La primera temporada de Mi vida con los chicos Walter llegó… a tres metros sobre Netflix

La tercera temporada de Mi vida con los chicos Walter se estrena esta semana en Netflix, lo que convierte ahora en el momento preciso para hacer lo que la velocidad del ciclo de contenido streaming raramente permite: volver atrás y evaluar con honestidad de dónde viene todo esto. Diciembre de 2023, diez episodios, una novela de Wattpad de Ali Novak como material base, y las expectativas calibradas en consecuencia. Lo que produjo la showrunner Melanie Halsall no era exactamente lo que el drama adolescente de Netflix puede dar de sí cuando se lo propone, y eso quedó registrado en la recepción del estreno con la claridad de un veredicto unánime entre la crítica especializada. Lo que ese veredicto no capturó del todo es el otro dato: que Mi vida con los chicos Walter encontró exactamente el público que estaba buscando y que ese público la ha llevado hasta aquí, hasta una tercera entrega con cuarta ya en producción. Que ambas cosas sean verdad simultáneamente —la serie que irritó a los críticos y la que convenció a millones de espectadores— es la contradicción que vale la pena entender antes de que el fenómeno siga creciendo.

La chica de Manhattan y el rancho de Colorado

Jackie Howard es una adolescente de Manhattan que sobresale en todo lo que hace y pierde a sus padres y a su hermana en un accidente de tráfico en las primeras escenas de la historia. Lo que sigue es un traslado forzoso a Silver Falls, Colorado, al rancho de los Walter: la familia de la mejor amiga de su madre, una cantidad generosa de hijos varones y una geografía que es el opuesto exacto de todo lo que Jackie conoce. La serie sabe que este punto de partida es material de Wattpad —no podría no saberlo, viene de ahí—, y la decisión que toma con ese conocimiento es la que define todo lo que viene después: en lugar de disculparse por los convencionalismos del género o envolverlos en una capa de ironía que los desactive, los abraza con la misma seriedad con la que los lectores de la novela original los habían abrazado. El resultado es una ficción que funciona dentro de sus propias coordenadas con una coherencia que la crítica más dura le negó y que el espectador objetivo reconoció de inmediato. Los Walter son arquetipos antes que personajes —el rancho, el rodeo, el cielo abierto de Colorado construido en Alberta, Canadá— pero esos arquetipos están ahí por una razón: porque la gramática del romance adolescente rural tiene sus propias reglas y Mi vida con los chicos Walter las conoce mejor que la mayoría de sus competidoras en la misma plataforma. No es una virtud menor. Es la condición de posibilidad de todo lo demás.

Cole, Alex y los dos tipos de amor que tiene la ficción adolescente

El triángulo amoroso entre Jackie, Cole y Alex Walter no es un triángulo de verdad: es una bifurcación. Alex (Ashby Gentry) es el presente funcional —paciente, estable, el primer apoyo de Jackie en un entorno que no entiende, el tipo de amor que la ficción adolescente necesita para existir como contraste necesario—. Cole (Noah LaLonde) es la promesa: el ex-estrella del fútbol americano que cubre con sarcasmo y distancia emocional un daño que solo Jackie parece ver con claridad, que repara en silencio el objeto que nadie sabe que Jackie más necesita y que hace de ese gesto el tipo de declaración que ningún diálogo podría articular con la misma eficiencia. La serie no pretende que los dos sean equivalentes: desde el primer episodio el guion ha apostado por Cole, y lo único que mantiene la ambigüedad en marcha durante diez episodios es la decisión de Halsall de no darle al espectador lo que quiere hasta que el timing lo justifique. El finale —el beso, la huida a Nueva York, la nota en lugar de la conversación— desvía conscientemente la resolución que la novela de Novak había cerrado en su momento. Esa divergencia es la más interesante que la adaptación toma: la lógica de la novela original pedía cierre; la lógica de la televisión de streaming pedía ganas de volver. Halsall eligió lo segundo. Que eso irrite a quien esperaba otra cosa no convierte la elección en equivocada, simplemente en más honesta sobre qué tipo de producto es esto y para quién está construido.

Por qué Nikki Rodríguez lo salva

La razón por la que Mi vida con los chicos Walter funciona cuando funciona tiene un nombre. Nikki Rodríguez construye a Jackie Howard desde una lógica que el guion no siempre le facilita —los escritores la hacen vacilar con más frecuencia de la que el personaje justifica y le dan decisiones que sobre el papel resultan difíciles de sostener— y sin embargo consigue que Jackie sea simpática y creíble incluso cuando no es ni una cosa ni la otra en la página. Hay en Rodríguez una capacidad de comunicar inteligencia sin distancia, vulnerabilidad sin melodrama, que convierte a Jackie en alguien con quien pasar diez episodios sin la fatiga que el material podría generar. Los diez episodios son, por cierto, dos de más: el ritmo de la temporada acusa la extensión en los capítulos centrales, donde la tensión del triángulo se mantiene por inercia más que por progresión narrativa, y donde la serie tarda demasiado en recordar que tiene un elenco secundario con cosas que decir —especialmente Alisha Newton, en un rol que sería invisible en manos de otra intérprete y que aquí acaba siendo una de las dinámicas más honestamente escritas de toda la temporada—. Que eso no llegue a hundir el conjunto es mérito de la actriz principal y de la decisión de la producción de no pedirle a la serie que sea algo que no es. Para quien llegue a Mi vida con los chicos Walter buscando la complejidad narrativa que el drama adolescente puede alcanzar cuando se lo propone de verdad, esta primera temporada no es el destino correcto. Para quien llegue sabiendo lo que es y dispuesto a confiar en que lo hará bien, es exactamente eso, y la tercera temporada que llega esta semana existe precisamente porque esa segunda categoría resultó ser mucho mayor de lo que nadie había anticipado.