La radiación cósmica también convirtió a siete extraterrestres en sus enemigos: Fantastic Four by Dan Slott, vol. 2
Dan Slott llega a los Cuatro Fantásticos en 2018 con una misión casi arqueológica: desenterrar la versión de la familia que Stan Lee y Jack Kirby dibujaron en los sesenta, la que exploraba, la que se maravillaba, la que usaba la ciencia como aventura más que como arma, y devolverla al siglo veintiuno sin que parezca un museo. El primer volumen de su etapa estableció el tono. El segundo, que recopila nueve números de la serie regular y dos especiales de un solo número, es donde esa misión encuentra su mejor argumentación y también sus primeras grietas. El resultado es un tomo desigual en el buen sentido: con momentos que justifican por sí solos el precio del volumen entero y tramos que recuerdan que la ambición, sin suficiente contención, tiene tendencia a pasarse.

La luna de miel del hombre de piedra
Reed Richards le ha regalado a Ben Grimm un reloj. No cualquier reloj: uno que rastrea la única ventana anual en la que la ciencia puede devolverle temporalmente su forma humana. La ventana coincide con la luna de miel. Eso, antes de que aparezca el Hulk, antes de que haya peleas o radiación o trajes dañados, ya es el argumento central de los dos primeros números del tomo: ¿qué significa, para alguien que lleva décadas atrapado en un cuerpo que no eligió, tener un reloj que cuenta hacia atrás hasta el único momento en que puede elegir otra cosa?
Slott no responde la pregunta directamente. Lo que hace es interrumpirla: Ben y Alicia apenas han llegado al destino de luna de miel cuando aparece el Hulk Inmortal, la versión más oscura y filosóficamente perturbadora de Bruce Banner, y lo que debería ser un viaje de celebración se convierte en una pelea de resistencia. Sean Izaakse dibuja el enfrentamiento con la energía correcta —contacto físico real, peso en cada golpe, la escala de los dos personajes tratada con respeto— pero lo que importa en los márgenes de esa pelea es Ben contando mentalmente los minutos y Alicia esperando sin pedirle nada, porque lleva suficiente tiempo con él como para saber que pedirle algo sería lo peor que podría hacer. La crítica más repetida a este arco —que la pelea se extiende un número de más— tiene algo de razón. El número de más es también donde la pelea termina de decir lo que tiene que decir sobre el personaje, así que la crítica tiene algo de razón y también algo de miope.

El accidente que el universo no olvidó
El arco de siete números que ocupa el resto de la serie regular se llama «Point of Origin» y tiene la mejor premisa de toda la etapa de Slott: la radiación cósmica que transformó a los cuatro científicos del Cohete Marvel-1 no se limitó a cuatro personas en la órbita terrestre. También alcanzó el planeta Spyre, donde convirtió a siete habitantes en superhéroes con poderes análogos a los de la familia: uno de roca, uno de fuego, uno de invisibilidad, uno de elasticidad hipercognitiva. Esos siete llevan décadas viviendo con una profecía que establece que las mismas fuerzas que los crearon también los destruirán. Los Imparables —su nombre en el planeta— son, desde la perspectiva de su mundo, exactamente lo que los Cuatro Fantásticos son en el nuestro: los defensores, los elegidos, los preparados. Con la diferencia de que su preparación tiene nombre y coordenadas para el enemigo, y el enemigo son Reed, Sue, Ben y Johnny.
La elegancia del giro es que invierte algo que el cómic de superhéroes rara vez se permite cuestionar: la neutralidad moral del origen. La misma radiación, el mismo instante, creó héroes en un lugar y paranoia armada en otro. Que los Imparables sean genuinamente heroicos —no corrompidos, no villanos que se creen héroes, sino personas que hacen exactamente lo que harían los Cuatro Fantásticos en su lugar— hace que el conflicto sea irresoluble por la fuerza y que la resolución que Slott propone sea acorde: no una victoria sino una negociación, no una revelación que lo cambia todo sino una comprensión parcial de algo que seguirá siendo complicado. Los mejores números del arco —el catorce, en el que la llegada a Spyre está dibujada con la paleta saturada y el vértigo de exploración que los mejores números de Lee y Kirby tenían, y el diecinueve, en el que Reed descubre el alcance real de lo que su accidente original desencadenó— son el cómic de los Cuatro Fantásticos que Slott prometió hacer cuando tomó la cabecera.
El problema es la escala de tiempo: siete números para esta historia es al menos uno o dos de más. Los Imparables son siete personajes nuevos en un arco que también tiene que gestionar cuatro protagonistas principales, el peso de la profecía y las implicaciones de la revelación de fondo. El resultado es que varios miembros del grupo alienígena quedan como siluetas con poderes y que el ritmo del arco acusa la acumulación en su sección central. Paco Medina dibuja esa sección con un dinamismo que compensa parte del problema. No todo.

Johnny y las historias que caben en un solo número
El arco de Spyre le reserva a Johnny Storm un rol que el tomo gestiona con más inteligencia de lo que parece a primera vista. Entre los Imparables hay un ser de fuego con capacidades de comunicación biológica —una joven llamada Sky, que habla con pájaros con la misma naturalidad con que Johnny enciende los nudillos— y el encuentro entre las dos versiones del mismo poder, una de las cuales ha sido entrenada durante años para considerar a la otra una amenaza existencial, es donde la serie permite que el personaje sea algo más que el hermano gracioso. No es el arco más desarrollado del volumen. Su función es precisamente esa: demostrar que los cuatro protagonistas tienen peso específico incluso cuando la atención del narrador está mirando hacia otro lado.
Los dos especiales que cierran el tomo operan en frecuencias completamente distintas a la saga principal y son, cada uno en su registro, los más satisfactorios del volumen por razones opuestas. El especial de Yancy Street, escrito por Gerry Duggan con cuatro artistas que rotan por secciones, es Ben Grimm sin poderes útiles: el barrio de origen, el hermano mayor que décadas de cómic de superhéroes había ignorado porque no había nada espectacular que contar de él, los caseros que suben los alquileres a vecinos que no tienen a nadie que los defienda. El problema de los antagonistas es que no tienen la fuerza de los mejores villanos de la cabecera, pero el especial no necesita villanos memorables: necesita que Ben Grimm sea alguien antes de ser la Cosa, y eso lo consigue. El especial de la Zona Negativa, coescrito por Mike Carey y Ryan North con dibujos de Stefano Caselli, es lo contrario: ritmo limpio, premisa quintaesencialmente Cuatro Fantásticos —el experimento número 326 de Reed en la Zona Negativa ha evolucionado hasta convertirse en vida consciente con ayuda inesperada—, y Caselli resolviendo la combinación de ciencia y acción con una economía de líneas que hace que todo lo que vino antes parezca más complicado de lo estrictamente necesario. Es la historia más corta del tomo y la que mejor cumple lo que promete.

Slott y el peso del amor
El segundo volumen de la etapa tiene el problema de su mejor virtud: tanta ambición referencial que a veces el homenaje pesa más que la historia. Slott es un escritor que ama los Cuatro Fantásticos con la precisión de alguien que los ha estudiado durante décadas, y ese amor se nota en cada decisión: la ventana humana de Ben como reloj de amor, la exploración de Spyre como tributo a la tradición de mundos nuevos de Kirby, los especiales como reconocimiento de que la serie nunca fue solo de superhéroes sino también de historias humanas que aprovechaban los superpoderes como excusa. También se nota en la tendencia a querer meter todo lo que cabía en el modelo original dentro de un solo tomo, con el resultado de que la suma es un poco más apretada de lo que el concepto necesita.
Lo que nadie le puede quitar a este volumen es la fidelidad al núcleo: los cuatro personajes suenan como tienen que sonar, se comportan como si llevasen décadas conociéndose, y su dinámica como familia tiene la textura de algo vivido más que de algo construido en una sala de reuniones editoriales. En un género donde la familia se proclama en el nombre y rara vez se muestra en el interior de los globos de diálogo, eso no es un logro menor. Que «Point of Origin» sea el arco donde la radiación del origen de los Cuatro Fantásticos llega finalmente a otra esquina del universo y les presenta la factura de lo que significa ser un accidente con consecuencias cósmicas es exactamente el tipo de idea que la cabecera necesitaba y que ningún escritor anterior había tenido el valor de explorar con esta literalidad. Que el arco necesite siete números para desarrollarla cuando cinco habrían sido suficientes es el precio de la ambición. Vale la pena pagarlo.





