‘1883’ (Paramount+, 2021): la marcha fúnebre de los Dutton y el mejor Sam Elliott desde hace décadas

Taylor Sheridan escribió el guion del primer episodio de 1883 en una semana. La razón fue Isabel May: la vio en la sala de casting, decidió que era Elsa Dutton, y tuvo claro que la historia que iba a contar necesitaba una voz concreta antes de que él supiera del todo cuál era esa historia. Escribió los diez episodios él solo, dirigió el primero, y luego describió el resultado como «una película de diez horas con un final» —no una temporada de televisión, no el inicio de algo, sino una obra que termina de verdad y donde los personajes pagan el precio que la honestidad histórica exige. 1883 es la primera precuela de Yellowstone cronológicamente, la que explica cómo los Dutton llegaron a Montana y por qué ese pedazo de tierra vale lo que vale. También es, por separado, la mejor serie western americana desde Deadwood, con todas las diferencias que eso implica: Sheridan no está haciendo lo que David Milch hizo, ni tiene sus ambiciones lingüísticas ni su brutalidad barroca, pero sí construye algo que Deadwood no se permitió del todo —una historia sobre el precio personal del mito fundacional, contada desde la tumba de quien lo paga.

Sheridan, la caravana y los inmigrantes que nadie preparó para lo que venía

La estructura de 1883 es la del road western clásico: una caravana de inmigrantes europeos —alemanes en su mayoría, que cruzaron el Atlántico con la promesa de tierra en el Oeste y sin la menor idea de lo que eso significaba— viaja desde Fort Worth, Texas, hasta el noroeste del país bajo la guía de Shea Brennan y su socio Thomas, agentes de Pinkerton con experiencia de guerra y sin ninguna ilusión sobre el territorio que atraviesan. James y Margaret Dutton van en la caravana con sus dos hijos: Elsa, diecisiete años, que narra la serie en retrospectiva desde un punto que el espectador no conoce todavía, y John, que en Yellowstone será el patriarca del rancho que su padre está intentando encontrar.

Los inmigrantes son el elemento que le da a la serie su textura más inesperada. Josef —Marc Rissmann, el intérprete alemán que actúa como representante no oficial del grupo— lidera a personas que han pagado todo lo que tenían para estar en una caravana en la que morirán en proporción devastadora. Sheridan los usa para hacer visible algo que el western americano convencional tiende a invisibilizar: que la conquista del Oeste no fue una gesta de pioneros anglosajones sino el resultado del trabajo y el sacrificio de gente que llegó sin el idioma, sin el mapa y sin el entrenamiento, y que pagó el aprendizaje en sangre. La caravana no es el escenario de la aventura; es el escenario de la pérdida. Cada episodio deja algo en el camino —personas, animales, esperanzas sobre lo que el Oeste iba a ser— y la acumulación de bajas es lo que le da a la travesía su peso específico.

El presupuesto —169 millones de dólares para diez episodios, rodados en Texas y Montana— se ve en la escala visual. Ben Richardson, director de fotografía, lleva la luz del mediodía de Texas y la luz invernal de Montana como si fueran dos personajes distintos, y el resultado es una de las series más fotogénicamente honestas sobre el paisaje americano de los últimos años: no el Oeste como escenario pintoresco sino el Oeste como condición climática y geográfica que los cuerpos tienen que negociar o perder.

Sam Elliott, Isabel May y la narración que divide

Sam Elliott es la razón de ver 1883 y el argumento más sólido a su favor. Shea Brennan es un hombre que perdió a su esposa y a su hija en una epidemia de viruela, que trabaja como agente de Pinkerton no porque necesite el dinero sino porque necesita que los días tengan una dirección antes de que él decida cuándo terminan. Elliott lleva a Shea con la economía de alguien que lleva décadas sabiendo exactamente cuánto espacio ocupa en un plano: ningún gesto de más, ningún momento de subrayado, la tristeza depositada en la mandíbula y en la forma de mirar el horizonte como si lo que hay al otro lado no le debiera nada. El Screen Actors Guild se lo dio a Elliott como mejor actor en miniserie o película de televisión y es el tipo de reconocimiento que llega tarde y sabe bien: Elliott tenía setenta y siete años en el momento del estreno y llevaba décadas siendo la persona más fiable de los repartos en los que aparecía sin que eso se hubiera traducido en un papel que estuviera a su altura. 1883 le da ese papel.

Tim McGraw y Faith Hill como James y Margaret Dutton no son actores de formación —son dos de los artistas de música country más conocidos de los últimos treinta años— y la serie los usa exactamente como lo que son: dos personas con presencia natural y química real que no necesitan elaborar la relación entre sus personajes porque llevan viviendo algo parecido a ella desde antes de conocerse. El matrimonio Dutton funciona en pantalla por la misma razón que funciona en los tabloides: porque se creen el uno al otro.

Isabel May lleva la narración en primera persona de Elsa, que es el elemento más debatido de la serie y el que más divide a quienes la defienden de quienes la encuentran prescindible. La comparación inevitable es con Linda Manz narrando Days of Heaven —esa voz de chica joven que comenta desde fuera una historia que se contaría igual sin ella—, y Sheridan es consciente de la deuda: la usa como herramienta para instalar desde el primer minuto la melancolía retrospectiva que lo que Elsa va a contar requiere. El problema que algunos señalan, con razón, es que los monólogos tienen momentos de grandilocuencia que el mundo que describen no necesita —la brutalidad de la frontera no necesita glosa poética para ser brutal—, y que esa distancia entre el registro de la voz y el registro de los hechos produce en algunos episodios una fricción que la dirección no siempre resuelve. Lo que May hace con el personaje fuera de la narración —el arco de Elsa desde la curiosidad adolescente hasta la comprensión definitiva de que el oeste no era lo que esperaba— es más sólido que lo que se le pide que diga. LaMonica Garrett como Thomas, el compañero de Shea, lleva la mayor parte del trabajo emocional de los episodios centrales con la discreción del actor que sabe que el personaje que está haciendo no necesita más espacio del que tiene para funcionar.

El final de Elsa, el final de Shea y el rancho que viene de todo eso

1883 termina de verdad, que es algo que la televisión de plataforma no siempre se permite. Elsa muere de una herida de flecha en brazos de su padre, en el valle de Montana que James ha identificado como el lugar donde va a fundar su rancho; el rancho se llama como ella, de la manera en que se nombran las cosas que se pierden cuando aún se pueden nombrar. Shea Brennan cumple la promesa que le hizo a su hija muerta —llegar a ver el océano Pacífico— y se quita la vida en la playa, frente al mar, con la serenidad de alguien que ha terminado de hacer lo que tenía que hacer. Son dos finales que se merecen lo que cuestan porque la serie los ha construido desde el primer episodio sin esconder adónde va: el destino de Elsa está en la voz con la que narra desde el principio, y el destino de Shea está en cada conversación que tiene sobre si el viaje tiene sentido para alguien que ya no tiene a nadie esperándole al final.

Lo que 1883 consigue que no consigue Yellowstone —que es una serie sobre la violencia de mantenerse en un lugar— es la elegía. La serie original es sobre el coste de poseer tierra; esta precuela es sobre el coste de encontrarla. La diferencia es moral además de dramática: los Dutton de Yellowstone defienden algo que ya tienen; los Dutton de 1883 consiguen algo que les costará a los demás lo que no vale ninguna tierra. Sheridan lo sabe y no lo suaviza. El rancho de Montana que en Yellowstone vale millones y genera décadas de conflicto empezó como una tumba. 1883 es la serie que tiene la honestidad de mostrar eso.