‘Wisdom: Rudiments of Wisdom’ (2007): hadas, espías y el primer cómic de Paul Cornell
Rob Delaney interpretó a Pete Wisdom en Deadpool 2 (2018) y repitió en Deadpool & Wolverine (2024), convirtiendo en actor de franquicia a un personaje que Warren Ellis y Ken Lashley crearon en 1995 para Excalibur modelando a un espía mugriento según Jack Regan, el inspector de Los Profesionales que resolvía los casos a puñetazos. Antes de que Delaney lo llevara a la pantalla, antes de que Paul Cornell lo convirtiera en el eje de su trabajo definitivo —Captain Britain and MI-13 (2008)—, hubo una miniserie de seis números bajo el sello MAX de Marvel publicada entre noviembre de 2006 y comienzos de 2007 y recopilada en tomo en agosto del mismo año: Wisdom: Rudiments of Wisdom es el primer trabajo de Cornell en el cómic, y llega con la conciencia de alguien que viene del Doctor Who novelizado y de la BBC sabiendo exactamente el tipo de historia que quiere contar y con la suficiente libertad del sello adulto para contarla.

Pete Wisdom, MI-13 y el Beatle que resultó ser un Skrull
La premisa parte del archivo: Pete Wisdom es un mutante con garras de plasma superenergizado —las hot knives que lanza desde las yemas y que desaparecen al contacto— que pasó años en Black Air y en el MI6 antes de que el gobierno británico lo pusiera al frente del MI-13, la rama de inteligencia dedicada a las amenazas sobrenaturales y extraterrestres que el espionaje convencional no está equipado para gestionar. El equipo que Cornell construye a su alrededor define el tono del libro antes de que la trama principal arranque: John el Skrull es un alienígena desertor que se infiltró en Gran Bretaña décadas atrás formando parte de una operación en la que cuatro Skrulls tomaron las identidades de los Beatles —el suyo era John Lennon— y que nunca recuperó del todo la forma que tenía antes de la impostura; Tink es una hada rebelde que abandonó Avalon por razones que la serie revela con la paciencia del que no necesita apresurar la justificación; el Capitán Midlands es un supersoldado de la Segunda Guerra Mundial cuyo cuerpo aguantó mejor que su época; y Maureen Raven tiene una percepción casi telepática y es la complicación emocional de Pete, con el detalle añadido de que su hijo resultará ser el Killraven del universo 616. Este es el universo en el que el cómic ocurre: uno en el que John Lennon fue un Skrull durante décadas sin que nadie en el aparato de inteligencia británico lo considerara un asunto urgente.

Las hadas de Avalon, el Destripador de alquiler y el MI6 que quiere recuperar el control
Los seis números funcionan en dos registros. Los tres primeros son casos de estructura más o menos episódica: una invasión desde Otherworld —Avalon como origen de criaturas que el folclore británico tiene catalogadas como benignas y que aquí son tan peligrosas como cualquier amenaza convencional—; un incidente en una base militar de Wiltshire que Cornell vincula a la historia personal de Wisdom y sitúa en la geografía de su propia infancia; y una historia galesa con un gánster, un dragón y el kung-fu que es la más caótica del volumen y también la que tiene más claro que la comedia no es un tono de emergencia sino el registro natural de todo esto. El Jack el Destripador es el detalle más logrado de la primera mitad: Cornell no reutiliza el mito sino que lo tuerce —James Ransom, un guía turístico con capacidad de tirar de la realidad para invocar copias del asesino— con la precisión del que sabe que el referente solo funciona si se le aplica algo de presión. La figura del turismo oscuro de Londres como industria de explotación satura la escena con la economía de quien lleva años escribiendo sátira institucional antes de que eso tuviera nombre. Los tres últimos números arman un arco continuo sobre el conflicto entre el MI6 y el MI-13 por la jurisdicción sobre los asuntos raros de Gran Bretaña: dos organismos que prefieren pelear entre ellos antes que resolver el problema, con la certeza burocrática de que la competencia interna es más urgente que cualquier amenaza exterior.

El debut de Cornell y el camino que lleva a Captain Britain
Cornell llega al cómic con el repertorio del novelista de televisión: cajas de banda sonora que funcionan como didascalias musicales, subtexto de registro manga para los estados emocionales que el diálogo no nombra, la comedia de Richard Lester —el director de A Hard Day’s Night— como modelo de timing entre escena y escena. Trevor Hairsine dibuja los cuatro primeros números y Manuel Garcia los dos últimos, y la diferencia entre los dos estilos acusa más en formato tomo que en publicación mensual: Hairsine tiene una solidez de línea que encaja con la parte espionaje; Garcia una fluidez más cartoon que sirve mejor a los momentos cómicos; y el libro no siempre hace invisible la costura entre uno y otro. Ninguno de los dos es el problema —el problema es que la estructura episódica de los primeros números y el arco más trabado del final no terminan de respirar al mismo ritmo—, pero los dos defectos son los que tiene un primer trabajo escrito con demasiadas ideas para el espacio disponible, no los de uno que no sabe qué quiere. Lo que Wisdom: Rudiments of Wisdom sí demuestra es la viabilidad de un cómic de superhéroes británico que toma la historia, el folclore, la burocracia y el humor de su país de origen como material de trabajo antes que como decorado pintoresco. Cornell tuvo tiempo de perfeccionarlo: dos años después llegó Captain Britain and MI-13, que es donde todo lo que aquí empieza a funcionar funciona del todo, y donde el mismo Pete Wisdom es, por fin, el personaje que este libro prometió que podía ser.





