Los humanos que los rodean no tienen tanta suerte: Godzilla: King of the Monsters
Cinco años después de que Godzilla arrasara San Francisco, la organización Monarch lleva a cabo el seguimiento de diecisiete Titanes repartidos por el planeta. La doctora Emma Russell —Vera Farmiga— trabaja en la creación del Orca, un dispositivo capaz de emitir frecuencias bioacústicas para comunicarse con ellos. Su ex marido, el biólogo Mark —Kyle Chandler—, tiene motivos personales para odiar a los monstruos: su hijo murió en la batalla de San Francisco. Su hija Madison —Millie Bobby Brown— está con su madre cuando el eco-terrorista Alan Jonah llega a robar el Orca y todo se precipita. Emma, que resulta ser cómplice voluntaria, activa el dispositivo para despertar a Monster Zero —el dragón de tres cabezas que en el lore Toho lleva el nombre de King Ghidorah—, una entidad de origen aparentemente extraterrestre que no tarda en liberar a todos los Titanes del planeta en una extinción de masas. Rodan, el pterosaurio volcánico, responde al llamado. Mothra, la polilla sagrada, también. Y Godzilla, el equilibrador, el llamado Rey de los Monstruos, tiene que enfrentarse a algo que por primera vez en la franquicia podría superarle. Michael Dougherty —el director de Trick ‘r Treat y Krampus, alguien con un historial de amor declarado por la mitología de los monstruos de Toho— entrega con todo eso una película que nadie que la haya visto puede describir sin contradicción: algunas de las imágenes más impresionantes del cine de ciencia ficción de la última década envueltas en el guion más funcional y desaprovechado de la misma.

Los monstruos, la música y los momentos en que la película es exactamente lo que promete
Hay secuencias en Godzilla: King of the Monsters que merecen pantalla grande con el mismo argumento que una sinfonía merece sala de conciertos: no porque sean perfectas sino porque están diseñadas para una escala que cualquier otro entorno traiciona. Mothra emergiendo en una selva tailandesa, sus alas bioluminiscentes desplegadas en un arco de luz sobre la niebla, es una imagen que el cine de monstruos no había producido con esa belleza desde la era Heisei. Ghidorah coronando un volcán en erupción, tres cabezas alzadas sobre la tormenta que él mismo genera, tiene la grandilocuencia de un mal absoluto sin necesidad de que nadie lo explique. Rodan saliendo del magma del volcán de Isla de Mara en una secuencia que Dougherty filmó con la cadencia visual de una aparición religiosa —y cuya banda sonora acompaña con trompetas que suenan a anuncio apocalíptico— es el tipo de escena que justifica una franquicia entera. Bear McCreary, que firma la partitura, entendió desde el principio que estaba componiendo lo que él mismo llamó una «ópera de monstruos»: incorpora el tema de Akira Ifukube —el Godzilla original, el de 1954— y el canto de Mothra de Yuji Koseki como material temático nativo, no como guiño de fan sino como fundamento estructural, y añade motivos propios para cada Titán que tienen la solidez de los personajes que representan. El momento más efectivo de toda la película no es ninguna batalla: es Ken Watanabe pronunciando «adiós, viejo amigo» en un submarino que está a punto de detonar una bomba nuclear para reanimar a Godzilla en las profundidades. Esa despedida funciona porque el actor lleva dos películas construyendo la única relación que el MonsterVerse ha sido capaz de producir con peso emocional real: la del científico que siempre supo que el monstruo era más que un monstruo.

Los humanos, la familia Russell y el problema que ningún Titán puede resolver
La división entre el 42% de aprobación crítica y el 84% de aprobación de público que acompañó el estreno de la película dice algo específico sobre qué tipo de contrato propone al espectador, y es la siguiente: si uno llega dispuesto a que los humanos sean decorado, la película funciona como espectáculo con momentos de grandeza genuina. Si llega esperando que la narrativa humana merezca el mismo nivel de ambición que el visual, la película es una fuente de frustración constante. El arco de los Russell es el problema central. Mark Chandler no tiene una sola característica que lo diferencie del padre divorciado en crisis que la industria ha producido en serie durante veinte años. Emma Russell —la premisa más interesante del reparto— lleva una motivación eco-terrorista que el guion no trabaja con suficiente convicción para que el espectador entienda cómo una científica de su calibre llega a esa conclusión sin que parezca que el tercer acto va a cambiarla de todas formas, que es exactamente lo que ocurre. Charles Dance, uno de los actores con mayor capacidad para construir villanía con una sola mirada, aparece en la primera media hora con la promesa de ser el humano más peligroso de la película y luego prácticamente desaparece, sustituido por Ghidorah como amenaza principal sin que su relación con el monstruo genere ninguna dinámica interesante. Bradley Whitford hace todo lo que puede con el alivio cómico que el guion le asigna y que el tono de la película no sabe exactamente dónde colocar. El resultado es que la película no puede dejar de cortar a sus personajes humanos hablando en salas de situación sobre criaturas que el espectador prefería estar mirando.

Lo que queda cuando los monstruos se van a dormir
Godzilla: King of the Monsters plantea sin saberlo una de las preguntas más interesantes del blockbuster contemporáneo: ¿puede el espectáculo sostener una película por sí solo, con independencia de la calidad del material humano que lo rodea? La respuesta de Dougherty es que casi. La diferencia entre casi y sí reside en que los monstruos de Toho —Godzilla, Mothra, Rodan, Ghidorah— llevan setenta años acumulando mitología que la película activa sin construir. El espectador que llega a King of the Monsters habiendo visto aunque sea una película de la era Shōwa o Heisei llega con el trabajo emocional ya hecho: sabe lo que Mothra sacrificando su vida por Godzilla significa, sabe lo que el canto de las Cosmos implica, sabe que Ghidorah es de otro planeta y que eso lo hace diferente a todos los demás Titanes. La película funciona como suma de esa historia acumulada, no como historia nueva. Eso no la invalida —pocas franquicias tienen setenta años de material sobre el que apoyarse—, pero sí define con precisión lo que es: una entrada espectacular a un universo que, si decide invertir alguna vez el mismo presupuesto en sus guiones que en sus efectos visuales, podría ser algo verdaderamente mayor.

Godzilla: King of the Monsters es, dependiendo de qué se lleve uno al cine, la película de monstruos del siglo o una oportunidad desperdiciada. Las dos cosas son ciertas. Lo que no tiene discusión es la banda sonora de Bear McCreary, la introducción de Ghidorah, la muerte de Serizawa y la secuencia de Mothra en Tailandia. Esas cuatro cosas, juntas, valen la entrada. Todo lo demás es el precio que hay que pagar por ellas.





