‘Grande de España’ (Netflix, 2026): la comedia de clases que Berlanga habría empujado más lejos
Álvaro Fernández-Armero y Juan Cavestany construyeron con Vergüenza (Movistar+, 2017-2020) la mejor comedia de incomodidad que ha producido la televisión española en los últimos veinte años: tres temporadas en las que Javier Gutiérrez interpretaba a un fotógrafo de bodas y comuniones incapaz de percibir el daño que causaba, y Malena Alterio cargaba con el peso dramático de tener que recogerlo en cada escena. Era una comedia que no pedía que el espectador simpatizara con nadie y que funcionaba precisamente porque la incomodidad nunca se resolvía. Grande de España es la primera serie que Fernández-Armero y Cavestany hacen para Netflix, y el salto de Movistar+ a Netflix no es solo logístico: es la diferencia entre una plataforma que permitía la rareza y una que necesita que el resultado sea asimilable por una audiencia global. Grande de España es asimilable. Y eso, viniendo de ellos, es el dato más importante de la serie antes de que empiece el primer episodio.

El marqués arruinado, la falsa empresaria y la premisa que la picaresca española lleva tres siglos puliendo
Don Leandro es un marqués de Madrid con el palacete familiar, el título y la obsesión de que el rey lo nombre Grande de España. No tiene dinero. Alquila sus salones a productoras de anuncios y de cine para adultos y mantiene impecables las partes de la casa donde recibe visitas, porque las apariencias son lo único que le queda del mundo que cree merecer. Cuando pone el inmueble a la venta, aparece Sofía Carrington: empresaria adinerada, maneras de clase alta, la compradora perfecta. Sofía Carrington no existe. La persona que negocia la compra del palacete es Conchi, trabajadora de clase media que ha construido una identidad de lujo con la misma determinación con la que Don Leandro mantiene la suya.

La premisa es un doble impostor y es, en ese sentido, tan española como el Lazarillo: dos personas que persiguen ficciones de estatus, una heredada y en derrumbe, otra fabricada sobre la nada, que terminan reconociéndose en el otro antes de reconocerse a sí mismas. Cavestany y Fernández-Armero lo saben y lo usan: la serie tiene la conciencia de estar dentro de una tradición y hace sus guiños a ella con la soltura de quien no necesita demostrar erudición. El problema no es el concepto sino lo que se hace con él en seis episodios de media hora, un formato que la propia estructura de la historia sugiere que era mejor como película —o como los dos capítulos de Vergüenza que los mismos creadores habrían hecho con ese mismo material hace ocho años, con menos necesidad de justificarlo ante nadie.

Antonio de la Torre, Alexandra Jiménez y el reparto que aguanta lo que el guion no siempre le da
Antonio de la Torre lleva la comedia de Don Leandro con la facilidad del actor que ha entendido que el personaje es fundamentalmente ridículo y que la única manera de que eso funcione es no saberlo. La combinación de importancia y desesperación que De la Torre deposita en cada escena —el marqués que exige un trato que nadie le debe ya pero que tampoco termina de renunciar a él— es el tipo de trabajo cómico que parece sencillo y no lo es: requiere que el actor se tome absolutamente en serio algo que el espectador no puede. Lo hace durante seis episodios sin que la caricatura se agote ni se vuelva repetitiva, que es más de lo que el guion merece en algunos momentos.

Alexandra Jiménez tiene el papel más difícil y el más interesante de la serie porque tiene que ser dos personas en el mismo plano: la Sofía que construye cuando está con Leandro —la mirada, el andar, la dicción— y la Conchi que se le cuela entre los dedos cuando la situación se complica. Jiménez maneja esa dualidad con la inteligencia de quien sabe que el chiste de la escena y el drama del personaje son la misma cosa y que separarlos mataría a los dos. La química entre los dos protagonistas, que el proyecto vendió durante la promoción como uno de sus argumentos, existe y es el elemento más sólido de la serie: las escenas en las que los dos están juntos y ninguno de los dos es exactamente quien dice ser tienen una tensión cómica real que el formato estira pero no destruye.

El reparto de apoyo —Mercedes Sampietro, Fernando Andina, Teresa Rabal— funciona con la eficiencia del ensemble de comedia que sabe que su trabajo es hacer que el centro tenga donde apoyarse. El secretario y chófer de Leandro y la prima/amante suman situaciones absurdas sin evolucionar; la hija con su boda como subplot tiene un giro hacia el final que no se ha preparado lo suficiente y aterriza como arbitrariedad donde tendría que aterrizar como revelación.

El tono que no termina de decidirse y lo que eso cuesta
El consenso crítico sobre Grande de España es el de una serie que se queda a medio camino entre la comedia sin concesiones que su premisa invita a hacer y el drama de empatía que su audiencia de Netflix necesita que sea. Cavestany y Fernández-Armero nunca llevan los giros al límite que alcanzarían si no tuvieran que preocuparse por el espectador que lleva veinte minutos en el sofá y todavía no ha decidido si va a quedarse. El humor está calibrado para no incomodar demasiado, que es exactamente la decisión contraria a la que tomaban en Vergüenza, donde la incomodidad era el mecanismo principal. La referencia que la serie invoca naturalmente —el cine de Berlanga, con su aristocracia venida a menos, su picaresca sin glamour y su sátira sin piedad sobre la España que prefiere las apariencias a cualquier otra cosa— apunta a una tradición que exige que el ridículo se lleve hasta el fondo para que duela de verdad. Grande de España se queda en la superficie del ridículo, que es simpática pero no es suficiente.

Lo que la serie tiene, y no es poco, es una premisa que funciona, dos actores que la sostienen con talento y una producción que sabe lo que está haciendo desde el primer plano. Lo que le falta es la decisión de ser más cruel de lo que Netflix le permite, o más profunda de lo que seis episodios de media hora pueden contener. Fernández-Armero y Cavestany son mejores que el resultado. La pregunta que queda abierta después de verla es si el salto a la plataforma que puede verla todo el mundo costó algo que Vergüenza no tenía que pagar.





