Del Vaticano al multiverso: Cuando los papas se convirtieron en protagonistas de la cultura pop

La reciente visita del papa León XIV a España ha provocado un fenómeno de masas que trasciende ampliamente el estricto marco de lo litúrgico. Con hoteles desbordados, actos multitudinarios que evocan los días dorados de Juan Pablo II y un dispositivo de seguridad histórico que movilizará a más de 15.000 agentes para proteger a la marea de medio millón de fieles inscritos, la cobertura mediática se asemeja más a la gira mundial de una estrella del rock que a una visita institucional de la Santa Sede. Si somos sinceros, este fervor performático tampoco debería pillarnos por sorpresa. Hace ya mucho tiempo que el Sumo Pontífice dejó de ser exclusivamente un líder espiritual para convertirse en un personaje de ficción de primer orden; uno de los avatares más codiciados, reinterpretados y deconstruidos por la maquinaria de la cultura popular contemporánea.

Fumata blanca en Hollywood: El paso de decorado a protagonista

Durante décadas, el cine clásico trató a los pontífices como meros bustos parlantes o figuras de fondo: monarcas espirituales cuyo único propósito narrativo era bendecir la espada del héroe de turno o legitimar un tratado histórico entre reyes de acción real. Sin embargo, el cambio de milenio obró el milagro de la humanización. El Papa abandonó el decorado institucional para reclamar el primer plano psicológico.

La mejor muestra de esta metamorfosis la encontramos en Los dos papas (2019), la notable cinta de Fernando Meirelles que transformó el histórico relevo entre Benedicto XVI y el papa Francisco en un monumental duelo actoral entre Anthony Hopkins y Jonathan Pryce. La película funciona como un preciso drama de cámara donde dos ancianos discuten sobre la fe, la culpa, el peso de la tradición y las demandas del futuro mientras el planeta aguarda fuera.

Esta senda del thriller eclesiástico ha alcanzado su cénit con Cónclave, la absorbente obra de Edward Berger que ha sacudido las salas de cine convirtiendo la elección del vicario de Cristo en una asfixiante partida de ajedrez político. Aquí, entre los muros de la Capilla Sixtina, los cardenales se comportan como senadores romanos atrapados en una novela de espionaje de la Guerra Fría. El éxito de estas producciones demuestra que el público moderno está fascinado por las intrigas palaciegas, siempre y cuando los pasillos por los que se conspire pertenezcan a una institución bicentenaria experta en sepultar secretos.

Santos y villanos: La dualidad estética de Sorrentino y la mafia

Sin embargo, la ficción rara vez se conforma con el hiperrealismo de los despachos vaticanos. Cuando los creadores deciden dinamitar el dogma, surgen genialidades pop como The Young Pope (2016) y su secuela The New Pope (2020). El cineasta Paolo Sorrentino concibió a un pontífice ficticio —el italoamericano Pío XIII, interpretado por un magnético Jude Law— que combinaba la ortodoxia teológica más radical con una estética de videoclip, adicciones mundanas y una dialéctica impredecible. La serie se elevó como una fastuosa sátira política disfrazada de drama místico que demostró que la tiara papal podía ser el accesorio más vanguardista de la televisión.

En el reverso de la moneda se halla la explotación del Vaticano como el nido definitivo de la corrupción y las fuerzas antagonistas. La historia del celuloide está obsesionada con los claroscuros de la Santa Sede. El padrino III (1990) convirtió el entramado financiero del banco vaticano en la pieza de caza mayor de los negocios de la familia Corleone, inspirándose en los escándalos reales del caso Calvi.

Esta veta conspiranoica fue explotada hasta la saciedad por Dan Brown en su novela Ángeles y demonios —y su posterior traslación al cine con Tom Hanks—, diseñando una carrera contrarreloj plagada de sociedades secretas, antimateria y cardenales ejecutados en mitad de la sede vacante. La premisa para los guionistas es infalible: si requieres un antagonista con el suficiente peso para rivalizar con la CIA, el MI6 o una megacorporación tecnológica, recurres a la Iglesia. Dos mil años de archivo secreto generan un material dramático imbatible.

Viñetas apocalípticas y el tebeo que Marvel dedicó a Wojtyła

El noveno arte tampoco ha permanecido ajeno al misticismo del palacio apostólico, aunque su enfoque suele dejar a un lado la burocracia para abrazar la fantasía desatada. El ejemplo más delirante y de culto de las últimas décadas es, sin duda, Battle Pope (2000), el cómic independiente creado por un joven Robert Kirkman —antes de saltar a la fama mundial con The Walking Dead— para el sello Image. En esta sátira gamberra, Dios concede poderes sobrenaturales a un Papa rudo, fumador y mujeriego para que se convierta en la última línea de defensa de la humanidad tras el mismísimo Juicio Final.

Más allá del humor irreverente, las grandes editoriales corporativas como Marvel y DC han integrado con asiduidad la figura papal en sus continuidades, utilizándolos generalmente como bastiones de autoridad moral ante invasiones extraterrestres o eventos sobrenaturales relacionados con las huestes infernales de la editorial.

Mención de honor merece el hito de 1982, cuando Marvel publicó una novela gráfica biográfica dedicada enteramente a la vida de Juan Pablo II (The Life of Pope John Paul II), un éxito editorial masivo que demostró que el carisma de Karol Wojtyła era perfectamente compatible con el formato de consumo que albergaba a Spider-Man o Los Vengadores. Cuando los cómics llaman a la puerta de Roma, rara vez es para discutir sobre el catecismo; suele ser porque el Apocalipsis ya está aquí.

Mandos y Borgias: El Papa en la era del píxel

El sector del videojuego ha experimentado una transición idéntica, refinando el uso del Pontífice hasta convertirlo en una pieza interactiva de gran calado. Durante los primeros compases de la industria, el cargo funcionaba meramente como un marcador histórico en títulos de estrategia. Todo cambió cuando Ubisoft colocó a Rodrigo Borgia (el papa Alejandro VI) como el indiscutible y maquiavélico jefe final de Assassin’s Creed II (2009). El juego permitía al usuario infiltrarse en el mismísimo Vaticano para batirse en un duelo de puñetazos contra el vicario de Cristo en una de las secuencias más icónicas de la séptima generación de consolas.

Pero donde los diseñadores contemporáneos han hallado una mina de oro visual es en los páramos de la ciencia ficción y el género postapocalíptico. Títulos de rol y estrategia espacial a menudo recurren a variantes intergalácticas del Papado para liderar facciones teocráticas o imperios estelares decrépitos. La potencia estética de un Pontífice revestido con sus paramentos tradicionales rodeado de ruinas cibernéticas, alta tecnología o paisajes desérticos ofrece un contraste de anacronismo visual insuperable.

Veredicto: El monarca sin ejército de nuestra imaginación

Lo verdaderamente fascinante de esta eclosión pop es que ninguna de estas producciones exige que el espectador profese fe alguna, ni que entienda de derecho canónico. En el gran teatro de la narrativa moderna, el Papa funciona bajo un arquetipo universal e irresistible: es el monarca absoluto que carece de ejército convencional, el jefe de un Estado sin fronteras geográficas reales y el guardián de un trono milenario regido por ritos que apenas han variado desde la Edad Media.

Cada vez que una nueva fumata blanca asciende sobre el cielo de San Pedro, los novelistas y los showrunners de televisión afilan sus plumas. Saben perfectamente lo que la visita de León XIV a España ha vuelto a certificar: los papas pueden ostentar las llaves del reino de los cielos, pero llevan décadas gobernando los sótanos más fecundos de nuestra imaginación colectiva.