algo más grande, la misma necesidad de demostrar que merecen estar, la misma energía juvenil dirigida hacia el lado contrario. En un volumen más largo, ese paralelismo habría tenido espacio para desarrollarse hasta el punto en que el enfrentamiento entre los dos grupos fuera también un enfrentamiento entre lo que cada uno representa. En seis números, los Terror Titans llegan tarde, actúan con eficacia mecánica y se resuelven antes de que el libro pueda explorar lo que hace que sean algo más que un obstáculo con nombre propio. No es un fracaso —el conflicto entre los Titans y sus antagonistas funciona como climax estructural y Lupacchino lo dibuja con la energía que requiere— pero deja la sensación de que la idea valía más de lo que el espacio disponible le permitió valer. World’s Finest: Teen Titans es mejor como retrato de grupo que como historia de aventura, y las escenas en que el libro se detiene a dejar que Robin y Speedy discutan sobre quién tiene razón producen más tensión genuina que cualquier página de acción. Que eso no sea un defecto sino la descripción del libro que Waid quería hacer dice algo sobre cómo funciona cuando funciona: como una historia de adolescentes que tienen superpoderes pero que, en lo fundamental, comparten los mismos problemas que todos los adolescentes que no los tienen.