‘Almost Human’, la ficción de culto de Karl Urban antes de ser el Carnicero de Prime Video

La semana pasada, en la Comic Con de Málaga, Karl Urban ocupó el escenario que en los últimos años le corresponde sobre todo por The Boys, pero cualquiera que haya seguido su carrera lo suficiente sabe que entre El Señor de los Anillos y el juez Dredd y Bones McCoy existe una pieza que el tiempo ha ido convirtiendo en objeto de culto a regañadientes: Almost Human, la serie de ciencia ficción que Fox emitió entre noviembre de 2013 y marzo de 2014, canceló en abril de ese mismo año, y que lleva una década siendo el ejemplo favorito de quienes sostienen que la televisión americana destruye sus mejores cosas antes de que tengan tiempo de serlo. La descripción es parcialmente justa y parcialmente condescendiente con las limitaciones reales del show, que las tenía. Pero hay algo en Almost Human que no encontró equivalente en lo que vino después, y ese algo sigue siendo difícil de nombrar con exactitud, que es exactamente la clase de problema que merecería más de trece episodios para resolverse.

Kennex, Dorian y el idioma que los dos se inventaron

La premisa era la de siempre: dos policías que no se soportan acaban siendo inseparables. Lo que J. H. Wyman añadió es que uno de los dos era un androide con capacidad emocional plena en un mundo que había decidido que eso era un defecto de fabricación. John Kennex —Urban, con la mandíbula tensa y la pierna prostética y una antipatía hacia los androides que es exactamente proporcional a lo mucho que los necesita— emparejado con Dorian —Michael Ealy, DRN-0167, modelo descontinuado porque sentía demasiado— producía en pantalla la clase de dinámica que la televisión americana rara vez consigue: dos personas que no comparten casi nada excepto la incapacidad de dejar de hablar con el otro. El humor entre ellos era rápido y genuinamente gracioso, no el humor de dos actores que recitan chistes sino el de dos personajes que han encontrado el tono exacto en el que ninguno puede ponerse en serio. Ealy es el hallazgo central del show: hace que Dorian sea más humano que cualquier humano de la serie no porque finjaserlo sino porque parece genuinamente curioso sobre lo que es. Urban tiene la parte más difícil —construir un personaje que en el papel es solo resentimiento y dolor y hacerlo tolerable sin quitarle la resistencia— y la resuelve con la economía de alguien que lleva años sabiendo que menos es más.

Los mejores momentos de Almost Human no son los de acción sino los de Kennex y Dorian en el coche, hablando de nada en particular, con la ciudad de 2048 pasando al fondo. Wyman venía de escribir y producir Fringe, que también empezó como procedural policiaco y acabó siendo un relato sobre la identidad y la pérdida, y en esas conversaciones dentro del coche se notaba que sabía adónde quería ir con esto: el androide que tiene demasiados sentimientos y el humano que tiene demasiado pocos, los dos avanzando hacia el punto en que esa diferencia deja de tener sentido.

El futuro que la serie nunca tuvo tiempo de habitar

El 2048 de Almost Human era una de sus promesas más sólidas y una de sus frustraciones más persistentes. El worldbuilding estaba ahí —los Chromes, humanos diseñados genéticamente para la perfección que formaban una clase social aparte; el mercado negro de prótesis sintéticas; los androides MX fabricados para obedecer frente a los DRN fabricados para entender; el muro que separaba la ciudad de algo que nunca se definía del todo— pero la estructura procedimental de la serie lo empujaba siempre al fondo. Cada episodio traía un crimen de la semana que requería resolución en cincuenta minutos, y ese formato consumía el espacio que el mundo necesitaba para respirar. Los mejores episodios —»The Bends», con su economía de crimen y emoción; «Unbound», con el androide fugitivo que ponía directamente la pregunta sobre conciencia artificial que la serie llevaba semanas eludiendo— eran los que encontraban un equilibrio entre el caso y la filosofía implícita. Los peores eran los que se contentaban con el caso.

La comparación con Fringe es inevitable y justa: aquella serie tardó temporada y media en saber exactamente lo que era, y el tiempo que necesitó para construir su mitología fue el tiempo que Almost Human nunca tuvo. La diferencia es que Fox le dio a Fringe cinco temporadas. A Almost Human le dio trece episodios y una franja horaria de lunes a las ocho de la tarde que no era la más generosa para un thriller de ciencia ficción sobre crímenes, clonaciones humanas y la ética del sentimiento artificial. La nominación al Emmy por efectos visuales especiales que recibió la serie ese año dice algo sobre la ambición técnica del proyecto. Que nadie en la cadena supiera cómo vender esa ambición al público dice lo demás.

Fox, el orden de los episodios y la teoría del crimen perfecto

La historia de cómo Fox contribuyó activamente a hundir Almost Human tiene la estructura de un crimen que nadie fue a investigar porque la víctima no era suficientemente famosa. Wyman había diseñado un orden de episodios en el que la relación entre Kennex y Dorian evolucionaba de forma gradual y medible: la desconfianza inicial, las pequeñas concesiones, la camaradería que se va instalando sin que ninguno de los dos la nombre. Fox emitió los episodios en un orden diferente. El resultado era una serie en la que los personajes alternaban entre conocerse y llevar semanas de confianza establecida sin que hubiera ningún puente visible entre los dos estados. La irregularidad que eso producía —Kennex brusco con Dorian en el episodio seis, fraternal en el siete, distante de nuevo en el ocho— no era incoherencia de escritura sino cirugía de programación. A eso se añadió la interrupción de la emisión para los Juegos Olímpicos de Invierno, que cortó el momentum en el peor momento posible. Y los costes de producción de una serie que requería efectos visuales de primer nivel, que la cadena no estaba dispuesta a sostener sin los ratings de CSI.

La cancelación llegó el 29 de abril de 2014. Fox tenía en el horizonte Gotham, Empire, Gracepoint: un catálogo nuevo que rellenar, un presupuesto que redistribuir, y una serie que no había alcanzado los números que justificaban su coste. Michael Ealy dijo más tarde que la serie habría necesitado números de CSI para sobrevivir. Lo que no dijo —pero lo deja en suspenso la frase— es que una serie que plantea con esa honestidad la pregunta de si la empatía puede fabricarse no debería tener que competir con los números de CSI para existir. Almost Human no llegó a responder su propia pregunta central. Trece episodios para planteártela tienen que ser suficientes, porque es todo lo que hay.