Nos vamos todos a tomar por… ‘Buena suerte, pásalo bien, no mueras (Good Luck, Have Fun, Don’t Die)’
Gore Verbinski ha tardado casi una década en volver, pero lo ha hecho con el dedo corazón levantado hacia Silicon Valley. ‘Buena suerte, pásalo bien, no mueras’ es la respuesta gamberra, caótica y muy necesaria al pánico que nos genera un futuro gobernado por algoritmos. Olvidaos de las distopías solemnes y aburridas; aquí el fin del mundo tiene el ritmo de un episodio de los Looney Tunes puesto de anfetas.

Sam Rockwell: El profeta del plástico
Todo arranca con Sam Rockwell entrando en una cafetería de Los Ángeles envuelto en plásticos y cables, gritando que el mundo se va a la mierda y que solo un puñado de desconocidos puede salvarlo. Rockwell está en su salsa: maníaco, carismático y con esa energía de «loco de la colina» que, sorprendentemente, resulta ser el único con un plan. La premisa nos suena (hola, Terminator), pero Verbinski la retuerce usando el concepto del bucle temporal para explicarnos que este viaje ya ha fallado mil veces.
Lo que hace que la película destaque por encima de la media es cómo el guionista Matthew Robinson utiliza a los «voluntarios» de la cafetería. A través de una estructura de vignettes que recuerda a Black Mirror, conocemos las razones por las que aceptan seguir al loco: una madre que intenta recuperar a su hijo fallecido mediante una IA espeluznante (Juno Temple), una pareja de profesores que lucha contra el colapso humano en las aulas (Zazie Beetz y Michael Peña) y una joven con una fobia tecnológica casi patológica (Haley Lu Richardson). Todos ellos son víctimas de una tecnología que ya ha empezado a devorarlos mucho antes de que lleguen los robots.

Un Verbinski desatado (para bien y para mal)
El director de Rango recupera aquí ese pulso visual hiperactivo que tanto echábamos de menos. La película es un festín de imaginación desbordante, con un diseño de producción que mezcla lo analógico y lo futurista de forma brillante. Sin embargo, Verbinski sigue teniendo el mismo problema de siempre: no sabe cuándo parar. Con 134 minutos, la cinta peca de exceso; los flashbacks cortan el ritmo justo cuando la acción está en lo más alto y el tercer acto se pierde un poco en una pirotecnia visual que busca la épica de Spielberg pero que encaja regular con el tono de serie B inteligente que maneja el resto del tiempo.
Aun así, ese descontrol es parte de su encanto. En un Hollywood que cada vez parece más diseñado por un programa de datos para no molestar a nadie, encontrarse con una película que desprende tanta personalidad y mala leche es un alivio. Es una sátira que muerde: desde el negocio de normalizar tragedias escolares hasta el aislamiento emocional de las redes sociales.

¿Sobreviviremos a la IA?
‘Buena suerte, pásalo bien, no mueras’ es una anomalía deliciosa. Es divertida, es ruidosa y, sobre todo, es profundamente humana en su desorden. Aunque le sobren veinte minutos y a veces se ponga un poco pesada con su mensaje, la interpretación de Rockwell y la valentía de Verbinski para reírse del apocalipsis tecnológico hacen que el viaje merezca la pena. Es el recordatorio perfecto de que, si las máquinas van a heredar la Tierra, al menos deberíamos irnos pegando un par de gritos y bailando un poco de rock and roll.






