Una paliza previsible y sin brillo… pero con Russell Crowe en las MMA: ‘Beast (La bestia)’
El idilio del cine de acción con las artes marciales mixtas (MMA) funcionó durante un tiempo como el bálsamo perfecto para lamerse las heridas tras el agotamiento de las sagas de boxeo tradicional. Al empequeñecer el ring, abrazar la brutalidad del octógono y presentar al mundo coreografías de sumisión descarnadas, joyas como Warrior (Gavin O’Connor, 2011) encontraron la cuadratura del círculo del drama deportivo. Sin embargo, el salto a la pantalla comercial en este año 2026 exige un peaje dorado: una profundidad emocional y unos desafíos temáticos que justifiquen el visionado más allá del mero intercambio de mamporros. Tristemente, Beast (La bestia) —el largometraje coescrito y coestrellado por Russell Crowe junto al director Tyler Atkins— naufraga en su intento de camuflar lo que, a todas luces, no es más que una amalgama de clichés hipervistos, conformándose con ser una imitación barata y perezosa que se niega por completo a avanzar hacia terrenos inexplorados.

Un gladiador del anzuelo en el laberinto de las deudas criminales
La trama nos traslada a una Sídney industrial, hostil y nocturna, de gimnasios en el extrarradio y almacenes vacíos que delatan sus costuras melodramáticas de manual. Allí nos encontramos con Patton James (un Daniel MacPherson que cumple con un esfuerzo físico encomiable pero plano), una vieja leyenda de la MMA reconvertida en un arruinado pescador de arrastre que subsiste en un barco pesquero tras haber dejado atrás su vida de gloria. Sintiéndose acorralado por las deudas de su insensato hermano Malon (Mojean Aria) con los gánsteres locales y la necesidad de pagar un especialista médico para su hija enferma, Patton se ve obligado a aceptar una oferta desesperada de Gabriel (un Luke Hemsworth que encarna a un promotor con un patetismo y una bajeza caricaturesca que rompe el tono de la cinta). El desafío es una misión suicida: regresar a la jaula con solo siete semanas de entrenamiento para enfrentarse en Bangkok al despiadado y actual campeón mundial, Xavier Grau (Bren Foster).

El «contenido» digital frente al alma de la vieja escuela
La estructura del filme se divide de forma muy evidente en bloques tonales que copian descaradamente la fórmula de los éxitos pretéritos:
- El drama doméstico explicativo: El primer tramo se repliega en la culpa familiar y las conversaciones de cocina con su esposa Lucy (Kelly Gale). Es aquí donde el guion de Crowe y David Frigerio comete su peor pecado, abusando de diálogos redundantes que deletrean cada dilema moral en lugar de dejar que los personajes respiren, tratando las dinámicas emocionales como meros trámites para llegar a la violencia.
- La redención mística en el octógono: El tramo final traslada la acción a Tailandia, donde Atkins intenta compensar la falta de ideas con un misticismo religioso impostado. El combate final, filmado con un abuso de cámara lenta y heridas sangrientas, busca desesperadamente imitar la crudeza visceral de La pasión de Cristo de Mel Gibson, pero la saturación digital y los cortes de montaje terminan por devorar la limpieza de las llaves y los agarres en el suelo.

Una parábola de supervivencia machacona e intrascendente
Donde la producción muestra sus costuras de forma más flagrante es en el desaprovechamiento de su mayor reclamo comercial. Russell Crowe, que se reserva el papel de Sammy, el grujo y viejo entrenador lisiado que camina con dos bastones, firma una de las interpretaciones más desganadas y perentorias de su filmografía reciente, limitándose a sudar en chándal y mirar de reojo pantallas de televisión mientras gruñe directrices previsibles. A nivel sonoro, el diseño percusivo y las cuerdas de la banda sonora empujan al espectador a emocionarse de forma tramposa, subrayando una épica que las imágenes no son capaces de sostener por sí mismas. Beast (La bestia) es un pasatiempo sólido y competente para los entusiastas más acérrimos de la lucha enjaulada, pero carece por completo de la valentía y el calado psicológico que exige el gran cine deportivo. Una película perfectamente estructurada para el olvido que se saborea como un plato recalentado de sobremesa.





