El cine español ha perdido a Manolo Solo: el actor imposible de ignorar en todas sus películas
Manuel Jesús Fernández Serrano, el hombre que el cine español conocía como Manolo Solo, ha fallecido este 30 de julio de 2026 a los 62 años a consecuencia de un cáncer. Nacido en Algeciras en 1964 y criado en Sevilla, donde estudió Ciencias de la Educación antes de formarse como actor en el Instituto de Teatro de la ciudad, Solo llegó a la interpretación desde un lugar que pocas veces recogen las biografías de actores consagrados: antes de pisar un escenario de manera profesional fue bajista y vocalista de varios grupos de la escena musical sevillana de los ochenta y noventa, entre ellos la banda de rock Los Relicarios, con la que llegó a publicar dos discos. El salto definitivo al cine llegó en 2002, y lo que vino después fue una de las carreras más sólidas, más elegantes y, paradójicamente, más invisibles que ha dado el cine español contemporáneo: más de cincuenta largometrajes, cuatro décadas de trabajo ininterrumpido y la rara habilidad de estar siempre en los proyectos importantes sin que nadie pudiera acusarle de perseguirlos.
Porque el catálogo de Manolo Solo es, antes que nada, un catálogo de las mejores películas que ha producido este país en los últimos veinte años. Estuvo en El laberinto del fauno de Guillermo del Toro, en Celda 211 de Daniel Monzón, en Biutiful de Alejandro González Iñárritu, en La isla mínima de Alberto Rodríguez y en El buen patrón de Fernando León de Aranoa, la que le valió su cuarta nominación al Goya. La estatuilla la ganó en 2017, cuando su trabajo en Tarde para la ira —el debut como director de Raúl Arévalo— se llevó el reconocimiento al mejor actor de reparto con la clase silenciosa de quien no necesita que el momento sea grande para hacerlo recordable. En televisión dejó rastro en 30 monedas de Álex de la Iglesia, en La peste y en la miniserie Anatomía de un instante, uno de sus últimos trabajos. El penúltimo largometraje de Víctor Erice, Cerrar los ojos, lo tuvo también entre su elenco. Es el tipo de filmografía que no se construye por accidente ni por agenda: se construye siendo el actor que los mejores directores de una generación quieren tener cerca cuando el proyecto importa de verdad.
Lo que el cine español pierde con Manolo Solo es algo que resulta difícil de nombrar sin caer en el elogio vago: no era el actor que llenaba la sala con su nombre en el cartel, sino el que llenaba la escena con su presencia en ella. La discreción, en su caso, no fue nunca una limitación sino una elección sostenida a lo largo de treinta años: la de un intérprete que entendió que el trabajo estaba en la pantalla y no en lo que había alrededor. El cine español tiene sobrada tradición de actores que saben ocupar el primer plano. Tenía muchos menos que supieran hacer lo que hacía Manolo Solo: sostener una película desde el lugar donde nadie mira, y hacerlo de manera que resultara imposible imaginarla sin él.





