¿Era William Shakespeare un asesino? La sangrienta verdad tras el bardo de Avon
“¡Amigos, romanos… prestadme vuestros oídos!”. Hace pocos meses se estrenó a nivel mundial la película Hamnet, una magnífica adaptación cinematográfica que explora cómo la prematura muerte de su hijo de once años pudo haber inspirado y moldeado la posterior creación de su obra cumbre, Hamlet. La teoría es poética, conmovedora y profundamente humana. Sin embargo, aceptarla como la única verdad plantea una incómoda veta de sospechas.
De ser cierto que el dolor familiar guiaba su pluma hacia la tragedia, nos resultaría imposible justificar el destino del resto de sus textos. ¿Cómo explicaríamos entonces el ensañamiento en Romeo y Julieta? ¿Qué terrible pérdida justificaría la masacre de Ricardo III? ¿A quién lloraba realmente al ejecutar a Julio César? ¿Acaso toda la corte de Macbeth merecía ser exterminada? Si siguiéramos esa lógica biográfica, William Shakespeare no habría sido un genio melancólico, sino un asesino en serie de proporciones catastróficas. Una especie de segador implacable que diezmaba a su círculo cercano para alimentar sus libretos. La realidad, afortunadamente, es mucho menos truculenta y bastante más comercial: al bardo de Avon simplemente le apasionaba complacer a una audiencia adicta a lo macabro.

El vacío y el renacer de la escena europea
Para comprender los ríos de sangre que tiñen el drama isabelino, es imperativo analizar el contexto de su resurrección. Durante siglos, el teatro formal estuvo prácticamente prohibido en toda Europa. Considerado sacrílego por las autoridades eclesiásticas y perseguido por su potencial para corromper la moral pública, la representación actoral quedó reducida a la clandestinidad de los cómicos de la legua o a los misterios religiosos controlados. Cuando las restricciones comenzaron a aflojarse, el regreso de las artes escénicas no se produjo de manera uniforme, sino que adoptó las particularidades y la idiosincrasia de cada territorio. Eso sí, con una constante inicial compartida: las mujeres tenían estrictamente prohibido subirse a un escenario, siendo los hombres jóvenes quienes interpretaban los roles femeninos.
El motor de este regreso fue, en esencia, la necesidad universal de la humanidad de contar y escuchar historias. Pero el envoltorio físico de este renacimiento varió drásticamente en cada país. Mientras que en España el teatro resurgía en los patios interiores de los edificios residenciales —los famosos corrales de comedias—, en Inglaterra el destino del drama quedó sellado por una afición real mucho más visceral y violenta.

Sangre, arena y el nacimiento del corral inglés
Cuenta la crónica histórica que el origen de los recintos teatrales británicos le debe todo a los llamados deportes de sangre (blood sports). Siglos atrás, la monarquía y la nobleza se aficionaron a espectáculos dantescos tras presenciar combates singulares entre animales. El pasatiempo definitivo consistía en el bull-baiting (en hostigar a un toro bravo atado a un poste mediante el ataque de perros hostiles) y su variante con osos cargados de cadenas. El fervor por estas prácticas fue tal que, mediante la selección genética de los ejemplares más aptos, chatos y corpulentos para morder el cuello del astado sin soltarlo, nació una nueva raza canina diseñada exprofeso para la guerra: el bulldog.
Cuando estas exhibiciones se popularizaron entre las masas, se hizo necesario construir recintos estables y circulares con gradas para albergar a miles de apostadores en las afueras de Londres, en zonas como Bankside. Lugares míticos como The Beargarden pavimentaron el camino arquitectónico. Cuando las compañías de actores buscaron espacios masivos para representar sus obras de forma profesional, no acudieron a palacios cortesanos, sino que se instalaron en estos mismos recintos o replicaron exactamente su estructura de anfiteatro.
El público que pagaba un penique por entrar a ver una obra de Shakespeare era el mismo que el día anterior había vitoreado las tripas esparcidas de un caballo o un oso. Eran espectadores insensibilizados, rudos y con un gusto voraz por la acción directa y la violencia explícita. Las producciones isabelinas operaban bajo una lógica comercial idéntica a la que hoy en día utiliza el algoritmo de las plataformas de streaming: bicheaban las tendencias de consumo del usuario para producir exactamente lo que generaba un impacto inmediato. Si el espectador quería vísceras y venganza, el autor le daba decapitaciones, mutilaciones y fantasmas sedientos de sangre.

En la mente de un carnicero de ficción
A este gusto generalizado de la audiencia por la agresividad escénica se le sumaba la propia paranoia política de la era isabelina y jacobea. Inglaterra era un polvorín de conspiraciones palaciegas, ejecuciones públicas cotidianas en la Torre de Londres y amenazas constantes de invasión extranjera o guerra civil. La muerte no era un concepto abstracto para el público; era el telón de fondo de sus vidas.
Bajo este ecosistema, la famosa frase popular de que en las tragedias de Shakespeare «muere hasta el apuntador» cobra un sentido estrictamente profesional. El dramaturgo no sufría de un desequilibrio mental ni poseía un sadismo particular; simplemente entendía que para mantener la retención de una grada ruidosa y analfabeta, los conflictos debían resolverse por la vía rápida y letal. La violencia era el gancho definitivo.
Es innegable que la figura de Shakespeare está rodeada de mitos oscuros: desde la célebre leyenda que afirma que tuvo que huir de su Stratford natal tras ser descubierto cazando furtivamente ciervos en las tierras de un terrateniente local, hasta falsas habladurías populares sobre altercados tabernarios. Pero la realidad histórica desmiente cualquier pulsión sanguinaria. William Shakespeare no era un asesino, ni un hombre macabro, ni un criminal oculto tras la poesía de sus versos. Bueno… al menos no más de lo que dictaba la implacable y brutal época que le tocó vivir.





