‘Johnny Red: The Hurricane’ (2025): Garth Ennis y el Frente Oriental que Battle tuvo el valor de contar
El editor de Battle Picture Weekly Dave Hunt quería en 1976 una historia de aviación que equilibrara los distintos frentes de la revista. El guionista Tom Tully trajo la propuesta y eligió el avión: un Hawker Hurricane. No el Spitfire —el caza glamoroso de la RAF, el héroe del imaginario popular británico—, sino el Hurricane, el aparato de líneas más toscas que hizo más del trabajo real de la Batalla de Inglaterra y que nunca llegó a tener la marca del otro. Era una decisión política antes que técnica: Johnny Redburn, el piloto de Liverpool que iba a protagonizar la historia, era un chico de clase obrera que la RAF no quería por un incidente sin gloria, y el Hurricane era su avión. Battle Picture Weekly #100 salió el 29 de enero de 1977 con el debut de la serie, y lo que Tully y el dibujante Joe Colquhoun pusieron en marcha era inusual por razones que iban más allá del avión: en plena Guerra Fría, una revista de cómics bélicos británica mostraba a un piloto inglés combatiendo junto al Ejército Rojo en el Frente Oriental, y retrataba a los soviéticos no como antagonistas ni como abstracciones ideológicas sino como camaradas con nombres, muertes y sentido del humor. Johnny Red fue la historia más popular de Battle en 1979. La serie llegó hasta 1987, cuando las ventas cayeron y pasó a reimpresiones. Garth Ennis tenía doce años cuando empezó a leerla. Cuando Titan Comics le ofreció escribir una continuación en 2015, tardó poco en decir que sí.

Tom Tully, Joe Colquhoun y la herencia que Ennis recibe
Battle Picture Weekly fue la mejor revista de cómics de guerra que Gran Bretaña produjo, y lo fue porque sus editores entendieron que el género podía soportar complejidad moral sin perder el espectáculo que sus lectores esperaban. Charley’s War, Darkie’s Mob, D-Day Dawson: historias sobre hombres atrapados en guerras que los superaban y sobre sistemas militares que los consumían, publicadas en una revista de quiosco para adolescentes durante los años setenta y ochenta, sin que la industria del cómic anglosajón lo registrara como algo extraordinario hasta décadas después. Johnny Red pertenecía a esa tradición con un elemento adicional: el escenario del Frente Oriental, donde la guerra fue más brutal y más determinante que en ningún otro teatro de operaciones, obligaba a la serie a tratar con los soviéticos de un modo que el contexto de la Guerra Fría hacía incómodo. Tully y Colquhoun lo resolvieron con la lógica del buen cómic popular: no con argumentos geopolíticos sino con personas. Los Halcones —la escuadrilla soviética que Redburn acaba liderando después de que el azar y la guerra lo dejen sin otra opción— tienen caras, apodos y manías; sus muertes cuestan algo; y el comisario del NKVD que supervisa la escuadrilla con desconfianza es un antagonista tan peligroso como los pilotos de la Luftwaffe.

Ennis lleva años siendo el escritor de cómics bélicos más serio del mercado anglófono. Battlefields, War Stories, Dreaming Eagles: una bibliografía que trata la Segunda Guerra Mundial —y otras guerras— con la misma mezcla de rigor histórico, camaradería masculina bajo presión extrema y elegía por los muertos que define su trabajo desde que publicó su primera historia de Sexton Blake para Crisis. Johnny Red: The Hurricane es el primer volumen de la presentación completa de la serie que Rebellion, bajo el sello Treasury of British Comics, está construyendo: incluye los ocho números de la miniserie que Ennis y Burns publicaron en Titan Comics en 2015-2016, más material adicional —una introducción de Dave Hunt, el editor original de Battle, una conversación entre Hunt y Ennis— y es el inicio de un proyecto que terminará con un nuevo final, escrito por Ennis, para una historia que en 1987 se interrumpió sin resolución definitiva.

Ennis, el respeto como doble filo y el arte de Burns
La decisión más evidente del guion de Ennis es la de contenerse. The Hurricane es más sobria de lo que el lector habitual de The Boys o Preacher esperaría: hay violencia, hay humor negro, pero la proporción entre ambas cosas y el peso emocional que las rodea está calibrado de un modo que refleja el respeto de Ennis por la obra que está continuando antes que su propio instinto. Eso tiene dos consecuencias. La primera es que la camaradería —el elemento central de cualquier historia de guerra que funcione— ocupa el espacio que en otras obras de Ennis habrían ocupado el exceso o la provocación, y el resultado es que la escuadrilla de los Halcones se siente como un grupo de personas reales con una dinámica establecida antes del primer número. La segunda es que el guion no tiene la chispa de originalidad de su mejor trabajo: Ennis es tan devoto del material original que la historia se mueve con la fluidez del homenaje bien ejecutado antes que con la urgencia de algo que solo él podría haber escrito.

La estructura tiene dos líneas temporales. En el presente, Tony Iverson —un millonario americano— compra el casco oxidado de un Hawker Hurricane sacado de un pantano alemán y tira del hilo de su historia hasta llegar a los Halcones y a Stalingrado. En el pasado, la conspiración que atrapa a Redburn y a Nina Petrova —una piloto de las Noches Brujas, las legendarias bombarderas nocturnas soviéticas— tras las líneas enemigas organiza la acción en un thriller de operaciones que Ennis maneja con soltura. Los pilotos alemanes reciben un tratamiento que el cómic de guerra británico convencional nunca les habría dado: caballeros del aire con su propio código y sus propias dudas, en la tradición del Frente Aéreo como espacio donde la ética militar resistía lo que la política había corrompido. Los funcionarios soviéticos, en cambio, son el tipo de antagonistas que el género lleva décadas produciendo, y es el único elemento donde la complejidad que la serie promete no termina de materializarse.

Keith Burns es un pintor de aviación antes que un dibujante de cómic, y la diferencia se nota en el sentido preciso: el trabajo es excepcional cuando hay aeronaves en el aire. Los combates entre el Hurricane y los Messerschmitt de la Luftwaffe tienen una dinámica espacial que muy pocos dibujantes de cómic dominan —la velocidad, la tridimensionalidad del espacio aéreo, el peso distinto de cada tipo de aparato— y son la razón principal por la que este libro tiene sentido como experiencia visual. La dificultad está en las caras: Burns construye los planos de acción con la convicción del especialista, y los planos de dos personas hablando con la solvencia del profesional que sabe que no es su terreno. Las páginas de archivo y los bocetos que incluye el volumen confirman que Burns conoce el hardware con la precisión del historiador, y que la adaptación de ese conocimiento al lenguaje de la secuencia gráfica es un proceso que en las escenas humanas aún lleva la marca del esfuerzo. Los colores de Jason Wordie —especialmente en las secuencias nocturnas— compensan parte de esa tensión con una paleta que hace de la oscuridad del frente ruso un espacio atmosférico coherente.

El Frente Oriental como género y lo que viene después
Johnny Red fue una anomalía en su momento y sigue siéndolo en cierta medida: la guerra más brutal del siglo veinte, el teatro de operaciones donde murieron más de veinte millones de soviéticos y donde la historia del conflicto se decidió de un modo que la narrativa anglosajona del cómic bélico raramente se detuvo a procesar, contada con simpatía hacia sus protagonistas en una publicación de quiosco británica durante la Guerra Fría. Ennis hereda esa anomalía y la respeta. Lo que hace con ella no es ampliarla —el tono es el del homenaje y no el de la reinvención— sino demostrar que todavía funciona, que la combinación de rigor histórico, camaradería y elegía que Tully y Colquhoun construyeron en Battle resiste el paso del tiempo y la traslación a un formato de álbum de calidad.

El proyecto de Rebellion es recuperar todo el material de Johnny Red —la obra completa de Tully y Colquhoun, las continuaciones con Cooper y Pino, la miniserie de Ennis— y cerrarlo con un final que Ennis escribirá para una historia que la industria dejó inconclusa hace casi cuarenta años. The Hurricane es el primer volumen de ese plan, y funciona como argumento a favor de él: no como la mejor obra de ninguno de sus autores, sino como la obra que demuestra por qué este personaje mereció siempre más de lo que el mercado del cómic anglosajón supo darle.





