De la derrota a las estrellas: Por qué la primera temporada de ‘For All Mankind’ es historia de la TV
Apple TV+ reescribió la historia del siglo XX con una pregunta tan sencilla como aterradora: ¿qué habría pasado si los rusos hubieran ganado la carrera espacial? Revisitamos la primera temporada de la serie que convirtió el espacio en el escenario del mayor drama social de la televisión.
El sueño americano, por el desagüe
La premisa de For All Mankind no se anda con chiquitas. Empieza con un puñetazo en el estómago: el cosmonauta soviético Alexei Leonov pisando el polvo lunar antes que Neil Armstrong en junio de 1969. Esa imagen, que abre la serie, no es solo un capricho de ucronía; es el catalizador de una NASA que, herida en su orgullo, se ve obligada a dejar de ser una oficina de burócratas para convertirse en una caldera de ambición y desesperación.
Lo que hace que esta primera temporada sea tan potente no es el despliegue técnico de los lanzamientos (que es soberbio), sino el rastro de amargura que deja en sus protagonistas. Edward Baldwin (Joel Kinnaman) no es el héroe de mandíbula cuadrada que esperarías de una cinta de Michael Bay. Es un hombre consumido por la rabia de haber estado tan cerca de la gloria y haber tenido que frenar por órdenes superiores. Su descenso a los infiernos, mezclado con la culpa del superviviente, es el ancla emocional que nos mantiene pegados al sofá mientras los Saturno V despegan.

El espacio ya no es cosa de hombres
Uno de los giros más inteligentes de Ronald D. Moore es cómo utiliza la victoria soviética para forzar un cambio social en EE. UU. que, en nuestra realidad, tardó décadas en llegar. Al poner los rusos a la primera mujer en la Luna, Nixon se ve obligado a reclutar a las ASCANs, un grupo de mujeres que tienen que demostrar el triple que sus compañeros para que las tomen en serio.
Aquí es donde la serie brilla con luz propia. El arco de Molly Cobb (Sonya Walger) es electrizante: una mujer que desprecia la propaganda y que solo quiere volar, enfrentada a un sistema que la ve como un objeto de relaciones públicas. Pero no es la única. La serie se atreve a meter el dedo en la llaga del racismo sistémico con Danielle Poole y en el secreto a voces de la homosexualidad reprimida en las agencias federales a través de Ellen Waverly. Es una lucha por la conquista del espacio, sí, pero sobre todo es una lucha por conquistar un espacio propio en la sociedad.

La base Jamestown: El primer hogar fuera de casa
Hacia la mitad de la temporada, la serie da un salto de gigante. Pasamos de las misiones cortas de «ida y vuelta» a la construcción de la Base Jamestown. Es en este entorno claustrofóbico, a miles de kilómetros de cualquier ayuda, donde For All Mankind se convierte en un thriller psicológico.
La soledad de Baldwin en la base, vigilando a los soviéticos desde el borde de un cráter mientras su vida familiar en la Tierra se desmorona tras una tragedia personal, es de lo mejor que se ha escrito para televisión en años. La serie nos recuerda que la Luna es un lugar hermoso, pero también un sitio donde un error de cálculo o un minuto de silencio de más pueden volverte loco. El uso de la música —ese contraste entre los hits de los 70 y el vacío absoluto del espacio— ayuda a crear esa atmósfera de «naugrafio de lujo» que tan bien le sienta.

Veredicto: El motor que nunca debió apagarse
La primera temporada de For All Mankind es un triunfo de la narrativa revisionista. No se limita a jugar con el «¿qué pasaría si…?», sino que utiliza la Luna como un espejo de las miserias y virtudes de la humanidad. A ratos es dura, a ratos es inspiradora, pero siempre se siente auténtica, como si estuviéramos viendo un documental de una realidad paralela que nos robaron.
Si este 2026 estás emocionado con el regreso de la Artemis II, volver a ver esta primera temporada es obligatorio. Es el recordatorio de que la tecnología solo avanza cuando tenemos un enemigo al que superar o un secreto que esconder. Y en For All Mankind, el mayor secreto es que, a veces, para llegar a las estrellas, tenemos que dejar atrás lo que más queremos en la Tierra.






