‘La huella del mal’ (2025): Blanca Suárez, Atapuerca y un thriller que desaprovecha su mejor baza
El yacimiento de Atapuerca, en la sierra burgalesa, contiene los restos de homínidos más antiguos de Europa Occidental y es Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000. Nadie había rodado una película de ficción allí antes de que Manuel Ríos San Martín consiguiera los permisos para hacerlo. El concepto que trajo como justificación era el de su segunda novela: un asesino que dispone el cuerpo de una joven desnuda en posición fetal, donde debería estar la réplica de un enterramiento neandertal, en el Centro de Arqueología Experimental. Un crimen ritual que repite con exactitud otro de seis años atrás. La violencia como palimpsesto prehistórico, el mal como herencia genética que se transmite desde antes de que existiera el lenguaje para nombrarlo. Era una premisa con densidad, un escenario sin precedentes en el cine español y una pregunta genuina sobre la naturaleza del crimen que muy pocos thrillers se plantean antes de ponerse a filmar persecuciones. La huella del mal tiene todo eso y no sabe del todo qué hacer con ello.

Ríos San Martín, la novela y la decisión de Atapuerca
Manuel Ríos San Martín es novelista antes que cineasta: el guion es la adaptación de su propio libro, coescrito con Victoria dal Vera, y lleva la marca de quien construyó la historia en un soporte donde el ritmo tiene reglas distintas. Ríos había dirigido ya capítulos de series —trabajó con Daniel Grao en Sin identidad— y llegó a este proyecto con la intención declarada de hacer un thriller más emocional que los que el género produce habitualmente en España, con protagonistas menos duros y tramas que se alejen de la violencia de género y el narcotráfico como eje. Lo que propone en su lugar es una pareja de investigadores con historia personal, un crimen que conecta el presente con la prehistoria más remota y un paisaje —el interior castellano, la sierra, los túneles y réplicas del yacimiento— que en el cine español de género no tiene equivalente.

La decisión de escenario es el mayor activo de la película y también el que el guion lleva peor. El yacimiento de Atapuerca fotografiado por Ángel Iguácel tiene una escala y una textura que el thriller español raramente puede permitirse; el paisaje exterior, inhóspito y antiguo, le da a las escenas de investigación un peso específico que los interiores de comisaría no tienen. El problema es que las escenas que intentan hacer explícita la conexión temática entre el crimen del presente y la prehistoria —secuencias que recrean o evocan comportamientos de homínidos, intercaladas con la trama principal— no terminan de encontrar el registro en el que esa conexión resulta dramáticamente creíble. La idea de que el mal está inscrito en la biología humana antes de que la cultura lo haya racionalizado es lo suficientemente interesante como para estructurar una película entera, pero requiere un tratamiento que el guion no acaba de darle: esas secuencias flotan entre la recreación histórica y el simbolismo sin anclar del todo en ninguno de los dos.

Blanca Suárez, Daniel Grao y la pareja que la película necesita que funcione
La inspectora Silvia Guzmán es el personaje más trabajado del guion y el que Blanca Suárez lleva con mayor consistencia. Ríos quería un protagonista empático antes que agresivo, y Suárez construye a Guzmán desde una vulnerabilidad que no es debilidad —es el residuo de un caso sin resolver que se reabre antes de que ella haya terminado de procesar el anterior—, y que hace que las escenas de investigación tengan un peso emocional que el género suele sacrificar en favor del procedimiento. Es una actuación que funciona en los momentos de contención y que acusa algo más de esfuerzo en los que el guion le pide más de lo que la escena puede sostener.

Daniel Grao hace de Daniel Velarde, el exnovio de Guzmán también vinculado al caso, con la solvencia técnica que lleva años demostrando en televisión: es un actor con precisión y con la inteligencia de no subrayar lo que el personaje ya lleva escrito. La química entre los dos protagonistas —que Ríos vendió como uno de los argumentos de la película durante la promoción— existe en las escenas de tensión profesional y se vuelve más convencional en las que el guion pide que la relación personal ocupe el primer plano. No es un problema de los actores; es un problema de que la historia sentimental entre ellos no tiene el espacio ni el desarrollo que necesitaría para ser algo más que el contexto emocional de una investigación.

El reparto de apoyo cumple su función sin más: Fernando Cayo, Cosimo Fusco y Aria Bedmar en papeles que el guion distribuye con la lógica del thriller de sospechoso múltiple, donde cada personaje secundario existe principalmente para ser incluido o excluido de la lista de culpables.

Lo que el thriller español tiene resuelto y lo que esta película no resuelve
La huella del mal llegó a cines el 4 de abril de 2025 y a Netflix en julio del mismo año. En plataforma fue lo que los thrillers españoles de crimen suelen ser en plataforma: un título que la audiencia consume con la velocidad del género cuando el misterio central tiene suficiente tracción para sostener el metraje, que en este caso son 105 minutos. El thriller español de crimen lleva una década produciendo series y películas con una eficiencia que el mercado recompensa, y La huella del mal tiene los elementos del género en su sitio: la pareja de investigadores con tensión no resuelta, el crimen escabroso, el pueblo con secretos, el sospechoso que se escapa de la primera investigación y vuelve a aparecer.

Lo que no tiene resuelto es el argumento a favor de su propia originalidad. La premisa arqueológica y prehistórica —el elemento que la diferencia de cualquier otro thriller español rodado antes— necesitaba un tratamiento más arriesgado para convertir la ambición temática en algo que la película no pudiera haber sido sin ella. Atapuerca como escenario visual está; Atapuerca como argumento sobre la naturaleza del mal y la herencia de la violencia está a medias, en un guion que pone la idea en la entradilla y la ilustra con secuencias que no terminan de integrarse con la trama policial. Ríos San Martín quería hacer un thriller diferente a los thrillers españoles habituales y rodó en el lugar más singular que alguien podría haber elegido. El resultado es una película que sabe que tiene algo que decir y no siempre encuentra cómo decirlo sin interrumpir lo que ya estaba funcionando.





