‘Ali G Anda Suelto’ (2002): lo que ocurre cuando la cámara oculta compra un guion
La semana en que Ali G: Who Iz I? llega a los cines —secuela tardía de veinticuatro años en la que Sacha Baron Cohen asume por primera vez la dirección de sus propios materiales, bajo Amazon MGM Studios— y mientras la prensa cultural recoge que el mismo actor protagonizará el debut teatral de Quentin Tarantino (The Popinjay Cavalier, Phoenix Theatre londinense, primavera de 2027), el primer largometraje del personaje más incómodo de la televisión británica de los noventa merece ser revisado con la distancia exacta que necesita. Ali G Anda Suelto, dirigida en 2002 por Mark Mylod con guion de Baron Cohen y Dan Mazer, no es la película que el programa de televisión prometía porque no podía serlo: lo que Ali G hacía en Channel 4 no era cine sino algo entre la trampa y el experimento social, y llevar ese mecanismo a un largometraje con actores conscientes de estar en un rodaje implicaba renunciar a la herramienta que lo hacía funcionar. Lo que Mylod y Baron Cohen construyeron en su lugar tiene méritos propios, algunos considerables, y una grieta estructural que ningún presupuesto podía cerrar.

El dispositivo que no sobrevive al guion
El mecanismo central del Ali G televisivo era un artefacto de precisión: un hombre con ropa de chándal, habla de imitación afroamericana y preguntas diseñadas para hacer imposible la respuesta —demasiado absurdo para tomarlo en serio, demasiado incómodo para no hacerlo— enfrentado a políticos, intelectuales y periodistas que no sabían si estaban ante un idiota real o ante una trampa de la que ya era demasiado tarde salir. La gracia residía exactamente en la víctima: en el ministro que intentaba explicarle la política de drogas a alguien con un gorro gigante, en el experto obligado a responder en serio a preguntas diseñadas para que cualquier respuesta sonara ridícula. La comedia era la reacción de personas reales atrapadas en una situación que su protocolo no contemplaba.

El cine no puede replicar ese mecanismo. Ali G Anda Suelto tiene actores, tiene guion, tiene un Michael Gambon como Primer Ministro y un Charles Dance como el canciller conspirador que quiere derrocarlo, y ambos saben perfectamente en qué tipo de película están. Lo que se convierte, en consecuencia, es un tipo de comedia completamente distinto: la farsa política con un bufón en el centro, el idiota providencial que atraviesa el sistema por accidente y termina salvándolo cuando su reclutador lo necesitaba destruido. Es un género con tradición propia y sus propias reglas, y el problema no es que Mylod lo haga mal —la dirección es competente, el ritmo funciona en los episodios centrales, los actores de reparto cumplen— sino que la comparación inevitable con lo que el personaje hacía en televisión hace que la película parezca, sistemáticamente, menos peligrosa de lo que debería.

La física del cuerpo y los ministros perfectos
Lo que Ali G Anda Suelto sí puede hacer, y lo hace con convicción, es explotar la capacidad de Baron Cohen como comediante físico. El actor construye a Ali G con la lógica del personaje de cómic que no entiende las reglas del espacio que ocupa: la secuencia de la habitación con trampas, donde Ali G activa sistemáticamente todos los mecanismos de seguridad del despacho ministerial que acaba de invadir, funciona como set piece de comedia pura porque no necesita víctimas reales sino coreografía. Baron Cohen sabe cuándo el gag termina y cuándo necesita transformarse en otra cosa: hay transiciones de slapstick a baile, de la violencia accidental al movimiento gracioso, que tienen la geometría del cuerpo que lleva años trabajando el mismo material y sabe exactamente qué viene después.

El regalo que el guion se hace a sí mismo son Charles Dance y Michael Gambon. Dance como el canciller que recluta a Ali G para destruir al Primer Ministro es exactamente el tipo de actor cuya seriedad irradiada multiplica el efecto del absurdo de su interlocutor: Dance nunca interpreta la comedia, interpreta la ambición política con la convicción de quien cree estar en un drama de época, y esa distancia de registro es donde la película alcanza sus momentos más divertidos. Gambon como el Premier tiene la bondad torpe de quien ha durado demasiado tiempo en el cargo para seguir entendiéndolo, y sus escenas con Baron Cohen rozan, esporádicamente, algo parecido a la ternura. Martin Freeman como Ricky C y el cameo de Borat en las escenas finales completan un reparto que el guion no siempre aprovecha bien pero que, cuando lo hace, justifica la apuesta.

El suburbio que ya no existe
La película que Ali G Anda Suelto también es, de manera involuntaria, un documento. 2002 es el año del segundo mandato de Blair, del fin de la euforia que los noventa habían llamado Cool Britannia, del momento en que la clase obrera blanca de los cinturones suburbanos de los Home Counties había producido una contracultura propia que mezclaba el hip-hop americano con el garage británico y que Ali G encarnaba desde la parodia: un chico de Staines, en los suburbios anodinos del Gran Londres, que asimilaba la estética de la cultura negra americana con la exactitud y la ignorancia del que la admira sin entenderla del todo. El gag original no era la estupidez sino la ansiedad racial: la incomodidad de una generación que había crecido con la cultura negra como referente sin tener vocabulario para hablar de ello, y que Baron Cohen había convertido en un espejo en el que nadie quería mirarse demasiado tiempo.

En el cine, ese filo se embota. La decisión de darle a Ali G un nombre real (Alistair), una abuela, una historia romántica, un arco de redención, humaniza al personaje de una manera que el Ali G televisivo no necesitaba: en pantalla, el personaje era una función antes que un ser humano, y su eficacia dependía de que permaneciera exactamente en ese lado de la línea. La película lo cruza y pierde lo que tenía de inquietante. Lo que queda es la arqueología: una comedia que todavía captura, aunque sea lateralmente, algo que ya no existe —la Gran Bretaña del Blair tardío, el garage, los tracks de So Solid Crew en parques de Staines, el momento en que nadie sabía cómo hablar de raza en los suburbios sin reírse primero— y que el personaje, convertido en arqueología sin haberlo pedido, sigue siendo más interesante como síntoma que como comedia.





