Nachosfera, feminismo y una comedia romántica que no toma partido: ‘El último mono’

La machosfera —el ecosistema de influencers, gurús de la seducción y comunidades masculinas de resentimiento organizado que ha colonizado algorítmicamente las redes sociales de medio mundo— llevaba años esperando a que el cine español le dedicara la atención que merece. El último mono, dirigida por Joaquín Mazón y protagonizada por Juan Dávila y Susana Abaitua, llega con una de las premisas más pertinentes del verano: Alejandro, influencer especializado en técnicas de conquista y en difundir el discurso más rancio del masculinismo digital, acepta el reto de seducir a Mariela, comediante y activista feminista y su rival declarada en redes, en tres días, durante las celebraciones del Día de la Mujer en Valencia. El material existe. La oportunidad existe. Lo que no existe es la película que habría hecho algo interesante con ellos.

La premisa y lo que el momento exigía

Hay un territorio cómico extraordinariamente fértil en el discurso de la machosfera: el lenguaje de los gurús de la seducción —la jerga de los alfa y los beta, las técnicas de manipulación presentadas como sabiduría ancestral, el resentimiento estructurado como filosofía de vida— es material que se parodia solo con reproducirlo fielmente. La comedia más eficaz sobre ese mundo es la que no necesita subrayar nada porque el original ya es su propia caricatura. El último mono lo intuye: hay momentos en que el Alejandro de Juan Dávila habla con el lenguaje exacto del gym-bro que enseña a sus seguidores a maximizar su valor en el mercado sexual, y en esos momentos la película roza lo que podría haber sido. El problema llega cuando tiene que decidir qué hacer con ese material. La respuesta de Mazón es no decidir: el guion trata a los dos personajes con el mismo rasero, dibuja la posición de Mariela con trazos tan esquemáticos como los de Alejandro, y construye una equidistancia ideológica que funciona como el peor tipo de cobardía narrativa. La comedia que pretende satirizar la machosfera acaba argumentando implícitamente que la machosfera y el feminismo son dos extremos equivalentes que solo necesitan encontrarse en el centro. El centro de esta película es una comedia romántica convencional. El material que tenía entre manos merecía algo más incómodo.

Juan Dávila, Susana Abaitua y el problema de base

La diferencia entre lo que Susana Abaitua hace con Mariela y lo que el guion le ofrece es el índice más claro de lo que la película pierde. Abaitua tiene la naturalidad de quien no está actuando y la energía de quien ha decidido que si el personaje es esquemático, al menos lo va a ser con convicción: en sus escenas la película respira, funciona como comedia y tiene la temperatura que el resto del metraje busca sin encontrar. Juan Dávila es el problema. La actuación de Alejandro se resuelve en la sobreactuación permanente —el gesto forzado, la frase subrayada, la mueca un centímetro más allá de donde debería quedarse—, y aunque hay interpretaciones que convierten la sobreactuación en herramienta cómica, aquí el efecto es el opuesto: cuanto más empuja Dávila, más evidente resulta que el personaje no tiene fondo. El resultado es que la dinámica que sostiene toda la película —la tensión entre los dos protagonistas, la química que debería hacer creíble que se enamoren— no termina de funcionar. Una comedia romántica puede sobrevivir a muchas debilidades de guion; lo que no puede sobrevivir es la ausencia de química entre sus protagonistas, porque esa química es el argumento. Sin ella, el final —cuando los dos personajes superan sus diferencias ideológicas y se enamoran— llega sin peso emocional y con la sensación de que la película ha llegado a esa resolución porque toca, no porque la haya ganado.

Mazón, el estilo televisivo y lo que la comedia no se atrevió

La dirección de Joaquín Mazón tiene el sello de quien conoce bien los ritmos de la comedia televisiva española y lo aplica aquí sin recalibrarlo para el formato cinematográfico: una velocidad que confunde la agilidad con el ritmo, la acumulación de gags con la comicidad sostenida, y el chiste físico con el humor de situación. El resultado es una película que lanza suficientes ocurrencias por minuto con la esperanza de que algunas den en el blanco, pero que no construye los momentos que harían que los que funcionan resonaran más allá del instante en que se producen. Lo que queda después del metraje es la sensación de haber visto muchas cosas suceder sin que ninguna de ellas importara demasiado. El problema de fondo es ideológico antes que cinematográfico: El último mono termina siendo la película de la machosfera que no le cuesta nada ver a nadie, incluido el público que la machosfera la practica. Una comedia que satiriza un fenómeno peligroso y acaba con los dos protagonistas enamorados —el gurú de la seducción y la activista feminista encontrándose en el amor romántico como solución— no ha satirizado nada: ha reproducido la fantasía que el propio discurso de la machosfera lleva años vendiendo a sus seguidores. Que lo haya hecho sin darse cuenta es, si acaso, más preocupante que si lo hubiera hecho adrede.