Machacando a la bestia: Las siete mejores películas de Brad Pitt
En el corazón de la bestia llega a los cines el 25 de septiembre bajo la dirección de David Ayer, la segunda vez que Ayer y Brad Pitt trabajan juntos desde Corazones de Hierro en 2014. La premisa es la más desnuda posible: un oficial de Fuerzas Especiales queda atrapado en Alaska tras un accidente aéreo, con su perro de combate como único compañero, y tiene que sobrevivir. Pitt describió el rodaje —semanas en exteriores con frío extremo, ríos helados y la mayor parte del tiempo a solas en pantalla— como el más físicamente exigente de su carrera. Es una buena excusa para revisar en qué consiste esa carrera cuando funciona. A diferencia de otras estrellas de su generación, Pitt tiene el instinto del actor que sabe elegir: no siempre lo ejerce, pero cuando lo hace, el resultado entra en la conversación sobre lo mejor que el cine americano ha producido en los últimos treinta años.

7. Snatch (Guy Ritchie, 2000)
Guy Ritchie escribió el papel de Mickey O’Neil para Brad Pitt y Pitt respondió con la actuación más divertida de su filmografía: un luchador de la comunidad gitana irlandesa con un acento tan incomprensible que el resto de personajes necesita subtítulos para entenderle y el espectador aprende a leer sus intenciones en el lenguaje del cuerpo antes que en lo que dice. La gracia del personaje es que Mickey sabe perfectamente lo que hace —engañar a todo el mundo, ganar los combates que se supone que tiene que perder, quedarse con el diamante— y que su inaccesibilidad lingüística es parte de la estrategia. Pitt construyó el personaje con semanas de inmersión en el argot romaní y el resultado es una criatura que no se parece a nada de lo que había hecho antes.
Snatch es cine de género que no aspira a ser otra cosa y que cumple exactamente lo que promete: ritmo, comedia, violencia estilizada, personajes que parecen cartones hasta que el guion necesita que no lo sean. El papel de Pitt es el más memorable de un reparto coral porque es el único que no entiende las reglas del juego que el resto juega —o que las entiende tan bien que se las salta—. Treinta millones de presupuesto, ochenta y tres de taquilla mundial, y una presencia en listas de lo mejor del siglo que ningún purista esperaba que una película de Guy Ritchie ganara.

6. 12 Monkeys (Terry Gilliam, 1995)
Terry Gilliam no quería a Brad Pitt para el papel de Jeffrey Goines. Lo convenció la directora de casting. A la hora del estreno, Pitt ya era estrella de primera división gracias a Se7en y el productor Charles Roven agradeció la coincidencia, porque la película de Gilliam es de las que necesitan de la atención que el nombre de un actor puede comprar. Lo que Pitt hace con Goines es difícil de describir fuera de la experiencia de verlo: un internado en un psiquiátrico del futuro cercano, líder del Ejército de los Doce Monos, que habla sin filtro y sin pausa y que parece conectado a un canal de emisión que nadie más puede sintonizar. Es una actuación que se construye sobre la agitación física y la velocidad verbal antes que sobre la psicología, y que en manos de otro actor habría resultado caricaturesca.
El trabajo de preparación fue real —semanas estudiando pacientes en una unidad psiquiátrica de la Universidad de Temple— y eso se nota en los detalles: los tics, la forma de ocupar el espacio, la mirada que no acaba de posarse en ningún punto fijo. El Oscar al mejor actor de reparto ese año fue para Kevin Spacey; el Globo de Oro fue para Pitt, que también ganó el Saturn Award. Es el primer caso documentado en su carrera de que la excentricidad del material le saca algo que el drama convencional no habría encontrado.

5. Moneyball (Bennett Miller, 2011)
Bennett Miller dirigió a Pitt como Billy Beane, el director general de los Oakland Athletics que a principios de los dos mil cambió la forma de pensar el béisbol aplicando análisis estadístico a la selección de jugadores. El guion es de Aaron Sorkin y Steven Zaillian, que son dos de las mejores razones posibles para sentarse a escuchar a alguien hablar en pantalla, y Pitt hace aquí algo que pocas veces se le reconoce: sabe cuándo callarse. Hay escenas en que los diálogos de Sorkin corren solos y Pitt deja que corran, y hay escenas en que el personaje tiene que procesar en silencio una derrota que el guion no le deja verbalizar, y esas últimas son donde la película es mejor.
Beane es un hombre que sabe que su mejor jugada de béisbol fue rechazar el contrato con los Mets a los diecisiete años para seguir jugando, y que esa decisión es la que lo ha convertido en quien es. Hay una tristeza de fondo que Pitt mantiene bajo el optimismo táctico del personaje durante dos horas, y que solo aflora del todo en la última escena. La película recibió seis nominaciones al Oscar —incluyendo mejor película y mejor actor para Pitt— y quizás sea su obra más accesible para el espectador que no tiene interés previo en el béisbol ni en los actores guapos, lo que es la mejor recomendación posible.

4. Inglourious Basterds (Quentin Tarantino, 2009)
Tarantino escribió a Aldo Raine pensando en Pitt y Pitt lo recibió como el regalo que era: un teniente de los Basterds con un acento de Tennessee que no puede disimular aunque su vida dependa de ello —y en la escena más memorable de la película, literalmente depende—. La misión oficial es infiltrarse en la Alemania nazi; el talento real del personaje es la pronunciación enfática de las palabras italianas que no sabe pronunciar, el instinto sádico recubierto de jovialidad, la convicción absoluta de que lo que está haciendo es correcto aunque las reglas de la guerra no lo reconozcan.
Lo que distingue a Pitt en esta película del resto del reparto —y el resto del reparto incluye a Christoph Waltz en su papel más formidable— es la disposición a jugar en registro cómico dentro de una historia que tiene escenas de una violencia extrema. La comedia y la brutalidad coexisten en el mismo personaje sin que el guion tenga que elegir, y Pitt navega esa tensión con la confianza de quien sabe que el riesgo de resultar ridículo es parte del contrato. La segunda vez que trabaja con Tarantino será todavía mejor; la primera ya es irreemplazable.

3. Se7en (David Fincher, 1995)
David Fincher y Brad Pitt establecieron aquí la sociedad más fructífera que el cine americano de los noventa produjo entre director y actor. El detective David Mills es el opuesto exacto del investigador veterano que Morgan Freeman interpreta a su lado: impulsivo, seguro de sí mismo hasta la arrogancia, convencido de que la ciudad tiene una lógica que él puede entender y que el caso tiene una solución que él puede encontrar. La película dedica dos actos a desmontar esa convicción pieza por pieza, y Pitt hace el trabajo de mostrar el desmantelamiento sin que parezca calculado.
Lo que Se7en colocó en la historia del género es la noción de que el clímax de un thriller puede ser una decisión moral antes que una persecución, y que esa decisión puede tenerla el policía que el espectador ha acompañado durante dos horas y que por eso resulta devastadora. «What’s in the box?» es la pregunta más famosa de los noventa no porque la respuesta sea espectacular sino porque la consecuencia de saber la respuesta es lo que destruye al personaje —y con él, al espectador que se ha identificado con su impaciencia durante toda la película—. Fincher trataría la ciudad, la oscuridad y la corrupción moral como tema durante el resto de su carrera. Ninguna vez con tanto poder de primer impacto.

2. Érase una vez en Hollywood (Quentin Tarantino, 2019)
El papel que le dio el Oscar que su carrera llevaba veinte años esperando es también el más físico y el menos psicológico que ha interpretado: Cliff Booth no tiene vida interior visible, solo actos. Doble de acción de Rick Dalton —DiCaprio—, hombre sin pasado reconocible y con un presente que consiste en conducir un Cadillac descapotable por el Los Ángeles de 1969 y vivir en una caravana detrás de una valla, Booth es el personaje que Tarantino construyó alrededor de la presencia física de Pitt antes que alrededor de ninguna otra cualidad. Que haya una escena en que ese personaje derrota a Bruce Lee en un combate en un plató de cine y que la escena funcione —que sea hilarante y creíble al mismo tiempo— dice todo lo necesario sobre el casting.
El mérito específico de Pitt en esta película es la gestión del contraste: Booth existe en el mismo espacio narrativo que el personaje de DiCaprio, cuya angustia existencial ocupa mucho más metraje, y funciona como el ancla de todo lo que en la película podría irse al melodrama. La sonrisa exacta en el momento exacto, el gesto de quien no necesita demostrar nada porque ya lo demostró, la capacidad para hacer que la violencia cuando llega parezca tan natural como todo lo que vino antes. El Oscar fue por obra y por trayectoria simultáneamente, y en este caso las dos razones son igualmente válidas.

1. El club de la lucha (David Fincher, 1999)
La segunda colaboración de Fincher y Pitt es también la más importante de las dos, y probablemente la película más citada, más discutida y más malinterpretada del cine americano de los últimos treinta años. Tyler Durden es el personaje que Pitt construyó con la intuición de que la seducción debe preceder a la revelación: durante la primera hora de la película, Tyler es exactamente lo que el Narrador —y el espectador— necesita que sea. Solo cuando la trampa está cerrada la película muestra lo que realmente es. Que eso funcione depende casi completamente de que Pitt haya resultado creíble como ideal antes de resultar creíble como amenaza, y lo consigue porque no deja de ser ambas cosas al mismo tiempo.
El club de la lucha fue un fracaso comercial en su estreno y lleva veinticinco años siendo reivindicada hasta el punto de que la discusión sobre ella ha superado en extensión a la película misma. Parte de esa discusión es sobre si el film celebra lo que parece criticar —la masculinidad como proyecto de destrucción, el nihilismo como respuesta a la alienación del consumismo—, y la respuesta honesta es que la película deliberadamente no resuelve esa tensión. Pitt tampoco. Tyler Durden es al mismo tiempo el personaje más carismático que ha interpretado y el más peligroso, y que ambas cosas sean indistinguibles es lo que hace que la película siga produciendo incomodidad con la misma eficacia que en 1999.





