La comedia de modales que domó a Hollywood: ‘Los padres de ella’, 25 años después

La nostalgia y el negocio de la risa vuelven a cruzar sus caminos en la cartelera. Con la maquinaria de Hollywood a pleno rendimiento para estrenar la esperadísima quinta entrega de la franquicia —titulada oficialmente Focker-in-Law y programada para Acción de Gracias de este mismo 2026—, resulta el momento idóneo para mirar atrás. Toca desempolvar la cinta que lo inició todo. Estrenada en el año 2000, Los padres de ella (Meet the Parents) no solo fue un éxito descomunal de taquilla que multiplicó por seis su presupuesto de 55 millones de dólares en apenas un par de semanas; fue la comedia que redefinió el subgénero del choque familiar, demostrando que la tensión psicológica y la mentira piadosa podían ser armas de destrucción cómica masiva.

La ley de Murphy en formato doméstico

La premisa de la película, nacida de una modesta cinta independiente de 1992 que Universal Pictures remodeló por completo tras descartar a Steven Spielberg y Jim Carrey en el proceso, es un monumento a la incomodidad cotidiana. Greg Focker (un pletórico Ben Stiller), un enfermero de Chicago con una alarmante propensión a enredarse en sus propias mentiras sociales, viaja a Long Island para conocer a los progenitores de su novia Pam (Teri Polo). Lo que debía ser un fin de semana de cortesía se transforma en una pesadilla claustrofóbica cuando choca de frente con Jack Byrnes (Robert De Niro), un suegro hiperprotector y desconfiado que resulta ser un exagente de la CIA obsesionado con el control.

El guion de Jim Herzfeld y John Hamburg funciona como una impecable pirámide cómica construida sobre los cimientos de la incomodidad. En lugar de recurrir al humor zafio o a la parodia extravagante que dominaba las salas en los primeros años dos mil, el director Jay Roach decidió rebajar los decibelios hacia la comedia de (malas) costumbres. La película extrae sus mayores carcajadas de los callejones sin salida en los que se mete el protagonista de forma voluntaria. Desde inventarse que sabe ordeñar gatos para camuflar una mentira infantil, hasta inventar oraciones imposibles en la cena que derivan en letras de musicales, la cinta es una genial coreografía de lo que ocurre cuando el mundo entero conspira para hundirte el día más importante de tu vida.

El choque de titanes entre la neurosis y el «círculo de confianza»

El motor que evita que la producción envejezca es la química estratosférica entre sus dos estrellas principales. Ben Stiller firmó aquí el doctorado de su personaje fetiche: el hombre honesto pero propenso al desastre, cuya cara de incredulidad y ganas de agradar se resquebrajan ante cada nueva humillación. A su lado, Robert De Niro inició la segunda juventud de su carrera abrazando la ligereza irónica. Su Jack Byrnes es la peor pesadilla de cualquier novio: un hombre implacable que utiliza sus pausas significativas, cejas arqueadas y dobles lecturas para desmantelar cualquier impostura de su yerno, mientras regala momentos ya icónicos como su enfermiza devoción por Jinxie, su gato adiestrado para usar el retrete humano.

La cinta se complementa de maravilla con una acertada Blythe Danner como la paciente matriarca y un descacharrante Owen Wilson en la piel de Kevin, el multimillonario y místico exnovio de Pam que encarna la perfección insoportable ante la que Greg se siente constantemente disminuido. Aunque en su día voces críticas como la del británico Peter Bradshaw argumentaron que la película jugaba sobre seguro y funcionaba como una versión descafeinada del humor sucio de los hermanos Farrelly, el tiempo le ha dado la razón a Roach. Es precisamente la contención de su puesta en escena y la apuesta por una realidad tangible lo que hace que los gags visuales —el incendio de la casa, la inundación del jardín con aguas fecales o el colapso nervioso en el aeropuerto— funcionen con precisión de relojería.

Veredicto: Un clásico contemporáneo que se resiste a morir

Revisitada hoy, Los padres de ella mantiene intacto el estatus de clásico del entretenimiento convencional que le otorgó la crítica norteamericana en su estreno. No busca la trascendencia artística ni busca reinventar el lenguaje cinematográfico, pero domina los tiempos del vodevil moderno con una soltura envidiable.

El gran mérito de la película es que sabe reírse de las miserias humanas más universales: el pánico al rechazo, la falsedad de las apariencias y las dinámicas de poder no declaradas que operan en el núcleo de cualquier clan familiar. A las puertas de ver cómo la saga estira su chicle una vez más con Focker-in-Law, la cinta del año 2000 permanece como el recordatorio de una época en la que a Hollywood le bastaba con un gran guion de enredo y dos actores en estado de gracia para meterse al público mundial en el bolsillo.