Poética de la comedia familiar española: del cine a la tele… y de regreso al cine

Juana Macías está rodando Hasta que los niños nos separen, una comedia en la que dos hermanas conspiran para que sus padres, felizmente casados, se divorcien, convencidas de que los hijos de padres separados reciben el doble de caprichos. La directora de Las chicas de la estación trae a Marián Álvarez y a Gorka Otxoa como el matrimonio acorralado por sus propias hijas, y el resultado, cuando llegue a las salas en verano de 2027, se sumará a una lista que en los últimos siete u ocho años ha demostrado algo que la industria había olvidado durante dos décadas: que la comedia familiar española funciona en el cine. Que siempre funcionó, de hecho. Lo que ocurrió en el intermedio fue que la televisión se la llevó, la industrializó, la convirtió en formato semanal de prime time y la devolvió al cine, cuando la devolvió, con una audiencia que ya la echaba de menos. Esta es la historia de eso.

La familia de quince hijos y el género que lo inventó todo

En diciembre de 1962, Fernando Palacios estrenó La gran familia: un matrimonio madrileño con quince hijos, un abuelo interpretado por José Isbert y una economía doméstica permanentemente al límite que la película narraba con una mezcla de ternura y comedia de situación que el cine español no había ensayado con esa eficacia antes. Alberto Closas encarnaba al padre —un hombre que ama a su familia con la misma devoción con la que se resigna a ella— y el resultado fue un éxito de tal dimensión que generó dos secuelas directas producidas por Pedro Masó: La familia y uno más (1965) y La familia, bien, gracias (1979). La trilogía definió el canon del género durante casi veinte años: familia numerosa, presupuesto justo, conflictos cotidianos resueltos con buen humor y un poso de verdad emocional que impedía que la comedia se quedara en chiste fácil. La lectura política de La gran familia —el modelo de familia numerosa como ideal social durante el franquismo— no agota lo que la película era: también era, sencillamente, un retrato reconocible de cómo vivía mucha gente y de cómo esa gente prefería verse a sí misma en pantalla. Treinta y dos años después, ¡Por fin solos! (1994) giró el concepto con elegancia: la pareja cuyos hijos por fin se han ido de casa y que descubre, en el vacío doméstico recién conquistado, que llevan décadas sin saber muy bien qué son el uno para el otro al margen de ser padres. Misma gramática, premisa invertida, el mismo género confirmando que funciona en las dos direcciones.

Los veinte años en que la televisión se lo quedó

Lo que ocurrió entre los ochenta y los primeros dos mil no fue que la comedia familiar española desapareciera: fue que cambió de soporte y encontró en la televisión unas condiciones que el cine no podía ofrecerle. Farmacia de guardia (Antena 3, 1991), Médico de familia (Telecinco, 1995) y Los Serrano (Telecinco, 2003) son los tres pilares de esa migración, y su lógica comercial era impecable: un target multigeneracional garantizado semana tras semana, decorados asépticos perfectos para el product placement, y una estructura episódica que permitía desarrollar los conflictos familiares con la morosidad que el cine no puede permitirse. La familia como contenedor narrativo tenía en televisión todo lo que necesitaba para prosperar sin asumir los riesgos de la taquilla. El cine español de esos años fue en otra dirección —el realismo social, la comedia de autor, el thriller— y la comedia familiar quedó asociada casi exclusivamente a la pequeña pantalla. No había muerto: había subcontratado su producción a un medio que pagaba mejor y llegaba a más gente.

El regreso, cortesía de Santiago Segura y quienes llegaron después

Santiago Segura se hizo padre y decidió que quería hacer películas que sus hijas pudieran ver. El razonamiento es tan simple como su resultado fue transformador: en 2019 estrenó Padre no hay más que uno, una comedia sobre un padre desbordado que tiene que hacerse cargo de sus cinco hijos durante una semana, y la película recaudó cifras que el cine español familiar no había visto desde los años del VHS. Lo que Segura demostró no era solo que el género funcionaba: era que había un público enorme, multigeneracional y fiel, que llevaba dos décadas viendo ese tipo de historia en televisión y que estaba dispuesto a pagar una entrada de cine si alguien se tomaba el trabajo de ofrecérsela con producción y presupuesto razonables. La saga creció hasta cinco entregas, incorporó las películas de los viajes en tren —A todo tren! Destino Asturias (2021) y su secuela— y Vacaciones de verano (2023), construyendo lo que ya se conoce informalmente como el Seguraverso: un ecosistema de comedia familiar que llegó incluso a dar el salto a Antena 3 en forma de serie televisiva, cerrando el círculo con el medio que había guardado el género durante dos décadas.

El éxito demostrable atrajo a imitadores, y algunos de ellos han hecho trabajos que merecen nombrarse por su propio mérito. Joaquín Mazón —director de La familia Benetón (2024), la película española más taquillera del año, por encima de la propia cuarta entrega de Segura— se ha convertido en el otro gran arquitecto de la comedia familiar española contemporánea, y El casoplón (2025), su siguiente apuesta, confirmó que el modelo tiene vida más allá de quien lo relanzó. Odio el verano (2024), de Fer García-Ruiz, tomó el concepto de la convivencia forzada —tres familias que comparten por error el mismo apartamento vacacional en las Canarias— y encontró en Prime Video una segunda vida que amplificó su alcance más allá del cine. ¿Quién es quién? (2024), con su apuesta por el intercambio de cuerpos familiar, y Tres de más (2026), la adaptación española del éxito italiano sobre una pareja sin hijos que amanece con tres, completan un mapa que en apenas siete años ha pasado de ser el género que nadie hacía a ser uno de los más concurridos del calendario de estrenos patrio. Hasta que los niños nos separen llega en 2027 a un género que ya no necesita que nadie le explique por qué existe. Solo necesita que alguien lo haga bien.